Mascaradas, nuestras vidas

18 de agosto del 2019

Opinión de Fernando Fernández.

Mascaradas, nuestras vidas

Decir que nuestra vida tiene un tinte de mascarada –ficción y engaño– resulta poco delicado; triste admitirlo porque es duro golpe para nuestro ego, para nuestra supuesta espontaneidad y conjeturada transparencia. Sin embargo, nuestro fondo encierra herméticamente más secretos de lo que anuncian nuestras palabras y ademanes. Nuestro cerebro aloja refugios en los que deliberadamente confinamos hechos y pensares. Sin hablar de nuestro inconsciente cerebral que es el gran escondrijo, aun por nosotros mismos desconocido, y que para horadarlo hay que someterlo a técnicas e interpretaciones freudianas.

Así las cosas, aplicamos una máscara para cada ocasión; por supuesto, expresarlo así tan abiertamente es inadmisible porque constituye una declaración contra nuestra rectitud y un atentado patente a nuestra imagen. Podemos obviar esta rudeza, arguyendo que el manifestarlo no concierne a los demás y que tal confesión no sería políticamente correcta. En todo caso, si el contenido escueto de nuestras sinapsis neuronales pudiera ser de público conocimiento –el polígrafo perfecto– nos repudiarían hasta nuestros más cercanos.

Nuestras sinceridades recónditas las envolvemos en gruesas capas de misterio y luego las embebemos de melaza, de manera que en su expresión extrínseca, luego de la traviesa de esos densos filtros, sólo quede matiz e imprecisión. A tal proceso, o a su resultado, lo llamamos para mejor acreditarlo: inteligencia relacional, diplomacia, tacto, prudencia, discreción, cortesía. Quien más lo logre más astuto es, se loa este ocultamiento. Y tanto mejor que así sea, si no media humanidad destruiría a la otra mitad.

Las máscaras más corrientes se usan para disimularnos en carnavales y darnos a la farra incógnita, o para ocultar deformaciones. El maquillaje ornamental es una máscara que oculta o aparenta una faceta diferente o mejorada de la real. Pero, las máscaras más corrientes son esas con las que adornamos nuestra figura interior, con las que evitamos ser íntegramente conocidos; esas que permiten destilar con cuentagotas nuestro profundo sentir interno. Hasta los dioses guardan secretos, por eso sus adeptos pregonan que sus designios son inescrutables.

 Nuestra estructura mental es sometida –desde la infancia– a un largo y permanente aculturamiento, es el proceso educativo que transforma nuestro espontáneo decir (y actuar) en melindrosas frases, nuestra expresión en letanías de eufemismos que ambiguamente dejan pasar sólo parte de nuestro cabal pensar: recitado indirectamente, sin exponernos, eludiendo el peligro de la verdad desnuda.

Nos pasamos la vida callando para evitar conflictos, y como consecuencia de esta temeridad ocultamos nuestro razonamiento, nuestro sentir, nuestros deseos, nuestra inconformidad. Dejamos que prime el silencio en lugar de manifestarnos, para preservar el ordenamiento social establecido, por ello mismo nos acogemos a mutismos y sigilos falaces, a lo políticamente correcto –compostura que nos ha sido dictada y que bien puede ser lo opuesto de nuestro convencimiento–, asistimos impávidos al desmoronamiento de nuestro yo, cómplices mudos del menoscabo de nuestra propia personalidad. 

A quienes atentan contra nuestra integridad ideológica preferimos ignorarlos que darles frente, hemos aprendido a eludir la confrontación; a la discrepancia le tenemos miedo; al antagonismo pavor; a la colisión la consideramos peor que la verdad enunciada, que la franqueza directa, aún cuando sea expresada sigilosamente. Y como todos tienen razón –establecen las buenas costumbres–, entonces nuestra lógica personal hace mutis por el foro dejando nuestra mente rumiar sordamente frustraciones inexpresadas.

Como mordaza a la expresión libre de quienes piensan y actúan con un sentir diferente al de la manada se les conmina al respeto. Esta vapuleada noción que es joker fácil de cualquier discusión y con la que se frena cualquier manifestación de desacuerdo, al tiempo que se condena al ostracismo la mínima crítica que se haga al proceder o pensar del otro. Respeto en su uso corriente se convirtió en callar, asfixiar nuestro lamento, apagar y dejar de formular nuestras ideas, no oponernos, asentir adulonamente, dejar hacer y decir pasivamente por inadmisible que nos parezca. 

De buen tenor es nuestro sometimiento y adhesión a la sacrosanta paz de la manada que no desea conflictos, ni divergencias y cree que la uniformización es garante de armonía social. Sin darse cuenta de que la acumulación de estas divergencias no desplegadas infla el balón personal y el mismo social hasta hacerlo explotar con estrepitosa virulencia, haciendo más daño que si paulatinamente y de manera asertiva las discrepancias se hubiesen expresado y solucionado.

Nuestra mente puede calculadamente soportar un gran número de estos problemas de incomunicación y aun camuflarlos, pero nuestro cuerpo, receptáculo aparentemente silencioso, termina por detectar este cúmulo nocivo y se desfoga como una válvula de escape dando alarmas a su propietario, invitándolo y obligándolo a cambiar de vida, a poner remedio a las causas que consciente o inconscientemente lo atormentan, antes de que, como suele ocurrir, se generen psicosomáticamente enfermedades mortales. Es que nuestras frustraciones no prescriben.

La mayor fuente de estos problemas, aunque también contribuyan los existenciales y los económicos, está en la relación con nuestros congéneres que aunque la edulcoremos y tratemos de desentendernos para no entrar en conflicto, está siempre presente, afectando nuestra propia vida. Hemos de darle razón a Sartre cuando nos avisaba: “L´enfer c´est les autres” (“El infierno son los otros”).

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