Una pelea sin gracia

Jue, 01/11/2012 - 09:02
Es absurdo que un hombre formado en el poder como Juan Manuel Santos haya terminado en un agrio enfrentamiento con quien fuera su mecenas efectivo en la meta de llegar a la Presidencia. E

Es absurdo que un hombre formado en el poder como Juan Manuel Santos haya terminado en un agrio enfrentamiento con quien fuera su mecenas efectivo en la meta de llegar a la Presidencia. Especialmente si aceptamos que, sin ese mentor, probablemente jamás hubiera materializado un propósito que, francamente, no iba por buen camino. Es absurdo porque nada hay de noble en quedar como un ingrato, mucho menos si los desencuentros se deben más a la forma que al fondo de la política que se conduce.

Las molestias de Uribe con Santos parecen tener origen en el poco tacto desplegado por el Presidente al integrar el equipo de gobierno, salpimentándolo con los mayores detractores del expresidente. Eso es de forma, pero parece de fondo, porque tenía lógica que Santos quisiera sacudirse los conflictos acumulados durante 8 años de gobierno en los que, ineluctablemente, se pisaron callos. ¡Claro que tenía lógica! pero en vez de hacerlo de común acuerdo, consultándolo, sobrellevando las sensibilidades de Uribe, persuadiéndolo de que el nuevo estilo haría más eficaz la continuación de las políticas, Santos supuso que Uribe estaba obligado a comprenderlo, y en un sesgo de soberbia se dedicó a probar -innecesariamente- que su gobierno no sería un ejercicio de ventriloquía.

Un error de cálculo, porque antes que pudiera controlarlo, el antiuribismo, minoritario pero mediáticamente poderoso, rodeó al nuevo Presidente y lo cubrió de elogios, mientras los sectores mayoritarios que se reflejan en todas las encuestas, empezaron a sentir que Santos había traicionado el ideario y los fundamentos del mandato endosado por Uribe.

Como siempre, florecieron los "carboneros" y lambones que nunca faltan de lado y lado; porque el ejercicio del poder demanda gruesas capas en la piel de las certezas para no sucumbir a las lisonjas que esconden intereses mezquinos. No es fácil soportar el lambisqueo de las hienas del poder... Y humanos como son, Uribe y Santos fueron cayendo en la irresponsabilidad de dejarse apartar, no por diferencias de fondo, sino bajo el influjo de las nimiedades de la forma, el método y los protagonismos.

Todo empezó mal cuando se escogió a Rodrigo Rivera como Ministro de Defensa. El hombre errado para el cargo, uribista por conversión, sin los talentos de Uribe, pero vasto en una verborrea sin respaldo en resultados que lo dejó mal parado en un área de desempeño de máxima sensibilidad para el expresidente: La seguridad. "Su" exitosa seguridad democrática. En contraste, se dio todo el espacio político a un Vargas Lleras desafiante con Uribe, que no desperdició el escenario de las cortes y el Congreso para vociferar que todo había cambiado y que en su era los magistrados enfrentados con el expresidente serían "reivindicados", insinuando que Uribe irrespetó la majestad de la Justicia, cuando en verdad si alguien fortaleció económicamente la capacidad "investigadora" de la Sala Penal, fue la chequera del gobierno Uribe. Eso, Santos lo sabía perfectamente, pero en su afán de no tener lastre ni enemigos, permitió que Vargas se despachara a sus anchas.

Los ataques judiciales contra Andrés Felipe Arias tuvieron como espejo a un Juan Camilo Restrepo empeñado en un programa de restitución de tierras, justo, pero que el Ministro ha ido moldeando para ser el envase de sus ambiciones electorales, mientras lo agrario y pecuario quedó a la deriva. Todavía resentido por no haber conseguido presidir a la Federación de Cafeteros durante el gobierno Uribe, cada movimiento de Restrepo se encaminó a probar que la senda anterior fue un camino de errores. Santos sabe que no es cierto, pero toleró que las insinuaciones cogieran cuerpo.

El último aparte de este lamentable eslabonamiento de desaciertos, fue la asamblea del partido de la U. Donde un Álvaro Uribe ovacionado, pronunció un discurso churchiliano, en el que puso de presente sus reparos a la metodología del proceso de paz, sin agravios personales. En contraste, el presidente Santos, vadeando los límites de su capacidad para intervenir en política, se fue de bruces con una improvisación lejana a sus dotes de estratega, y plagó de referencias pugnaces cada reparo a lo expuesto por Uribe. El Presidente se dejó "carbonear" y se despachó usando una retórica ofensiva, desconocida en sus labios, que lo puso unos escalones por debajo del tono usado por el expresidente.

Después de semejante sarta de agravios, uno pensaría que antes de entrar al recinto, los oídos del Presidente fueron adobados por voces tipo Roy Barreras o Benedetti; porque el desacertado cambio de estilo perfila la ausencia de consejeros más sabios como Gabriel Silva o Carlos Urrutia. Como fuera, Santos quedó como una persona pendenciera -que nunca ha sido- y desperdició un escenario donde pudo resaltar las coincidencias de fondo.

El enfrentamiento Uribe-Santos nos devuelve a la inmadurez caudillista que hemos vivido por décadas: Olaya vs López, Laureano vs Ospina, Gaitán vs Turbay, López vs Galán, Turbay vs Lleras, Pastrana vs Gómez, Samper vs Gaviria, y una interminable saga retroactiva de enfrentamientos personales, intrapartidistas, que han impedido la maduración de nuestra infantil democracia.

Realmente el primer "proceso de paz" que precisamos es el que nos deben nuestros líderes, quienes deben dar ejemplo y pasar de la palabra a la acción en el desempeño de la más elemental noción de civilización. Es primitivo no hablar, es inmaduro no consensuar, y carece de sentido que dos hombres estructurados para liderar 40 millones de almas, ofrezcan el mal ejemplo de ser inferiores a la necesidad de ponerse de acuerdo sobre lo fundamental y sacudirse los atizadores de conflictos, que pescan en rio revuelto.

Conozco personalmente a Santos y a Uribe, sin tribulaciones doy fe que son hombres de esos cuyos padres contemplan con orgullo y satisfacción desde la eternidad. Son dos líderes decentes, probos, bien intencionados, muy diferentes en su estilo, pero con grandes capacidades para aportar a la construcción de esta patria. Necesitamos que den la talla ante una Nación que precisa el mejor ejemplo de sus dirigentes.

Doctor Uribe, señor Presidente, están en deuda con el país. ¿Qué están esperando?

@sergioaraujoc

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