Villa Rica, ni Villa, ni Rica
Recuerdo hace años que íbamos a Villa Rica todos los fines de semana, un pariente definía esa población como la de las dos mentiras y cuando le preguntaba ¿por qué?, él respondía sonriendo como si se tratara de una adivinanza, porque no es Villa, ni es Rica. Con el tiempo fui descubriendo cuan cierta era esta apreciación, el municipio de Villa Rica, al Norte del Cauca, era y es una agrupación de viviendas humildes que difícilmente puede considerarse una villa y mucho menos una población rica.
Hace escasos 15 años se transformó en municipio independizándose de Santander de Quilichao que no lograba atender las necesidades de esta zona, poblada mayoritariamente por afrodescendientes. Su prosperidad relativa ha ido de la mano de los cultivos de caña que la rodean y de las empresas que al amparo de la Ley Páez se trasladaron de Cali buscando pagar menos impuestos en Villa Rica. Pero sigue siendo una población pobre, con pocas oportunidades para los jóvenes que se ven forzados a buscar en Cali y Jamundí mejores opciones de estudio y de trabajo.
Ahora, hay algo en lo que siempre me ha parecido rica, Villa Rica, en su gente. Allí habitan personas alegres, pacíficas, orgullosas de su herencia africana, con un liderazgo joven y con una arraigada cultura negra. Villa Rica representa un remanso de paz; comparada con municipios vecinos como Jamundí, Puerto Tejada, Caloto y Santander de Quilichao, allí no hay narcotráfico, violencia urbana, atracos. O seguramente los hay, como en toda Colombia, pero la sensación que uno tiene cuando la visita es de tranquilidad y de una vida comunitaria solidaria y amable.
Tal vez por eso me impactó tanto la bomba artera del terrorismo, porque interrumpió con metralla y pólvora la vida acogedora y plácida de este municipio que quiero y respeto tanto.
Los análisis de estos días en los medios de comunicación hablan de una estrategia guerrillera para desviar la atención de las fuerzas militares, para hacer creer que las fortalezas de la insurrección están concentradas en esta zona del país, mientras por el Catatumbo, un asustado Timochenko, busca la mejor manera de escabullirse o de camuflarse para evadir la cacería que le tiene decretada el gobierno.
En su infame lógica las Farc no escatiman esfuerzos para distraer a las fuerzas del Estado. Así se trate de jugar al gato y al ratón con la vida de los militares secuestrados, a los que pretenden utilizar de escudo humano para que se despejen amplias zonas que les sirven de corredores estratégicos, o de realizar atentados terroristas arrastrando vidas inocentes que para la lógica guerrillera solo serían daños colaterales. Todo o lo único que les interesa es su propia sobrevivencia, en asocio con el negocio del que se alimentan, el narcotráfico.
Y el precio que debemos pagar es muy alto porque nos enfrentan a dilemas humanitarios: o aceptamos su juego o los soldados y policías seguirán amarrados como perros a un árbol por años de años. Eso a la guerrilla no le duele, ellos se han ido volviendo insensibles como el tronco en el que tienen atadas las vidas de estos hombres condenados al olvido. O aceptamos su juego, o poblaciones pacíficas como Villa Rica recibirán un castigo inmerecido, un atentado que deja solo dolor, rabia e impotencia.
Malditas Farc, ustedes ha hecho de Colombia un país peor, se han aliado con la mafia más infame, han despreciado la vida y han propiciado en muchos ocasiones respuestas ilegítimas del Estado. Ya no puede caber duda para nadie, son una banda terrorista, son aliadas del narcotráfico, un grupo de asesinos, que viola los más elementales principios del derecho internacional humanitario. ¿Hasta cuándo sus conciencias van a soportarles tanta crueldad? ¿Cuántas Villas Ricas más van a empobrecer con sus acciones dementes?

