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El pintor que pescaba cadáveres

Alejandro Obregón nació en Barcelona y se crió en Barranquilla, fue amigo de García Márquez y ...
Alejandro_Obregon
04/06/1920-11/04/1992

La vida de Alejandro Obregón fue un carnaval: colorida, ruidosa, llena de jolglorio. De mitos y de realidades que lo sitúan en un lugar privilegiado en la historia del arte colombiano, como pionero que rompió junto con toda una generación de jóvenes artistas los cánones tradicionales y académicos. Lo caribe fue una constante en su obra: el mar al que le encontró más de cien tonalidades azules, las truchas, salmones y pescados de todos los tamaños y sabores; igual que con sus otras pasiones: los toros y los cóndores.

Los libros que se han escrito sobre él abarcan una multitud de miradas: la mezcla de literatura y amistad en la pluma de García Márquez, pasando por la diplomacia y poesía de Juan Gustavo Cobo Borda, o la embebida relación de ron y fraternidad de Álvaro Cepeda Samudio. Y de otros tantos, de su hermano Pedro, de su amigo Fernando Paneso, su adalid Martha Traba, su colega Juan Antonio Roda o su compañero León de Greiff.

Fue esposo de la mujer más hermosa de su tiempo, Sonia Osorio, con quien tuvo dos hijos: Rodrigo y Silvana.  

Testimonios y análisis que coinciden en una imagen del pintor que hizo muy difícil la tarea de criticarlo:  el mejor de los hombres, acérrimo parrandero, padre ejemplar, abuelo encantador, artista insigne, trabajador incansable. Cada quien desde su espacio y sus vivencias, apelando al juicio objetivo y crítico, en algunos, desenfundando la amistad magnánima, en otros, o recordando el magnetismo celebrado que ejercía sobre las mujeres.

Así, son muchísimas las anécdotas, los recuerdos y las evocaciones, fruto del amor o la admiración. En el caso de Marta Traba, quien no ahorró halagos a la hora de describir y calificar su obra, fue común la frase “Obregón es el dios, y Traba, su anunciadora”. Una especie de Mahoma artístico, defensora empecinada de su trabajo. Aunque también tuvo la valentía de criticarlo severamente cuando sentía que equivocaba el camino, eso sí, con sutil ironía: “que mal pinta Obregón cuando está enamorado”, decía.

Con él hubo en nuestro país arte moderno, comenzamos a dialogar con las corrientes del expresionismo, del figurativismo, del surrealismo, de la abstracción que se consolidaban y replanteaban frenéticamente en Europa. Hubo antecesores que alistaron el camino: Guillermo Wiedemann, Eduardo Pizano o Andrés de Santa María. Pero el zarpazo definitivo lo dio Obregón con su “expresionismo romántico”, como llamó Traba al estilo multicolor y vital en un artículo de 1959.  De este modo, Alejandro Obregón se convirtió en pionero, padre, precursor, y consecuentemente en el pintor oficial. En 1982, apunto de comenzar los diálogos de paz entre el gobierno de Belisario Betancur  y la Central Nacional Guerrillera, fue invitado a pintar una paloma de la paz en la Plaza de Bolívar. No pudo viajar a Bogotá, y los diálogos por poco no arrancan.

Su importancia, más allá de la fama y el mito alrededor de su persona, es indiscutible. Además, gracias a su generación, surgieron artistas de la talla de Fernando Botero, Beatriz González, Luis Caballero o Ana Mercedes Hoyos.

En 1962 pintó su obra más reconocida y considerada como la más importante de nuestra historia: La Violencia. Sobre esta obra hay varias anécdotas: la mujer que aparece muerta fue una estudiante que asesinaron en Barranquilla por esos días en una protesta universitaria,  Obregón estaba hojeando un diario y se encontró con la imagen del cadáver de una joven violada. Otros aclaran que después de leer la obra “La violencia en Colombia” escrita por Fals Borda, Eduardo Umaña y Camilo Torres, quedó impactado y asqueado por la creciente evidencia de una violencia endémica motivada o descuidada de Colombia. Por lo que quiso dejar su testimonio de una época cruenta para la historia del país.

Esta obra condensa en un lenguaje pictórico sencillo y justo, al tiempo que luctuoso y sombrío, su visión y su sentir de la muerte en Colombia. Es un testimonio personal y universal. Es un lenguaje pictórico y un retrato de un tema inacabado de la historia del arte, como es la muerte. Sobre esto Edgar Morin explica que el miedo al cuerpo desnudo, yaciente, enfermo o descuartizado, es un tabú. A la muere y al hombre mismo, “El primer misterio es, no la muerte, sino su actitud ante la muerte”.

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