Mi soltería

21 de junio del 2013

“Yo le haría. Virgie es una delicia”, dijo él. “Pero es muy coqueta. Hizo todo el trabajo. No me dejó hacer nada”. Su problema es haberme idealizado. No le gusté yo sino su idea sobre mí. Y además padece la condición que afecta a tantos hombres latinoamericanos: el machismo.  Usar el adjetivo ‘coqueta’ para describirme […]

“Yo le haría. Virgie es una delicia”, dijo él. “Pero es muy coqueta. Hizo todo el trabajo. No me dejó hacer nada”.

Su problema es haberme idealizado. No le gusté yo sino su idea sobre mí. Y además padece la condición que afecta a tantos hombres latinoamericanos: el machismo.  Usar el adjetivo ‘coqueta’ para describirme es un eufemismo. Si al colombiano le gusta seducir, yo soy una seductora. Me gusta envolver como lo hace una araña. Donde pongo el ojo pongo la bala. La mayoría de las veces tengo buena puntería. El arte de seducir como en una cacería. Eso no me hace presa fácil, al fin y al cabo quien lleva el arma soy yo.

Siempre voy por lo que quiero. En el amor, el juego, el trabajo, los amigos, los sueños, las metas, todo. Nunca espero que nada venga a mí. Cuando tenía diez años llamé a mi amigo Martín a preguntarle si quería ser mi novio. Luego de pensarlo unos segundos que se sintieron como meses, aceptó. Mi primer novio. A los pocos días, muy aterrada, su mamá llamó a la mía y ésta le respondió: “Ah, es que Virginia es así”.

Una amiga me preguntó: “¿No es difícil ser tú?” Mi brutal honestidad, lo vulgar, lo seductora, lo intensa, lo libertina y libre que soy son algunas de las cartas que llevo bajo la manga. Yo le quedo grande al colombiano, que en su gran mayoría no soporta verse asediado solo por no poder estar asediando él. Pero mi juego no sigue convenciones sociales y es muy posible que por portarme como lo hago esté sola.

Cerca a mis 35 años comienzo a preguntarme si me voy a quedar solterona. Para mi abuela paterna, ‘solterona’ era un adjetivo que debía usarse con cuidado para no ofender a la víctima. A pesar de que sé muy bien que solo será tarde para el amor cuando esté muerta, comienzo a creer que a mí no me va llegar. Como si no estuviera diseñada para amar y ser amada. Comienzo a verme a mí misma como la eterna amante. De esas que comparten la cama para enredarse y una vez alcanzada la cima duermen solas. Castigo es compartir mi cama. Vivir sola es de las experiencias más maravillosas que he tenido, tanto así que cuanto más tiempo pasa, menos ganas tengo de compartir este espacio que se convirtió en mi altar.

Me molesta el amante que se queda a dormir y pretende desayunar conmigo la mañana siguiente. Pero, ¿cómo decírselo sin herir sus sentimientos? Debo evitar que se ofenda y ya no quiera volver. A la mañana siguiente las ganas de amor confunden el polvo convirtiéndolo en lo que no era cuando llamé al amante con la excusa de una botella de vino blanco o un necesitado exorcismo. Y con exorcismo me refiero a un polvo doloroso con cogida de pelo, nalgadas, cachetadas y mordidas. De ninguna otra forma he aprendido a ahuyentar mis demonios. Las drogas no son suficiente y Dios no me oye.

Si pudiera diseñar mi futuro estaría acompañada de un amor intermitente. Romántico, para mí, ese que de día sea inquieto y de noche vuelva a mí. Y que así yo pueda hacer lo mismo. Yo podría ser azafata y él piloto. Podríamos alquilar un estudio en Brooklyn, otro en París y otro en Buenos Aires, donde nos encontraríamos cuando los aviones allí nos llevaran. Soñando despierta disipo la soledad. Durante la adolescencia supe hacerlo hasta cuando andaba acompañada.

Dejé de temerle a la soledad cuando comencé a conocerme a mí misma y de paso entendí mi cuerpo. No se equivoca el Marqués cuando asegura que me falta romanticismo. Pero no me hace falta. Yo prefiero ser un tiro al aire a ser domesticada.

Quizá el amor sea como ganarse el Baloto. Y si no me lo gano, me voy a conformar con las 16 pepas mías de cada día, mis amantes solterones y otros menos asequibles, mis libros que pronto dejaré de ignorar, mis escritos, mis pocos y grandes amigos, mis viejos, mi sobrina y las ciudades que aún no conozco.

Y seguiré asegurándome a mí misma que aunque el amor no va a llegar a tocar a mi puerta, no lo estoy buscando.

@Virginia_Mayer

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