No hay tal paro nacional

27 de agosto del 2013

Hace mes y medio estaba preso en Ocaña, por el paro campesino del Catatumbo, y hoy lo estoy en Bogotá por el paro agrario nacional, como el resto de colombianos, atrapados en los cuatro puntos cardinales del país, sin posibilidad de desplazamiento por carretera, so pena de ser detenidos por las barricadas de las reclamaciones […]

Hace mes y medio estaba preso en Ocaña, por el paro campesino del Catatumbo, y hoy lo estoy en Bogotá por el paro agrario nacional, como el resto de colombianos, atrapados en los cuatro puntos cardinales del país, sin posibilidad de desplazamiento por carretera, so pena de ser detenidos por las barricadas de las reclamaciones campesinas.

El modelo neoliberal del presidente Cesar Gaviria nos condujo en 1990 a la Apertura Económica, que reemplazó el proteccionismo de Estado y abrió puertas a los procesos de importación y exportación de productos. En poco tiempo, sectores boyantes se empobrecieron y quebraron, como Acerías Paz del Río, por ejemplo, que se hundió, no solo por el estómago insaciable de su sindicato, sino porque entraba hierro al país por todas partes; también los ganaderos debieron  enfrentar el ingreso de carne en pie desde Venezuela, a precios tan bajos que era imposible la competencia, y los arroceros, que quedaron al borde de la miseria, impotentes ante la invasión de arroz venezolano, de mayor calidad y menor precio, subsidiado, tecnificado y, para rematar, cosechado por campesinos con medio siglo de ventajas sobre los nuestros.

Veinte años después se firmó el TLC, desconociendo la enseñanza de la historia y recomenzaron las importaciones de productos producidos en el país. Es cierto que el TLC facilitó el acceso a maquinaria para poner a Colombia en el estadio de la competitividad internacional, pero a partir de su aprobación resulta más rentable importar alimentos que producirlos y esto es un ataque directo y aleve al campesino. Del Perú se importan productos que aquí cultivamos, como la ciruela, la mandarina y la naranja, y también del Perú la cebolla cabezona, que tiene gran parecido con la cebolla ocañera, líder en el mercado nacional, lo que da pie a una perversa estrategia comercial, que consiste en llevar la cebolla peruana hasta Ocaña, y distribuirla desde allí como legítima ocañera, arrasando con los cultivadores locales, porque sus precios de venta son inferiores a los costos de producción.

Paradójicamente Colombia es potencialmente una de las reservas agrícolas más importantes de Latinoamérica, por sus buenos suelos y todos los climas. Incluso en los organismos alimentarios internacionales se le considera como eventual despensa del mundo, pero en una especie de harakiri, la industria de insumos, especialmente de plaguicidas, semillas transgénicas y agroquímicos, los venden en Colombia más caros que en los países vecinos, y bajan drásticamente el factor de rentabilidad de los agricultores, como denunció Juan camilo Restrepo. El  precio de los insumos, sumado a la importación, que es el nuevo cáncer del campo, como afirma Monseñor Luis Augusto Castro, Arzobispo de Tunja y “una traición a la patria”, están acabando con los campesinos colombianos.

La leche extranjera inundó a la Colombia lechera; la papa, que es fuente de vida en las sabanas de Nariño, Cundinamarca y Boyacá se está importando; hasta el café, nuestro símbolo nacional, se importa. La uva, la manzana, el kiwi, la pera y el ajo, llegan de otros países y Canadá nos vende lentejas, frijol y arvejas. Entonces el pueblo raso, representado en productores de leche y campesinos cultivadores de papa, cebolla, café, arveja, cacao y tomate, condenados al no futuro, pusieron en jaque la movilidad de las carreteras colombianas y organizaron el paro agrario nacional.

¿Cómo no van a protestar los campesinos? ¿Cómo se le ocurre al presidente Santos decir que no hay tal paro campesino? El paro fue el mecanismo que encontraron como única posibilidad de sacar ventaja a sus exigencias y algo de justicia a la injusticia secular de nuestros campos.

El paro fue estigmatizado por el gobierno, que lo tachó de esconder intereses guerrilleros y de estar criminalizado por la delincuencia, lo que no resta justicia a la protesta y sería una canallada si se escuda el gobierno en la infiltración guerrillera para justificar su sordera ante los reclamos. Esta es la oportunidad para que de una vez por todas se inicie la reforma agraria que equilibre las desgracias y las riquezas del campo.

El paro nos afecta a todos porque se bloqueó el país y nadie transita libremente. Quienes tienen la necesidad de hacerlo, revivieron las famosas caravanas de la paz, escoltadas por camiones militares, de la era preuribista. Hasta ese fondo llegamos.

Ayer, 26 de agosto, todavía era posible movilizarse de Bogotá a Cartagena por la troncal del Magdalena Medio, pero ya se anunciaron bloqueos en la Lizama y La Vega y así el país quedará incomunicado por tierra. A Samuel Chaparro y Nelson Bayona los cogió el paro hace cinco días en Cómbita. Iban de Tunja a Tibasosa y quedaron retenidos, junto con otras personas entre las barricadas puestas por los paperos, hasta que desesperados y ya sin recursos, dejaron el carro en una finca y emprendieron el regreso a pie. A la hora de enviar esta columna habían caminado seis horas sin llegar a su destino. En Villa de Leyva, entre tanto, varios turistas extranjeros solicitaron a sus embajadas el auxilio necesario para que se les rescate.

Al margen de los episodios anecdóticos quedan los muertos y heridos, las pérdidas millonarias y la incapacidad del gobierno para dar soluciones estructurales al problema agrario nacional. Benjamín Casadiego lo pone de relieve en el artículo “Patria hecha tierra” de su blog Caracolí del Cesar, al afirmar que el Estado se despreocupó del minifundio “porque nada representa para el PIB”.

El menosprecio institucional estalló en la cara del gobierno y su consecuencia política más próxima, parece ser el unánime rechazo a las aspiraciones reeleccionistas de Santos, por lo menos en Boyacá, donde millares de familias se lo demostraron a punta de cacerolazos.

Hay que estar a favor de las justas reclamaciones campesinas y ojalá que los acuerdos que se logren sean de tipo estructural, ¡y que se cumplan! No vaya a ser que dentro de un año estemos en las mismas, pero también hay que estar en contra de los bloqueos y de la violación de un derecho en aras de la defensa de otro derecho, los colombianos no podemos permitir que se nos arrincone cada vez que a un gremio le da la gana de reclamar, así la causa sea justa. Si nos bloquean es por física falta de autoridad del gobierno autista que solo atiende cuando todos recibimos la pedrada y nos hacen pagar a justos por pecadores.

Ahora se anuncia que los transportadores de Facatativá bloquearán las vías de acceso a Bogotá hasta que se les designen tarifas y parqueaderos decentes. Ya está bien de abuso ciudadano, de gobierno inútil y de que el pueblo se la monte al mismo pueblo. No hay derecho. Pasemos ya la hoja por favor

@mariojpacheco

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