Me despierto por la mañana, son las siete. Por la loma suben las motos, escucho el ruido de los carros, que anula los trinos de los pajaritos. Tengo que pensar dónde estoy. No estoy en mi hueco en la capital de los hippies, aquel sótano donde vivía con una gata. Allá me despertaba con Cata ronroneando encima mío, pidiendo desayuno. Iba a hacer el café y despacio revisaba el email en la cama, las noticias de Colombia, los periódicos internacionales y pisteaba en qué andaban mis hijos en Facebook.
Hacía una pausa y empezaba a trabajar, a reunir información para mis columnas "serias". El New York Times, Wall Street Journal, Financial Times, The Daily Beast. Todo desde mi cama, mi hueco. La luz apenas entraba por la ventana, estábamos en otoño y los días luminosos habían quedado atrás. Se me iba la mañana leyendo y escogiendo material. Por la tarde seguía en mi cama, ahora traduciendo por teléfono, gracias a los mexicanos que emigran a los Estados Unidos y nunca aprenden inglés. Trabajaba todo el día desde mi cama.
No veía a nadie en toda la semana y el fin de semana lo pasaba encerrada, leyendo en la misma cama. Tenía un semi-novio que a veces me visitaba, o salíamos a algún lado. Pero yo no quería frecuentarlo mucho, éramos muy distintos, pero era compañía.
Para conocer gente empecé a ir a un grupo de Alcohólicos Anóminos conformado por académicos y ejecutivos. El grupo se reunía en un salón de una universidad, tres veces por semana. Yo no era tan asidua, en general iba solo los domingos. Allá conocí a una mujer, no recuerdo su nombre. Se me acercó y empezamos a conversar. Me dijo que había dejado de beber porque su vida era un desastre. Quedamos de vernos durante la semana.
Un jueves nos reunimos a tomar café en un sitio muy chic. Eran las 10 de la mañana. No recuerdo de qué hablamos, pero de pronto se me cruzó un ataque de sueño que no pude controlar. Es como si hubiera pasado una ola por encima de mis ojos y tenía que ir a dormir ya. Me levanté precipitadamente, sin acabar el café y sin pedir disculpas me fui. Yo nunca había hecho algo así. Era como si otra persona estuviera mandando mis acciones. Me di cuenta que algo andaba mal.
Ahora es distinto. Abro los ojos y me encuentro en una habitación amplia, llena de luz. Salgo y me espera un delicioso café. La empleada me pregunta qué quiero desayunar. Los periódicos están en mi puesto, desayuno leyendo El Tiempo y El Colombiano. Mi papá está sentado al frente del televisor sin volumen y mi mamá está haciendo el crucigrama. Estoy en Medellín, viviendo con mis padres.
No me tengo que preocupar por la comida. Acá todo está hecho. La ropa me la lavan. No tengo que pagar cuentas, no tengo que cocinar. No tengo que ir al supermercado, lo único que tengo que hacer es ser la hija de la casa y acompañar a mis padres. Vivir la vida de ellos.
Nunca pensé que iba a volver a Medellín y menos a esta casa. Salí cuando tenía 17 años para ir a estudiar a Bogotá y nunca regresé. Me casé, tuve mis hijos, hice una carrera profesional en Bogotá, después estuve en Canadá y Estados Unidos y acá estoy de vuelta, 360 grados completos. A los 53 años vuelvo a la casa y es como si nunca me hubiera ido. Es como estar soltera otra vez. Mi marido fallecido y mis dos hijos están lejos, cada uno por su lado.
La jornada es muy parecida a la que tenía en la capital de los hippies. Tomar café, leer la prensa, escribir. Leer. La comida es a las cinco de la tarde. A las seis ya he terminado toda actividad, los viejitos están durmiendo. Yo estoy leyendo y a las siete veo el noticiero. Me acuesto a leer. Pronto será otro día, idéntico al anterior. Apacible y feliz.
Viajo a Bogotá por cuestiones de trabajo. Dos días que parecen una semana, me quiero devolver rápido, no me soporto a Bogotá con el tráfico, la inseguridad, las distancias, el mal servicio, Gustavo Petro. De regreso tomo mi vuelo a Medellín. En el avión hay un grupo que viene de un seminario. Hay un señor que no para de hablar. Durante el vuelo se levanta y arma una recocha con unas compañeras de viaje. Las azafatas no les dicen nada.
Pero yo he decidido no solo no decir nada, sino tampoco dejar que eso me afecte. Normalmente le hubiera preguntado al señor si era primera vez que viajaba en avión. Pero ahora soy otra persona, soy la hija subyugada. Dejo que las cosas pasen. No me quejo.
No dejo de pensar en aquellas mujeres que nunca se casaron porque sus padres decidieron que ellas serían la hija que los acompañaría en la vejez. Yo he tenido una vida muy intensa y ahora estoy en un receso. No soy yo misma, soy la hija de mis padres, vivo en función de ellos y es como si nunca me hubiera ido de la casa, como si no hubiera pasado el tiempo.
La hija pródiga
Vie, 23/11/2012 - 04:14
Me despierto por la mañana, son las siete. Por la loma suben las motos, escucho el ruido de los carros, que anula los trinos de los pajaritos. Tengo que pensar dónde estoy. No estoy en mi hueco en l
