¿Qué es hoy un campesino?

Luego de conocer el fallo de inconstitucionalidad proferido por la Corte Constitucional la semana anterior sobre el tema más visionario, más transformador, por no decir revolucionario que en el capítulo de tierras y desarrollo rural traía el Plan de Desarrollo de la administración Santos —ley 1450 de 2011—, no puedo dejar de pensar que empezando por la Corte, estamos pasados de aterrizar muchas de las normas vigentes en nuestra realidad rural. Para ponerlas a tono con un país y un campo, con un campesino que, con todo, es sin embargo significativamente diferente a lo que el país vivió y conoció hasta los años 60 del siglo pasado,  que era en buena medida herencia del siglo XIX , con su carga de guerra y violencia rural, desde  la impronta marcada por las guerras de Independencia, hasta la carnicería de la  absurda Guerra de los Mil Días, que dejó semillas que reventarían en muchos de los eventos de la violencia de mediados de la centuria pasada.

Las normas vigentes —tal vez con excepción de la Constitución del 91— y nuestra mirada le apuntan a un  país campesino que ya no existe como lo fue durante siglos. El problema de la tierra, “la cuestión agraria”, sigue en el orden del día pero no lo podemos asumir con la mirada de ayer, pues por el hecho de permanecer problemas sin solución, no quiere decir que la realidad  se congele igualmente. Hoy esos viejos problemas deben abordarse y  resolverse en contextos que han cambiado. Ha cambiado la economía, la relación rural–urbana, el entorno de la economía mundial, la relación fundamental entre “el número de los hombres”, como dice la historiografía francesa y la cantidad de tierra disponible, libre, baldía.

Hasta mediados del siglo pasado,  Colombia era un país colonizador muy a lo siglo XIX, con tierra abundante y baldía y una población escasa, en los 60 la población era la tercera parte de la actual. Asomaba la cabeza una agricultura comercial incipiente pero en crecimiento, localizada en enclaves, que se movía al ritmo de la demanda de unas industrias nacientes. El grueso de los pobladores rurales vivían aislados en sus parcelas, comercializando sus escasos excedentes de cosechas los domingos, en el mercado del pueblo. Era el paisaje rural que evocan con nostalgia tantos bambucos, pasillos y guabinas. Era  un campo básicamente andino con su corazón cafetero organizado e impulsado por su muy colombiana y eficiente organización desde  los comités de cafeteros y en la cúpula, la Federación. “La conquista del Trópico” (Urabá, Magdalena Medio, Pie de Monte Llanero, Bajo Cauca…) estaba en marcha. En los Llanos Orientales pocos pobladores y una ganadería no tecnificada, “natural”, se encontraba dispersa en sabanas ilimitadas y  sometidas a los rigores de veranos e inviernos extremos, donde mal comían vacunos dispersos, hasta diez hectáreas para sostener una cabeza.

Lo de la propiedad y uso de la tierra productiva, es el tema crucial frente al cual seguimos dando palos de ciego, porque no se ha mirado con atención y desprevención lo que hoy, no hace 50 o 70 años, es de verdad  el campo nuestro y quiénes son y a qué aspiran sus habitantes principales, las familias campesinas. El campesino colombiano en su misma diversidad es la columna vertebral o, si se quiere, la matriz que le dio vida y personalidad a Colombia como sociedad y  a todos y cada uno de sus habitantes, por más urbanos que hoy nos podamos sentir.

La visión de la tierra que se  expresa en el grueso de nuestra legislación de tierras, desde antes de la Ley 200 de 1936 (¿?) de López Pumarejo, es la propia de un país de campesinos colonizadores, que a golpe de hacha se abrieron camino en la vida y lucharon por lograr un futuro que resultó de simple supervivencia. Ese es el campesino de ayer, el que la Corte vislumbró en su fallo, a pesar de los salvamentos de voto de los magistrados que quisieron mirar al siglo XXI y no continuar en un ejercicio del espejo retrovisor, de interpretar las normas en el marco de las circunstancias del pasado y no de lo que el presente nos indica y el futuro nos reclama.

Va contra la dinámica misma de la Historia, pretender que el futuro deseable para la familia campesina sea permanecer aislada en su parcela, alejada de las posibilidades de asociarse con otros, no solo con otros pequeños productores, sin posibilidades de vincularse a una economía con mercados dinámicos, más allá del dominguero en el pueblo. En fin, sin posibilidades de tecnificarse y de  asumir el desafío de volverse pequeño empresario organizado y capacitado, socio de proyectos mayores, que capitaliza su actividad  en el marco  de reglas de juego y regulaciones claras y vigiladas por un Estado que es el árbitro del proceso y  garante del respeto de los derechos de unos y otros.

Ese es el escenario  que ven y desean nuestros campesinos, pero al cual le temen unos magistrados urbanos que, de buena fe pero con desconocimiento de las posibilidades que hoy se dan para los campesinos en el respeto a la Constitución, pretenden dejar a esas familias del campo, a 10 millones de compatriotas, sumidos en la premodernidad; pero eso sí, con los ojos puestos en una ciudad que parecería ofrecerles, especialmente a los jóvenes aquellos que el fallo pretende negarles en su propio entorno, en un campo que también puede y debe ser escenario de un futuro que no sea simple repetición, aunque sea mejorada, de lo vivido y padecido por generaciones de campesinos.

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