Antoine de Saint-Exupéry
Antonie de Saint-Exupéry salió de Córcega en la mañana de un día soleado. Volaba a tan sólo 2.000 pies de altura sobre el azul Mediterráneo. Abstraído, acaso observando con sus ojos abultados el brillo de las estelas de luz sobre el agua, como si no estuviera en medio de una guerra mundial, planeaba en su poderoso avión Lighting 38, que llamaban «el diablo de dos colas». Llevaba puesto su gorro de cuero, gafas de aeronauta y un reloj suizo de pulsera. Tenía la misión de tomar fotos de las ciudades francesas de Annecy y Grenoble, ocupadas por los alemanes. Pero no pudo cumplir su tarea. Vino un fogonazo, un disparo en una de las alas de zinc, que se desprendió del cuerpo de la nave. Un avión de la luftwaffe, la fuerza aérea de los Nazis, había lanzado el ataque fatal. El avión cayó al mar como un torpedo, y aquel día, el 31 de julio de 1944, el autor de El principito desapareció para siempre.
La vida de Saint-Exupéry estuvo llena de acción. No fue un escritor estático, dedicado a explorar sus pasiones internas. Durante sus años de vida voló sobre la cordillera de Los Andes y sobre Mauritania, fue rescatado por los beduinos después de que se accidentara en la costa de Libia. En 1927, en una barraca del aeropuerto de Cab Juby, en medio del desierto de Marruecos, acomodó una tabla sobre dos bidones de gasolina, usó el borde de un catre como silla y escribió allí su primer libro, Correo Sur:
“Desde allá arriba la tierra desnuda y muerta; el avión desciende, la tierra se viste. Los bosques vuelven a abrigarla; los valles, colinas, imprimen en ella un oleaje; es que respira. Una montaña, pecho de gigante acostado, se hincha casi hasta él cuando la sobrevuela […]. El terreno de Alicante sube, bascula, se fija, ya lo rozan las ruedas, se le aproximan como a un laminador, se afilan en él”.
Pocos describieron tan bella y precisamente la experiencia de volar como Saint-Exupéry. En Vuelo nocturno, su segunda obra, narra las aventuras de los pilotos de correo que deben volar sobre Los Andes con cartas desde La Patagonia, Chile, Argentina y Paraguay. En Piloto de guerra, un aviador que regresa entre la furia de los cañones medita sobre la muerte, y acepta dignamente su derrota: «Mañana tampoco diremos nada. Mañana, para los testigos, estaremos vencidos. Los vencidos deben callarse. Como las simientes».
Una de sus obras más admiradas es Tierra de hombres, antología de ensayos en los que se evidencia el interés del autor por descifrar el devenir de la humanidad:
“Sólo seremos felices cuando cobremos conciencia de nuestro papel, aunque nos corresponda el más oscuro. Sólo entonces podremos vivir en paz y morir en paz, porque quien le da un sentido a la vida le da un sentido a la muerte”.
A pesar del gran valor literario de estas obras, ninguna llegó a tener la fama de su máxima creación, El principito. Traducida a más de 180 idiomas, la historia del príncipe procedente del asteroide B-612, un planeta «apenas más grande que una casa» es, después de la Biblia y El Corán, el libro más vendido del mundo. Está lleno de metáforas que dan cuenta de la importancia de la amistad, la pérdida del romanticismo y los ideales. Del materialismo que llega con la edad adulta. Se trata, quizás, de una apología a la sencillez: «Los hombres —dijo el principito— se encierran en los rápidos pero no saben lo que buscan. Entonces se agitan y dan vueltas».
«Me lo imagino tal como lo conocí, con escasez de gasolina, y tal vez de esperanza, subiendo como uno de sus héroes hacia algún campo celeste constelado de estrellas», escribió André Maurois sobre Saint- Exupéry.
Un universo contado desde arriba, desde las nubes, ese fue el que narró con ojo aguzado Saint-Exupéry. Valores como la libertad, la amistad y la dignidad están vivazmente presentes en toda su obra. Su mujer, en una carta que le envió antes de que se casaran, lo definió de la mejor manera: «Usted es un caballero volador».
Fragmento de un artículo publicado en Ciudad Viva por Germán Izquierdo
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