No se trata de un comentario a favor o en contra del aborto, sino de hablar sobre una situación que está tan cerca que ya se volvió común, algo perfectamente mimetizado, algo supuestamente muy normal. La masa de hombres de todos los credos, posiciones, poderíos, etc. que con singular alegría entran a opinar sobre las decisiones de la mujer en cuanto al aborto se refiere.
Por eso se me ocurrió que los gobiernos —que todo lo manejan con comisiones una vez ocurren los hechos— consideren la creación de una donde participen aquellos hombres que hayan abortado para que ahora sí hablen con suma propiedad sobre lo que hay que hacer en caso de presentarse una decisión de interrupción del embarazo.
Los traumas de la mujer que aborta, los destrozos psicológicos y las estructuras emocionales hechas trizas, pertenecen al sumario mental de la mujer. La decisión que toma es producto en muchos casos de la misma sociedad, manejada por el hombre, que rechaza los embarazos imprevistos, que no está preparada para dar los medios de supervivencia al futuro bebé, ni le interesa proveer a la mujer de “armas”para evitar los problemas en el entorno del aborto.
He oído que todo es culpa de la mujer y que eso del aborto “no debe prosperar como medio de contracepción”. ¿Qué tal? O sea que el proceso para unos es un simple jolgorio. La futura “abortista” la tiene simple. Se cita con algún médico o algo parecido, en las sombras de lo no permitido y, en muchos casos, sin plata va a que le hagan un “raspado” dependiendo de la situación y que siga la fiesta. O sea todo sencillo.
“¿Y si no quería tener un hijo, porque se dejó? Que bruta”, dicen los sabios.
Claro que hay legislaciones muy “condescendientes”: la mujer tiene que estar en peligro de morir para que opere la ley y decidan salvarla. Si ha sido violada también tiene derecho a solicitar, a mendigar, que le acepten abortar. Obvio, primero tiene que demostrar que ha sido violada. Sencillo. Trivial.
No hace mucho El País, uno de los principales periódicos españoles, reprodujo el comentario de un alto burócrata, señor José Manuel Castelao Bragaño, quien mencionó la siguiente perla en mitad de una reunión de trabajo: “Las leyes son como las mujeres, están para violarlas.” Bueno, ¿no?
Ahora en el debate entre el Vicepresidente Biden, demócrata, y su contrincante Ryan, republicano y derecha pura norteamericana, me sorprendieron favorablementelas siguientes palabras del demócrata: “Soy católico, pero no puedo imponer mis ideas a otros. La mujer es dueña de su cuerpo y ella debe tomar la decision asesorada por su médico”. Fuera de ser una declaración positiva, hay una atmósfera indispensable para trabajar sobre este problema: la división entre Iglesia y Estado.
Pero volvamos a centrarnos en la idea: la mujer tiene todo el derecho a manejar su cuerpo. Toda restricción causa peores resultados. Viví en Irlanda, donde en su momento la posición sobre el aborto —obvio con iglesia y curas de por medio— era muy cerrada. Resultado: las irlandesas cruzaban el canal y abortaban en Inglaterra.
De esto se sacan conclusiones sin posibilidad de discutir: entre más se restrinjan las facilidades para abortar y se le meta miedo e infierno a este tema, la mujer es de nuevo “la paganini”, pues las condiciones de higiene, las ayudas psicológicas, las consideraciones y respeto por esa decisión, serán más “pobres”.
Otra cosa que llama la atención sobre el tema es que las legislaciones de cada país difieren enormemente. Hay países reacios a explorar el tema más allá de lo que “el espíritu” religioso les permite y hay otros que han reconocido la existencia de un problema social donde se ve la necesidad de proteger a la mujer y darle el apoyo adecuado. Estos países, digamos mucho más avanzados sobre el tema, han demostrado que el número de abortos no ha aumentado por el hecho de tener una ley más acorde con las necesidades de la mujer; por el contrario, como en el caso de Holanda la tasa de abortos es una de las más bajas del mundo.
En Holanda:
La ley le da a la mujer el derecho que sea ella la que tome la decisión.
Puede acudir al médico de familia, quien la remitirá a la clínica especializada, o puede ir directamente al hospital.
La mujer no tiene obligación legal de conseguir la anuencia de su pareja o padres.
El aborto se puede practicar hasta la semana 24.
Antes y después del aborto, el Estado ofrece ayuda psicológica.
En otros países europeos, el plazo permitido varía: en Gran Bretaña 12 semanas, en Suecia 18. En Irlanda no es posible salvo excepciones: la vida de la mujer en peligro, violaciones y malformaciones del feto. Es decir que la legislación exige que esté “emproblemada” para pedir que se le haga un aborto. De lo contrario, a sufrir las consecuencias.
Seguramente si los que abortáramos fuéramos nosotros ya habría clínicas para protegernos, el ministerio de salud tendría partidas para darnos ayuda económica inmediata, la solicitud para abortar no exigiría cosa diferente a tener médico a la mano. Existirían políticos que durante sus campañas tendrían el lema: “El hombre tiene el derecho inviolable de hacer con su cuerpo lo que quiera. Estamos en un país libre. Viva la democracia.”
Es evidente que hay una contradicción enorme entre los participantes de una sociedad. Por una parte es innegable que el aborto no es una fiestecita más, por el contrario es una situacion que marcará para toda su vida a quien se ha visto en la necesidad de tomar la decisión. Y por otra, existe un sector obtuso de mente que no se atreve a ir mas allá del análisis vago y superficial, que se apoya en la teoría de que entre más facilidades para practicar la interrupción del embarazo, se incrementaría el número de abortos. Qué barbaridad.
Solo califican los hombres que han abortado
Sáb, 20/10/2012 - 09:02
No se trata de un comentario a favor o en contra del aborto, sino de hablar sobre una situación que está tan cerca que ya se volvió común, algo perfectamente mimetizado, algo supuestamente muy nor
