Qué bollo tan tenaz
Sé que es ignorancia pero, hasta ahora, no había conocido a nadie a quien hubieran criado a punta de longaniza. Es más, tuve que buscar en Google para enterarme de que la longaniza es un embutido –una especie de híbrido entre salchicha y chorizo– que heredamos de los españoles, delgado y largo, relleno de trozos gordos de carne de cerdo. Como quien dice, grasa en estado puro que en alguna parte del cuerpo se tiene que instalar: en la cintura, en las arterias, en las entendederas, en el trato a los demás… En todas las anteriores.
Hasta que apareció en escena el diputado Rodrigo Mesa Cadavid, rebosante de longaniza (“A mí me criaron con longaniza”, contó en alguna declaración), jamás había oído hablar de una dieta tan pesada para levantar un muchachito. Y, bueno, a juzgar por la mole que es hoy día, se la comió todita. Lo pudimos constatar por la indigestión verbal que le produjo. Y la pesadez que lo mantiene apoltronado en una profesión que, al parecer, es la única: la de diputado. (Según Teleantioquia Noticias, no cursó especializaciones en EAFIT y la UPB, no terminó periodismo, no es bachiller).
Lleva veintidós años echando raíces en la Asamblea de Antioquia. Y uno sí creería que tanto tiempo sembrado en un escaño podría haberle pulido un tris el lenguaje, así fuera en consideración a la voluntad de sus 25.000 votantes. Aunque a lo mejor es eso precisamente –la procacidad al hablar– lo que los atrae hasta las urnas. Quién sabe. El caso es que ahí lo tenemos, impávido y monumental, como árbol de laurel. Con un follaje…
Un follaje que, no sobra precisar, no “es un lenguaje muy normal en Antioquia”, contrario a lo que tanto ha insistido el diputado, queriéndose justificar. Malhablados hay aquí y allá y, por supuesto, Antioquia no es la excepción. Pero de ahí a pretender meternos a todos en el mismo costal… Incluso, contrario a lo que afirmó Édgar Artunduaga en esta misma publicación, el refranero del que hace gala Mesa Cadavid –equiparable al de un tal Cosiaca, según cuentan los abuelos– no es motivo de celebración para los antioqueños, a no ser para unos pocos que, al igual que él, sobrevivieron a las compotas de longaniza.
Al resto, expresiones del estilo: “La plata que uno le meta al Chocó es como echarle perfume a un bollo”, nos incomodan y nos avergüenzan. Sobre todo porque reflejan la manera en que muchos políticos, de este y otros departamentos, intentan tapar el agujero negro de los argumentos, disparando ráfagas de insultos. Porque una cosa es que el señor Mesa esté en desacuerdo con destinarle una partida presupuestal al Chocó –bienvenido el disenso cuando tiene sustento– y, otra, que la considere una región indigna de cualquier colaboración. ¿Por pobres?, ¿por negros?, ¿por olvidados?
Pero, bueno, al margen de sus disculpas, peores que la ofensa; de la escandalizada hipócrita del Partido Liberal; del viaje que al engominado Simoncito le tocó pegarse a Quibdó, de la renuncia que le están exigiendo grupos de afrocolombianos, de la demanda penal que le interpondrá el gobernador Murillo y de la dosis de circo que nos proporcionó, el tema de fondo no es el diputado Longaniza; es el Chocó.
No podemos ahora escudarnos en la anécdota a fin de esconder la cabeza como el avestruz. Ni los políticos, ni los periodistas, ni la generalidad de los colombianos –en ese orden– porque todos, en mayor o menor medida hemos subestimado, o, lo que es peor, ignorado al Chocó. Aunque no lo digamos en voz alta y, mucho menos, con grosería, el pensamiento esencial viene siendo el mismo: el pueblo chocoano es perezoso, sus dirigentes son corruptos, allá a nadie le importa nada, etcétera. Cualquier calamidad que les suceda es normal. (En una edición dominical de El Tiempo, en abril, salió un minititular de primera página, a una columna: Hambre mata a niños de Chocó. Y todo se me revolvió por dentro. Por la inaceptable realidad que la noticia encerraba y por la insignificancia con la que fue anunciada. ¿Qué clase de pájaros anidan en nuestras cabezas?, fue la única pregunta que se me ocurrió).
Solo nos acordamos de que están ahí –tan cerca del “océano en su profundación” (expresión que le oí a un piquero del Pacífico) y tan lejos de Colombia– cuando hay un derrumbe de grandes proporciones en la carretera Medellín-Quibdó, o cuando un desastre natural llena de damnificados esa franja del mapa, o cuando un grupo armado ilegal borra de tajo un pueblo (Bojayá, por ejemplo), o, digámoslo de una vez, cuando hay tema para la foto. Y cuando hay jornada electoral. Me parece estar viendo al presidente Santos, aún candidato en campaña, prometiendo a los chocoanos que el progreso que andaba a paso de tortuga por esas tierras, en su gobierno iba a andar a paso de caballo de carreras. ¿Y? Casi dos años después, ni tortuga, ni caballo.
¡Ni longaniza, siquiera! Qué bollo tan tenaz.
Etiquetas:

