Ella Fitzgerald
Con la llegada del swing a los bares y teatros de Nueva York y Chicago, con la llegada de las big-bands y sus diestros saxofonistas que podían solear durante horas si el entusiasmo del público lo requería, con la llegada de Chick Webb, Duke Ellington, los hermanos Dorsey, Benny Goodman y Artie Shaw, capaces de los más sorprendentes arreglos rítmicos y melódicos para hacer bailar a la gente, con el inicio de la era dorada del swing, llegaron también las grandes baladas del jazz, casi siempre tomadas de musicales de Broadway, del cine de Hollywood, de los cuadernos de Cole Porter, reinterpretadas una y otra vez, de todas las formas imaginables, por las bandas y las mujeres, y cantadas por las inmortales cantantes del jazz. Pero esas baladas que hoy forman parte importante de la herencia musical del jazz, que se han estandarizado tanto en sus repertorios que se llaman standards, no serían ni la sombra de lo que son de no haber sido cantado por Ella Fitzgerald.
La historia del jazz ha tenido varias cantantes con voces y estilos inolvidables, antes y después de Ella Fitzgerald, pero ninguna antes que ella había logrado usar su voz no ya como un medio para interpretar la letra, sino como uno más de los instrumentos de la orquesta, capaz de improvisar melodías paralelas, de alterar la melodía estándar de la letra para darle nuevas formas y colores, y no hubo ninguna cantante posterior a Ella Fitzgerald que no hubiera aprendido a usar su voz oyéndola a ella cantar.
El canto jazz viene del canto blues, en el que Ma Rainey y Bessie Smith habían sido sus más memorables representantes, aunque también lo habían sido por supuesto Leadbelly, Robert Johnson, “Mississippi” Fred McDowell y Skip James. Sin embargo, fue el canto femenino y no el masculino el que derivó en el canto jazz, incluso el canto de los hombres, como lo demuestran la voz y el estilo de Fats Waller, en los treinta, pero también de Chet Baker en los cincuenta e incluso de Johnny Heartman en los sesenta y setenta, todos mucho más parecidos a los de Bessie o Ma Rainey que a los de los blueseros del Delta del Mississippi o a los del bluesero modernista Muddy Waters.
Pero hasta antes de Ella Fitzgerald, la voz sólo servía para cantar letras, restricción que no impidió que Billie Holiday, por ejemplo, inmortalizara varias baladas con su voz ronca y escasa, pero que ya en la época del swing, que el jazz se había vuelto una música de salón, música para ser bailada, las cantantes no se podían permitir quedarse paradas al costado de la banda esperando a que los saxofonistas y los trombonistas hicieran sus solos. Eso lo entendió muy temprano Ella Fitzgerald, que ya en la primera audición de su vida, en el concurso de cantantes jóvenes del teatro Apolo en Harlem en que Chick Webb la descubrió, como años más tarde descubriría también a su más fiera competencia, Sarah Vaughan. Ella cantó una balada en la que ofrecía una melodía con diversas variaciones, mostrando lo que un tema aparentemente sencillo era capaz de dar.
Desde entonces toda su carrera se concentró en buscar nuevos caminos para su voz, descubriendo rápidamente el scat singing, su mayor aporte, y que consiste en improvisar libremente con la voz, separándose de la letra y usando sílabas desprovistas de sentido en lugar de palabras, y a manera de notas. Así, cuando Ella cantó con la orquesta de Duke Ellington, los solos se alternaban entre ella, J.J. Johnson, el trombonista, Paul Gonzalvez, el saxofonista, y el mismo Duke en el piano, logrando una participación continua de todos los integrantes y de ese modo un efecto mucho más intenso.
Sin embargo, el protagonismo de su voz, de la que nadie se cansaba jamás, empezó a hacer el resto de la orquesta un poco redundante, y a tender hacia formatos más pequeños, en los que ella pudiera improvisar a sus anchas. Es por eso que en los años cincuenta, cuando el be-bop de Charlie Parker y Dizzy Gillespie ya era una institución en Nueva York, Ella ya sólo tocaba con bandas de tres o cuatro músicos, generalmente con un pianista de un carácter musical igual de fuerte, como un Thelonious Monk, o un Oscar Peterson más adelante, y con un bajista creativo y atrevido, como sólo Charlie Mingus. Ese nuevo formato la hizo tremendamente famosa en Europa, donde el gipsy jazz de Django Reinhardt y Stéphane Grappelli, también de formato reducido, lideraba la escena desde hacía años. Entonces Ella viajó por el mundo demostrando todo lo que se podía hacer con la voz además de cantar una canción, que era apenas lo más obvio.
Ver a Ella cantando, y vieja, pesada, con el micrófono en una mano y el pañuelo para secarse el sudor en la otra, es una experiencia verdaderamente inolvidable. Relatar o incluso recordar sus últimos días, es una experiencia tan triste que más vale no hacerlo, y quedarnos con el recuerdo de su enorme presencia en el escenario, y no el de su exigua presencia en una cama de hospital.
