Niña de 13 años se ahorcó en hospital psiquiátrico de Bucaramanga

16 de diciembre del 2013

“No es posible que en Colombia este tipo de hechos queden impunes.”

En pleno siglo XXI  subsisten en Colombia instituciones terroríficas, habitadas por personajes de la peor calaña, vestidos con uniforme de enfermeros, que utilizan en sus pacientes tratamientos químicos e instrumentos escabrosos, propios de las salas de la inquisición de la Edad Media, para castigar, con el pretexto de curar, transformar o corregir problemas mentales o de drogadicción.

La tragedia personal de quienes encierran en el Centro Psiquiátrico de San Camilo es indecible y lo peor es que sus llamados de auxilio no son escuchados por nadie, porque se les supone locos o viciosos, carecen de credibilidad y quedan indefensos, víctimas propicias para cualquier abuso sin que se les ayude. Incluso la droga que les aplican les genera olvido y un estado de somnolencia y falta de sentido en el que pueden ser vejados, violados y maltratados. Posteriormente la química se encarga de borrar las evidencias.

He escuchado historias macabras de San Camilo y, leyendas o no, con lo sucedido la noche del sábado 14 de diciembre a la pequeña ocañera de 13 años, Marbelliry Pacheco Chogó, me inclino a creerlas. En ese centro psiquiátrico han sido internadas personas sanas, por familiares que quieren arrebatarles o administrar sus herencias, saben que quien allí ingresa sale loco, o bobo, generalmente lesionado en su cerebro y finalmente logran su cometido.

Allí Magda García de la Rosa, décima finalista en el reinado de la belleza de 1968, fue recluida por su padre, veinte días después del certamen de Cartagena,  porque estaba iniciando una adicción a las anfetaminas. Durante el mes que permaneció allí, estuvo aferrada a los barrotes de la ventana de su celda, o cuarto, o como se le llame, según me contaba. Meses después de su salida se roció con gasolina y se prendió fuego.

Hace unos años, otro conocido mío, Carlos Julio Lobo, “Cayuyo” fue internado allí por su hermano para que se le tratara su drogadicción. Una vez lo encontré en el parque de Ocaña, demacrado y casi irreconocible, me dijo que le habían aplicado tratamiento con choques eléctricos. Lo volví a ver a los años, había perdido su elocuencia y el brillo de sus ojos; caminaba arrastrando los pies, babeando y con temor ante la gente que veía, escondiéndose en cada esquina. No se desprendió de las drogas, pero las drogas que le aplicaron lo desprendieron de su esencia, de su ser.

En San Camilo no hay piedad con nadie, ni siquiera con niñas, como es el caso  de Marbelliry Pacheco, una niña feliz, curiosa y juguetona, que vivía con su madre Rosalba y sus hermanos en el barrio Betania de Ocaña. Hincha del Nacional, supo que su equipo jugaría con Millonarios el 25 de septiembre, y se le hizo fácil en su imaginación infantil viajar para verlo jugar en el Campín. Invitó a su hermanita Yenny de doce años y se volaron de la casa.

Alcanzaron a llegar hasta Bucaramanga, donde la policía las encontró el 24 de septiembre y las entregó al Bienestar Familiar. Por cualquier inexplicable razón las rebeldes pequeñas terminaron en el Centro Psiquiátrico de San Camilo, donde las maltrataron. Rosalba, la madre, viajó desesperada a Bucaramanga, para que le entregaran sus hijas y fue recibida por una prepotente funcionaria del Bienestar, que según parece se llama doctora Omaira, quien le advirtió: -No llore, no es a usted a la que vamos a castigar. A las que vamos a castigar es a sus hijas, y cálmese. Rosalba intuyó que si no se callaba no le dejarían ver a sus hijas, ni podría llevárselas, así que se contuvo, pero cuando pretendió sacarlas le dijeron que no se las entregarían sino después de cuatro meses y que para hacerlo debía arrendar otra casa, donde las niñas tuvieran pieza independiente, porque no podían dormir con sus demás hermanitos. Rosalba regresó desolada a Ocaña, su pobreza no le permitía pagar más arriendo del que pagaba, y conseguir una casa con más piezas le era muy difícil.

Las niñas permanecieron un tiempo en San Camilo y Yenny fue llevada finalmente al Refugio San José, pero a Marbelliry la mantuvieron en el centro psiquiátrico, donde la amarraron a una cama. Yenny dijo que observó a enfermeras de nombre Olga, Claudia, Luz Dary y Gloria tratar mal a niñas y pacientes, a una de ellas de aproximadamente 16 años le hicieron brotar sangre de la cachetada que le dieron. Lo expreso aquí como lo expresó la niña, con nombres propios porque a los niños hay que creerles.

Para la niña Marbelliry las horas pasaban terribles, lentas, se le hacía una eternidad esperar enero, no la dejarían pasar navidad ni año nuevo en el seno de su hogar, como siempre, con los pobres regalos, en la pobre sala de su casa, con su mamá pobre, en el hogar que amaba y extrañaba.

El sábado 14 de diciembre, en las horas de la tarde Marbelliry, presa de la desesperación, se ahorcó con la sábana, solo tenía trece años, el domingo a las diez de la mañana llamaron a Rosalba. – Ahora no venga a buscar culpables, – le advirtieron. La niña tenía un cuadro depresivo y por eso la internamos en el centro psiquiátrico.

Rosalba y todos los vecinos del barrio saben que Marbelliry era una niña sana, normal que nunca había tenido conductas de autoagresión, ni mucho menos depresivas. Dicen que en el refugio San José, donde la mantenían retenida se cortó las venas y que por eso la trasladaron a San Camilo.

Ahora solo hay estupor y llanto en la casa de las dos niñas y en el barrio Betania de Ocaña. Su pupitre en el Colegio José Eusebio Caro, donde Marbelliry está matriculada, comenzará clases en febrero con su pupitre vacío.

No es posible que en Colombia este tipo de hechos queden impunes. ¿Qué hacía una niña de trece años, amarrada a una cama en un hospital psiquiátrico, lejos de su hogar? ¿Qué clase de autoridad en Colombia pudo ordenar, aceptar o cohonestar semejante arbitrariedad, semejante infanticidio? De oficio, con la publicación de este escrito, que es una denuncia pública, debe iniciarse de inmediato la investigación pertinente por parte de la Fiscalía, la Defensoría del Pueblo, la Procuraduría y las oficinas de derechos humanos y de defensa de los niños. La muerte de Marbelliry tiene un altoparlante en esta columna y su muerte no pasará desapercibida, ni tapada, como seguramente se han tapado quien sabe cuántas otras. Que paguen los culpables por acción y por omisión.

@mariojpachecog

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