Santos sus cabellos se arranca en agonía

El presidente Juan Manuel Santos se me está pareciendo a una virgen.

No a una virgen del montón. A la que Rafael Núñez —en medio del fragor de alguna pesadilla o bajo los efectos de ver a doña Soledad acabada de levantar—, describió así: La virgen sus cabellos/ arranca en agonía/ y de su amor viuda/ los cuelga del ciprés/. Lamenta su esperanza/ que cubre loza fría/; pero glorioso orgullo/ circunda su alba tez.

Típica composición decimonónica que para el baúl de los recuerdos familiares está muy bien. Pero para imponerla por ley… Con delirios de grandeza, además: después de La Marsellesa, el himno que resultó cuando Oreste Sindici musicalizó los arrebatos inspirados de Núñez, dizque era el más lindo del mundo.

Así se nos ha venido transmitiendo de generación en generación. Así nos hemos visto obligados a recitarlo de memoria, sin entender ni mú. Así, haciendo pico de pajarito, lo hemos entonado durante un siglo largo. Así, la pobre Shakira, nos presentó a “Ublime”. Así, con el fin de no irrespetar un símbolo patrio, hemos aceptado como verdad histórica una verborrea frrrondia, como diría el cachaco bogotano.

Por eso la reciente noticia del Telegraph de Londres me dejó en schock. Enterarme así, sin un tris de anestesia siquiera, de que de los diez himnos nacionales más feos, el de Colombia ocupa el sexto lugar —superado sólo por Corea del Norte, Uruguay, Grecia, España y Argelia— me desestabilizó la fe de carbonero. Si mi abuela, mi mamá, mi profesora de Historia y los medios de comunicación me enseñaron que el ¡Oh gloria inmarcesible! era el segundo más hermoso, lo era —¡y punto!— aunque me pareciera horroroso.

La patria así se forma/ termópilas brotando/; constelación de cíclopes su noche iluminó/; la flor estremecida/ mortal el viento hallando/ debajo los laureles/ seguridad buscó. (Ya se me pasará la tusa).

Pues sí, decía —antes de enredarme en la manigua que entre cadenas gime que Santos se me está pareciendo mucho a una virgen del estilo Núñez. A juzgar por los despoblados que se le vislumbran en la cabeza, cabe suponer que, al menos al escondido, acostumbra arrancarse los cabellos. Aunque nadie haya visto sus mechones colgando de una rama de urapán en Chapinero.

Y es que no es para menos la agonía presidencial. La celebración del segundo aniversario de la llegada de sus corotos a la Casa de Nariño, va a estar opacada por la desazón que siente Colombia y no puede ni quiere disimular.

¿Qué se hizo el gerente que tan bien supo manejar los ministerios que tuvo a su cargo? Porque muchos de los obstáculos con los que ha tropezado en estos dos años, parecerían deberse a fallas gerenciales. Para recordar dos recientes: Toribío y la reforma a la Justicia. ¿Qué se hizo el jugador de poker, estratega hasta los tuétanos? Porque de las cartas visibles de su equipo de juego, la mayoría son funcionarios de escaso puntaje. (Para mí que olvidó las lecciones de Sun Tzu, de Maquiavelo y de Clausewitz que, a la fija, recibió). ¿Qué se hizo el abanderado de la llamada Tercera Vía? Porque con su obsesión de quedar bien con todo el mundo —con los ricos, con los pobres; con las derechas, con las izquierdas; con Chávez, con Obama; con estos, con los otros— está quedando mal con Tony Blair, está sumiendo al país en un limbo y está perdiendo credibilidad, lo cual debilita su tarea y su comunicación con el pueblo que lo eligió. (Y con el que no lo eligió, pero se lo tiene que aguantar).

Según la última gran encuesta realizada por RCN Radio y Televisión, La FM y Semana, la imagen favorable del presidente virgen (por lo del himno) bajó, en el último año, de 71 a 47 por ciento y la desfavorable subió, de 25 a 48 por ciento. Empate técnico entre los que se sienten y no se sienten bien gobernados. Y no es solo asunto de imagen como creen algunos, entre ellos los comentaristas de un programa radial nocturno que, esta semana, especularon a voluntad sobre cuáles deberían ser las acciones a seguir por Santos para mejorar la estampa. No señores, el asunto no es de sondeos, ni de asesores, ni de regionalismos, ni de percepción, ni de polarización; bajo esos distractores, que también existen, el asunto de fondo está agazapado: la realidad con la que nos estamos enfrentando a diario los colombianos del común. Una realidad deteriorada en casi todos los frentes —la macroeconomía es cuento diferente—, manejada por un presidente balbuceante, también en sus decisiones.

Mal hace el mandatario si, arropado por sus áulicos, se niega a reconocerse en el rostro que le está devolviendo el espejo. Por el bien suyo y el de nosotros, ojalá deje de mesarse los lacados pelos, desempolve el overol y asuma su papel de maquinista. Todavía está a tiempo de que no se le descarrilen las locomotoras. Y, por supuesto, todavía está a tiempo, la férrea oposición, de dejar de dinamitarle la carrilera. Por sobre los pulsos de poder está Colombia.

Dobleclick: Esperamos otra gran encuesta, esta vez encargada por La W, El Tiempo y CMI, con resultados que caerán como bálsamo en el maltrecho espíritu de Santos.

Etiquetas: