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La paz de los impulcros

Siempre se ha dicho que los extremos se juntan. Tanto la Izquierda como la derecha son ...

Siempre se ha dicho que los extremos se juntan. Tanto la Izquierda como la derecha son hoy las más poderosas piedras en el zapato y los más caracterizados encargados de ponerle palos en la rueda al ‘marco legal para la paz’. El actual proyecto que impulsa el Gobierno de Juan Manuel Santos y que salta matones en la Cámara para sacar avante la normativa que permita adelantar un proceso de paz, no ha encontrado sino caminos de espinas. Ambas corrientes extremas lo descalifican y lo ven como la llave de la impunidad. Justamente los dos sectores ideológicamente opuestos son los más fieles exponentes de que el árbol de su radicalismo no les permite ver el bosque de la paz.

Lo que el Presidente Santos quiere, desde una lógica en la que reconoce el conflicto, conoce los actos desmedidos de uno y otro bando y aspira a superar el espiral de la violencia, es buscar la paz a partir de entender que no debe haber ni vencedores ni vencidos, ni buenos ni malos, ni criminales clase A y clase B. Santos y los impulsores de un marco jurídico para la paz saben o por lo menos intuyen que la paz, si se quiere lograr de verdad, requiere un mínimo de impunidad. Así se debe llamar escuetamente el perdón. Así se puede empezar a olvidar y así se comenzará a pensar en reconciliación.

No se puede pretender seriamente la paz si se asume que la guerrilla, más allá de su carácter inhumano, que no represente el sentir de las masas o que no se le quiera reconocer un estatus de beligerancia, debe incorporarse a la legalidad, someterse a la justicia, entregarse y deponer las armas y un buen día podrán volver a ser ciudadanos. Tampoco se puede pretender que los militares que se hayan excedido, que hayan participado en alguno de los episodios demenciales de la guerra sucia, deban pagar condenas de 30 años o más y algún día puedan volver a vivir con sus familias.

Un proceso de paz no puede en ningún caso aspirar a que una de las partes lleve del bulto, como se dice en mi barrio. Un proceso de paz debe partir de que las dos partes, y sobre todo las dos partes que han estado al pie del cañón, hayan podido cometer excesos, hayan violado normas humanitarias, hayan cometido crímenes atroces y hayan llevado la guerra a unos extremos tales, que justamente por eso obligan a pensar irremediablemente en la necesidad de la paz.

Y aunque no es raro que dos sectores ideológicos contradictorios, la izquierda y la derecha, coincidan para oponerse a la iniciativa, no deja de preocupar. Porque ambas posturas consideran que este marco jurídico para la paz se podría convertir en “una puerta a la impunidad”. Lo lamentable es que se observa el carácter mezquino de cada percepción. Se refleja claramente que a cada parte le preocupa la impunidad de su contraparte, no la impunidad. Que cada parte invoca el derecho para negar a su contraparte.

Pero justamente esa contradicción coincidente es la que impone pensar que la paz solo se puede lograr entre los actores reales del conflicto. La paz no es de escritorios. Esta no es una guerra de almohadillas, ni una batalla de yuppies. Y los actores no son ángeles ni arcángeles. La paz implica una reconciliación entre “malos”. La paz entre “buenos” no existe. Si cada bando considera que es el bueno y el otro es el malo, ambos caerán en ilusionismo histórico, algo así como una falsedad ideológica en el alma. Ambos estarán aplicando la parcelación del conocimiento y la ceguera en el aprendizaje, con el riesgo de esquivar una vez más la cruda realidad.

El pensamiento complejo recomienda no caer en el error de la ilusión. Y la vida real recomienda reconocer la dialéctica que determina el comportamiento de uno y otro contradictor en el mundo de las contradiciciones. No se puede pensar en que se silencien fusiles, se desactiven minas quiebrapatas y se apaguen motosierras si se ignoran las particularidades del conflicto armado, sus consecuencias y sus retroalimentaciones. Es iluso pensar que la guerra solo tiene un protagonista.

Se hace necesario pensar en el punto final y en el borrón y cuenta nueva, sin caer en la necesidad de que el otro pague. Sin pensar en que un bando debe sufrir la humillación de la derrota para poder entrar en el zaguán del arrepentimiento. Hay que superar las visiones pasionales y las interpretaciones reduccionistas. No se puede desde las ambiciones de paz pensar como parte de una barricada. Eso no sirve, no suma, no ayuda a la paz. No contribuye a la necesaria actitud de repensar lo que ha sucedido, de replantear su perspectiva de respeto por el otro como un legítimo otro, de recapitular sobre cómo se hace para convivir con el diferente, con el que piensa distinto, con el que se opone y ejerce su derecho a hacer oposición y con el que no cupo en el consenso porque se inspira en las oportunidades del disenso.

No se puede querer la paz ignorando la guerra. No se puede pensar en vivir en paz si no se atienden los requerimientos de los violentos. Nadie puede creer el discurso de que en la administración anterior se derrotó a la guerrilla o que se acabaron los paramilitares. Nadie puede hoy creer que porque fracasó Pastrana y había fracasado Belisario, el camino de la paz está muerto. No, la paz está más viva que nunca, sólo que no será la paz de los sepulcros que unos querían, ni la paz de la victoria que otros soñaban. Será la paz de los humanos equivocados, la de volver a empezar y con aliados incómodos, con gente fea y con futuro lindo.

 

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