Indicadores Económicos

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Puede ser que como hay tan poquitas metas qué celebrar en estos tiempos inciertos como todos ...

Puede ser que como hay tan poquitas metas qué celebrar en estos tiempos inciertos como todos demás, se oigan tantos aplausos como se oyen cuando se dicen las cifras de cómo ha crecido la producción de los carros y de las motos en esta Colombia que no tiene calles para que rueden ni los unos ni las otras.

Una contradicción. Es posible que resulte ser una paradoja pendeja frente a lo que, dirían los mercantilistas, el número de empleos que mueven y las cifras del negocio. Los estoy oyendo: cómo te parece que el año pasado se produjeron en Colombia 300.000 automóviles y en autopartes se vendieron 600 millones de dólares y el sector significa un 6,2 por ciento del PIB, ala. ¿Qué te parece? Y en motos otro tanto: se acaba de saber que se pusieron en circulación sobre estas adoloridas calles 530.000 más, que significan patatín, que representan patatán, ¿qué tal la salud del sector?

No formo parte de la algarabía de la satisfacción porque encuentro, rampante, la contradicción que amplío: no podemos con el tráfico de vehículos, la conversación de todo el día es qué trancón tan berraco y la queja cotidiana y el pretexto preciso es la llevadez del putas en que están las ciudades inmanejables por lo que ahora llamamos movilidad, pero dele a los carros y dele a las motos y saque pecho diciendo que esos son indicadores del buen estado de la economía.

Y calles no hay, dije. Y carreteras menos porque son las mismas carreteras de hace treinta años y no lo digo por decir, sino con este ejemplo constatable: hace todos esos años salíamos buscando el mar del Morrosquillo desde Medellín y llegábamos felices cuarenta y dos mil curvas y diez horas después. Ahora es el mismo recorrido, las mismas cuarenta y dos mil curvas, pero el recorrido dura hasta catorce horas por la obvia razón del aumento de la carramenta y porque si acaso se han construido quince o veinte kilómetros de una doble calzada al comienzo del suplicio.

Aunque son un dolor de cabeza –y de oídos–, las motocicletas son una solución subdesarrollada a la falta de transporte colectivo. El crecimiento que ha tenido su uso en los últimos años es bestial: en la zona metropolitana de Bucaramanga hay una moto por cada seis habitantes; en la de Medellín una por cada nueve y en el distrito de Bogotá por cada 22 habitantes hay uno de estos aparatos que, según cifras siempre aproximadas como son todas las cifras en Colombia, mueven a casi cinco millones de personas en el país.

Por esas cifras y porque no ha habido una política que haga respetar normas elementales de conducción, abundan los accidentes. En el primer mes de este año, en Medellín, por único ejemplo, hubo diariamente 47 accidentes de motos. El año pasado, allí mismo, esos accidentes sumaron 19.896, y los muertos fueron 176.

En los pueblos, son parte del paisaje y en el campo han ido remplazando a caballos, mulas y burros. He visto, conmovido y melancólico, que labores de vaquería en sabanas de Sucre, de Córdoba, de Bolívar, se hacen en moto. Ay. El mototaxismo es ya un oficio no solo establecido sino que ha prosperado en estatus: comenzó siendo marginal, casi lumpen, pero como vamos cuesta abajo ya hay rebusques de más ínfimo nivel como el bicitaxismo y las nubes de vendedores de minutos. Ay. Ay.

Porque todo esto, todo este crecimiento de la industria que se celebra en las declaraciones de prensa como una conquista de la economía, es para algunos organismos internacionales un indicador de pobreza. Lo de las motos, digo. Mientras más motos tenga un país, más pobreza está demostrando tener. En esas estamos.

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