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Maurice Ravel

Maurice Ravel obtuvo del público de su época una reacción que lo dejó siempre un poco ...
Maurice Ravel
7/03/1875-28/12/1937

Maurice Ravel obtuvo del público de su época una reacción que lo dejó siempre un poco confundido y un poco desasosegado. Sus admiradores celebraban en sus composiciones la infantil sensibilidad, mientras que sus detractores, por el contrario, criticaban en sus composiciones la infantil sensibilidad.

En principio Ravel no prestó mucha atención al problema, y se dedicó a estudiar las obras de sus maestros a través de sus composiciones tempranas. Pero desde un punto en adelante se abstuvo cuidadosamente de mencionar a esos maestros, pues cada vez que lo hacía, cantaba la fanaticada: “!Es hijo de Debussy!”, y cantaba la oposición: “¡Es hijo de Debussy!”.

Después Ravel se fue a luchar por su país en la Primera Guerra Mundial, en busca tal vez de un poco de sentido común, pero lo único que pescó fue una peritonitis que lo puso de vuelta frente al piano. Entonces Ravel continuó su largo y silencioso camino, trabajando de la noche a la mañana. En esa época compuso Mi madre la Oca y El niño y los sortilegios, fantasía lírica que le valió definitivamente el distintivo de infantil y el oprobio de infantil.

Pero lo cierto es que Ravel sí tenía un claro interés por temas relacionados con la infancia, sobre todo con el mundo mágico de la infancia y la manera en que los niños escuchan la música por primera vez. También es cierto que visto desde fuera, su constante búsqueda de nuevas formas de expresión, que lo llevó a conocer e incluir en sus obras el blues, el jazz y las danzas andaluzas, y a intentar versiones musicales de la literatura griega, francesa y española, podía  tomarse por la indecisión de un niño que se deslumbra al primer encuentro de algo desconocido y cambia, sin pensarlo, de camino. Pero Ravel, al contrario, tenía una meta muy clara, una intuición musical definida, y sus experimentos con nuevas formas no eran más que maneras de pavimentar el camino que lo conduciría hasta el final.

A su público, sin embargo, le costó un  buen tiempo entenderlo, y continuó hasta el final tomando sus obras por lo que no eran. Cuando se estrenó el Bolero, que Ravel compuso con base en una danza andaluza y dedicó a la bailarina rusa Ida Rubinstein, esa obra larga pero sencilla, con todos los instrumentos pero con solo dos motivos musicales, emocionante pero repetitiva, el público de ambos bandos volvió a clamar, condenándolo de leve y de artificial. Los admiradores porque creían que se rehusaba a mostrar sus profundas inspiraciones, los otros porque creían que nunca las tuvo.

Entonces Ravel, que se había cuidado siempre de no dar declaraciones, contestó con risa maliciosa: “Pero, ¿es que acaso la gente no puede hacerse con la idea que yo sea “artificial” por naturaleza?”, dejando entrever la absoluta confianza que siempre había tenido en su propia obra, y en que los críticos y los legos, aunque habría de tomarles un tiempo, llegarían a apreciarla eventualmente.

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Julio Garavito Armero
  • http://twitter.com/gacastri Gustavo Castrillón

    Alguna vez escuché al maestro Otto de Greiff, uno de los musicólogos de mayor reconocimiento en el siglo XX en Colombia, que para él la obra más importante en la historia de la música de Occidente era BOLERO de Ravel.

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