Ninguna blasfemia. A Colombia se la lleva el diablo

6 de febrero del 2015

“Sin paz a la cubana, sin abundancia a lo venezolano, sin riqueza a lo nicaragüense.”

Por la Sharia, en nombre de Alá, el ISIS quemó vivo un piloto jordano, y después del crimen trató de negociar su liberación, acto de horror que fue justificado como normal, (W Radio, 4 de febrero) por un religioso del Estado Islámico, alegando que el engaño y la propaganda hacen parte de su forma de lucha. Igual que las FARC.

Tanto salvajismo y crueldad me regresaron el dolor por mi primo José Antonio, de 26 años, recién casado, y secuestrado por la guerrilla en el sur del Cesar, a quien asesinaron y luego utilizaron su cuerpo como señuelo para que su joven hermano fuera a recogerlo, y secuestrarlo. Sus asesinos, orgullosos de la brutalidad, dijeron que era una estrategia para financiar la organización, para poder seguir luchando por el pueblo.

Y recordé que en nombre del pueblo, las FARC mataron a los diputados del Valle y a 200 pequeños, y ancianos y mujeres que trataban de ampararse en la iglesia de Bojayá y que utilizaron niños bomba para estallar cuarteles; y que el M19 asesinó magistrados, y a José Raquel Mercado, y a Gloria Lara por burgueses imperialistas; y que los paramilitares, en nombre del mismo pueblo desmembraron vivos, con sierras eléctricas a campesinos que les parecieron sospechosos; y que varios militares engañaron jóvenes inocentes para asesinarlos a sangre fría y presentarlos como falsos positivos. Tragedias todas en nombre del pueblo, en nombre de la paz, en nombre de la justicia, en nombre de Dios.

Los nombres sagrados se enarbolan como estandartes sangrientos, para confundir incautos y esconder tras ellos la ambición del poder. ¡Poder! Esa es la verdadera palabra, el signo motivador de todos estos crímenes, la historia lo ratifica.

La ambición de poder llevó a los talibanes a usar el nombre de Dios, para matar 143 niños en la escuela de Pakistán, y a Al Qaeda para derrumbar las Torres Gemelas.

La ambición de poder llevó a las FARC a usar el nombre del pueblo para minar el parquecito de un jardín infantil en Inzá, Cauca

La ambición de poder llevó a Santos a usar el nombre de la paz, para reelegirse, y pulverizar la institucionalidad, izando banderas de doble signo: la de la justicia, para prostituirla en manos del Fiscal Torquemada, y convertirla en instrumento político; la de la Ley, para degradarla, poniendo su espíritu a favor de criminales; la de la moral, para justificar el narcotráfico; la de la historia, para contratar 12 escritores que escriban libros con los malos como buenos; la de las FF.AA y su lealtad a las instituciones, para que los generales se abracen con los asesinos de sus soldados; la de los campesinos, para crear Zonas de Reserva cocainómanas, independientes e intocables; la de la coherencia, para nombrar guerrilleros como  policías rurales; la de la verdad, para asimilar paz a guerra, terrorista a soldado, secuestro a retención y persecución política a justicia; la de la inteligencia, para que no se capte que las FARC, igual que ISIS, -los dos grupos terroristas más ricos del mundo- practican la trampa, el asesinato y el engaño, en su plan de combinar todas las formas de lucha para llegar al poder.

Santos, cuya fama de traidor trasciende fronteras, está decapitando, por ambición y falta de carácter, hasta a su rancia aristocracia, en un proceso que, guardadas proporciones, tiene algunas coincidencias con el de la Revolución Francesa.

En 1791 el rey Luis XVI firmó la Constitución Civil del Clero, que suprime al Papa, en acto parecido al de 1991 cuando la Asamblea Constituyente, con Antonio Navarro, Horacio Serpa y Álvaro Gómez, a la cabeza, suprime el nombre de Dios de la Constitución colombiana. El poder del nombre.

En 1793 la izquierda francesa, populista y de nombres hermosos, llegó al poder, y con Robespierre, Danton y Marat a la cabeza, apresó opositores, aristócratas, y sacerdotes, y pasó a cuchillo a 1.400 de ellos. Episodio que ha sido imitado en todas las revoluciones del planeta, como la de Castro, que un siglo y medio más tarde, lo emula con su paredón revolucionario, para fusilar opositores.

Se guillotinó a Luis XVI y en tan solo un año, el macabro aparato cortó la cabeza de millares de franceses, incluso la de obreros y campesinos revolucionarios, y, siendo esencia del asesino, asesinar,  cortó también la del mismo Guillotín en Lyon, y la de Danton, cuyas últimas palabras fueron: «De lo único que me arrepiento es de irme antes que esa rata de Robespierre», y la de Robespierre,  que la impuso. Los asesinos fueron asesinados, víctimas de su ambición, en menos de un año, incluyendo a Marat, en su bañera, acuchillado por la Corday.

El mismo populismo de pajaritos de oro, unido en Colombia al terrorismo, pretende hacernos creer que las FARC son sinceras y actúan de buena fe, y que firmado el acuerdo, la nación será un remanso. Así lo piensa medio país estrábico, confundido por Santos con las banderas de doble signo, mientras nos arrastra al socialismo, como fueron arrastrados los países vecinos, hoy en bancarrota.

Tan efectista es la estrategia, que mi columna pasada “Dios es un asesino”, sumó a las amenazas que cargo, por “enemigo de la paz”, nuevas amenazas, esta vez por “blasfemo”, de parte  de pastores y feligreses, que no digirieron el mensaje, que fueron incapaces de discernir entre el uso del nombre de Dios con pretensión perversa, y el uso de su nombre en el sentido santo. Los amenazadores me dieron toda la razón, al confundirse y ofenderse. Para ellos el nombre de Dios es uno solo y su invocación los pone de rodillas, sin que su exiguo cerebro  les prenda las alertas del engaño.

Santos no necesitó invocar el nombre de Dios, porque en Colombia la religiosidad es íntima y pasiva, y los fanáticos que se escuchan gritar en algunas iglesias, son alienados por sus pastores, no para llevarlos a la guerra, sino para que les suelten su platica. A Santos le bastó invocar, rebautizadas, a la paz, la justicia, la verdad, y pagar los medios, para polarizar el país en dos mitades. La que tiene certeza del peligro y la de sus partidarios, atiborrada de crédulos e ingenuos, de políticos y burócratas enmermelados, de izquierdistas aprovechando el papayazo, y de terroristas.

El intelecto de los santistas, a la altura de los religiosos que me amenazan, solo les alcanza para controvertirme macarthizando mis opiniones, bajo el rótulo de uribistas. Yo no hablo en nombre de Uribe, ni de su partido, pero lo reconozco, junto al Procurador, como quien se amarró los calzones para oponerse al vandalaje político que victimiza al país. Yo hablo en nombre de la sociedad y de la Colombia que quiero dejar a mis hijos. Sin dictadores, sin penas de muerte, sin paz a la cubana, sin abundancia a lo venezolano, sin riqueza a lo nicaragüense, sin seguridad a lo salvadoreño, sin equidad a lo argentino.

No es ninguna blasfemia. A Colombia se la lleva el diablo

@mariojpachecog

Primer Premio Internacional de Poesía: www.azagaya.co

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