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Recuerdos im-borrables

Luego de un veloz chequeo, la dermatóloga me recetó unos medicamentos que venden únicamente en farmacias ...

Luego de un veloz chequeo, la dermatóloga me recetó unos medicamentos que venden únicamente en farmacias especializadas. “Le recomiendo una que queda en Granahorrar, ahí los consigue”, me dijo y, después de intercambiar unas cuantas palabras de despedida, salí del consultorio. No fue sino hasta que crucé el umbral del ascensor que me di cuenta del pequeño detalle: la doctora había dicho “Granahorrar”. Enseguida, los recuerdos cayeron como una cascada gigantesca sobre mi mente. Sentí nostalgia por el último centro comercial alfombrado de pared a pared que hubo en Bogotá. Recordé la hermosa y transparente cúpula que coronaba la plazoleta central, bajo la cual circulaba un pequeño tren eléctrico de colores rojo, amarillo y negro en el que los niños éramos felices.

“Granahorrar” ya no existe, repetí en mi cabeza y empecé a enumerar tantos espacios que  alguna vez representaron algo para mi vida, pero que hoy no son más que vagos recuerdos que desaparecerán para siempre el día en que quede fuera de circulación.

No más la semana pasada, con el corazón arrugado y bañado en lágrimas, canté el réquiem a los despojos insepultos de los almacenes Pomona, supermercados tan elitistas que parecía imposible comprar algo allí si no se llegaba con un documento de identidad con los apellidos Pombo o Urrutia. Pomona ahora no es más que un recuerdo. Los afrancesados dueños de la marca decidieron ponerle punto final a esa exclusiva historia y convirtieron todas sus sucursales en almacenes Carulla (con todo y el polémico logo que ahora le acompaña).

Hace unos meses ya me había tocado vivir un duelo similar. Me puse el traje oscuro, la camisa blanca y la corbata negra para asistir al funeral de una cadena de tiendas que durante años le hizo honor al nombre de su fundador, Luis Eduardo Yepes, el LEY.

Junto a las gigantescas góndolas, las viejas cajas registradoras y miles de bolsas plásticas  estampadas con el tradicional logo en rojo y blanco, los conquistadores napoleónicos (sí, los mismos del Pomona) también enterraron a “Don Julio” y al “Madrúguele a diciembre”. Fue un sepelio triste, nadie se atrevió a salvar el sombrero de copa de “Don Julio”. Au revoir, LEY.

Terminadas las honras fúnebres, empecé a alejarme de la tumba del LEY. Las lágrimas inundaban mis ojos, sin embargo, a la distancia, logré distinguir una lápida que me llamó la atención. Di un par de pasos y confirmé lo que sospechaba, allí estaban los restos del Minero del Banco Colmena. Me acerqué, quité las flores marchitas que reposaban en el jarrón superpuesto a la placa de mármol, y me senté a un lado para recordar a otros personajes bancarios que parecían salidos de una caricatura de Cartoon Network: el gigante de Las Villas, la ardilla de Concasa, la abejita de Conavi y el cajero de la Caja Social de Ahorros. Todos muertos. El último en irse de este mundo fue el minero, pues Colmena se acabó hace menos de un año.

Confieso que aún me entristece que al barrio Galerías ya no le digan Sears; me lleno de angustia cuando paso por la carrera 11 con 75 y no veo el letrero del restaurante Yanuba; no hay noche en que no me pregunte dónde habrá quedado el inmenso caballo que engalanaba la plazoleta exterior de Centro Comercial Granahorrar. Recuerdos imborrables.

@colombiascopio

juanpablocalvas@gmail.com

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