Mi vida en las peleas ilegales

7 de septiembre del 2014

¿Dónde ocurren? ¿Cuánto se gana? ¿Por qué ciertos hombres se dedican a ellas?

Mi vida en las peleas ilegales

Tengo, como todos, nombre, apellidos y cédula de ciudadanía, pero en el mundo de las peleas ilegales me llaman ‘Lucas’*. Tengo 25 años y hace más de seis meses me dedico a pelear de manera clandestina.

No me gano la vida peleando, tengo un trabajo real: soy entrenador en un reconocido gimnasio en el norte de Bogotá. Peleo porque me gusta y además porque me quita el estrés de vivir en una ciudad como esta.

Este siempre ha sido un tema tabú, pero déjenme decirles que existe. No soy muy acuerpado; pero el fisicoculturismo y la halterofilia (levantar pesas) que practico hace unos ocho años me han dado cualidades aptas para pelear contra cualquier hombre. Mi cuerpo es tonificado, trabajo mucho y muy duro en él, uno porque es mi carta de presentación laboral, y dos porque es uno de mis pasatiempos, sin contar con que atrae a algunas mujeres.

Hoy fui a pelear una vez más. Fue mi tercer combate. El primero lo gané fácilmente y eso me dio moral para volver, fue hace unos dos meses. El mes pasado me enfrenté de nuevo, quise revalidar el buen encuentro que ofrecí, las apuestas estaban por igual, pero antes de que se acabara el segundo round estaba en el suelo y de ahí no quise moverme, si lo hacía iba a terminar de nuevo en el piso. Además mis fuerzas no me daban para seguir. Ese hombre, de quien solo recuerdo que tenía ojos verdes y un gran tatuaje en la espalda, me molió a golpes.

Salí derrotado y de los varios millones que se movieron aquella tarde solamente recibí 50 mil pesos. Esos sirven al menos para pagar el taxi. ¿Quién va a coger bus después de recibir tantos golpes?

Inicié en el mundo de las peleas ilegales gracias a un amigo, un deportista profesional que pertenece a una de las ligas del Distrito. Él conoce desde hace años mis habilidades con los puños, me convenció de asistir después de insistir durante muchos años.

Primero fui como espectador, bueno… más bien, fui como apostador, porque en el negocio no se puede ir solamente a mirar. Es más, es un entorno tan cerrado que los asistentes son pocos, no pasan de 100 personas por jornada. Las peleas como tal no son ilegales, lo que está al margen de la ley son las apuestas.

El mensaje que confirmaba la pelea de hoy llegó hace un par de días al teléfono celular de mi amigo. Las invitaciones para los encuentros las envían a través de mensaje ‘pin’ de Blackberry. No manejan WhatsApp ni mensajes de texto, la razón no la sé, pero un conocido, al que indirectamente le hice la pregunta, me dijo que la plataforma de Blackberry es muy  segura, tanto que es uno de los teléfonos más usados por los presidentes del mundo.

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‘Lucas’ trabaja como entrenador de un renombrado gimnasio en el norte de la ciudad. Lleva seis meses en el mundo de las peleas clandestinas.

El mensaje era escueto: “Encuentro en la calle tal # tal-tal. San José de Bavaria. Hora 10:00 am”. Tan pronto mi amigo recibió el mensaje me llamó y quedamos en vernos hoy a las 9:00, cerca a mi casa. Como siempre llegué unos minutos tarde. Un mal comienzo.

Llegamos al lugar con 15 minutos de antelación. Como en otras oportunidades se trataba de una bodega. Es un espacio muy grande. Los dos encuentros anteriores ocurrieron en direcciones diferentes, pero también en bodegas solitarias. El entorno es frío y gris.

He peleado en Fontibón, Suba, y en el centro, en una bodega gigante ubicada a pocas cuadras del Bronx. Mi amigo, quien ha asistido a más peleas, me ha contado que también se organizan eventos en Kennedy, Ciudad Bolívar y Usme.

No sé quiénes son los dueños de aquellos lugares. Tampoco sé quiénes organizan los encuentros. Solo sé que son personas con mucho dinero. Son personas que desarrollan esta actividad no por los ingresos que pueda generar, que no son pocos, sino, creo yo, por el gusto de ver a dos manes dándose en la jeta por unos cuantos billetes, los cuales, si se gana, se ganan en menos de 10 minutos.

No es un mundo muy peligroso. No es un mundo rodeado o manejado por delincuentes, pero es un entorno muy cerrado y los que están adentro son demasiado celosos. Por eso es que muy pocas personas saben que las peleas clandestinas existen y aquellos que lo saben no se lo cuentan a casi nadie. Los apostadores de las peleas hacen parte de una pequeña élite.

Cuando llegamos al sitio había, como en las anteriores oportunidades, gente de seguridad vestida de civil. Esas personas tienen el trabajo de observar y avisar quiénes llegan o si observan movimientos sospechosos. Mi amigo golpeó la puerta, abrieron, lo reconocieron y nos dejaron entrar no sin antes requisarnos.

Adentro había unos seis tipos, todos peleadores. Los demás fueron llegando después. Terminamos siendo diez. La bodega era amplia, al fondo se veían unos vehículos, tal vez de los ‘duros’. Después de hablar con uno de los organizadores nos ubicamos en un pequeño cuarto donde nos podíamos cambiar y dejar nuestras cosas. Yo no llevaba mucho, allá son muy celosos con objetos como celulares o cámaras. Están prohibidos. Un celular o una cámara pueden ser retenidos y su propietario retirado del sitio.

La mayoría de mis posibles rivales son gente experimentada. Se les nota en la actitud. Algunos se hablaban con otros. Unos miraban mal a todo el mundo, queriendo impresionar, asustar y generar tensión en el ambiente.

A los peleadores nos llamaron aparte. A cada uno nos entregaron un número escrito con marcador en un pedazo de cartón blanco. A mí me tocó el número seis, a mi amigo el siete. Minutos después publicaron una lista donde mi número quedaba frente al nueve. Hoy se pactaron cinco peleas.

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En varias localidades de Bogotá se realizan las peleas ilegales. Kennedy, Suba, Usme, Ciudad Bolívar, y a pocos metros de la calle del Bronx, en el centro de la ciudad, se ubican las bodegas donde se llevan a cabo los encuentros.

Con disimulo volteé a mirar entre mis rivales, el hombre de quien colgaba el número nueve era un pelao blanco, flaco, tal vez menor que yo. Sentí un ‘fresquito’. No me tocó el ‘macancán’ que tenía el número dos. La pelea entre el seis y el nueve estaba programada en la lista como la tercera de la jornada. Mi amigo peleaba después de mí.

Los apostadores llegaron media hora después. Ellos, los del billete, estaban citados a las 11:00 de la mañana. Según me contaron, las peleas se hacen en la mañana o en la tarde para evitar a la policía o a los vecinos del sector.

La mayoría de los espectadores se conocen entre sí. Hablan duro, se ríen y hacen negocios. A cada jornada llegan, en promedio, unas 70 personas. Casi todos hombres, las mujeres tal vez son un 20 por ciento. Gran parte de ellos tiene pinta de empresarios y comerciantes -de esos gordos, con carriel que visten camisas a cuadros manga corta-, es gente que se les ve la plata por encima.

Quince minutos después de la hora citada se cierra la puerta y nadie más puede ingresar.

Los peleadores nos paramos frente a los apostadores en una fila como la que hacen los delincuentes que deben ser identificados.

La mayoría estamos en pantalón de sudadera, sin camiseta y obviamente descalzos. Los asistentes, teniendo conocimiento de qué números se enfrentarán, nos miran, nos analizan. Es un momento en el que parecemos esclavos que van a ser vendidos al mejor postor. Esa observación dura aproximadamente cinco minutos.

Mientras calentamos, nos miramos mal e intentamos intimidar a nuestro rival, los asistentes empiezan a apostar. Hoy instalaron una pequeña taquilla en la que a cada quien le entregaron un tiquete rosado en el que estaban escritos el número de la pelea y el valor jugado. La apuesta mínima para mi encuentro fue de 50 mil pesos. La mínima para el combate de fondo fue de 150 mil, peleaban dos tipos que eran muy conocidos tanto por los organizadores como por los espectadores.

La totalidad de las personas en la bodega no apuestan en todas las peleas, en promedio le juegan a tres de cinco. Aunque no tengo muy claro el tema de porcentajes, sé que el peleador solamente tiene que combatir y ganar para recibir su parte.

Creo que tanto el peleador como los organizadores se llevan, cada uno, un 10 por ciento. El 80 por ciento restante lo dividen equitativamente entre cada apostador. A uno no le explican nada de cifras, uno solo sale, pelea, gana y recibe lo suyo.

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‘Lucas’ ha pelado ilegalmente en tres oportunidades. Ha vencido a su rival una sola vez y ese día se ganó 170 mil pesos en menos de cinco minutos.

Si en una pelea apostaron 40 personas y cada uno jugó 50 mil pesos, se recogieron 2 millones. Al peleador le tocarían 200 mil y a la casa otros 200 mil. El millón seiscientos restante se divide, dependiendo de lo apostado, entre los ganadores. Ejemplo: 10 ganaron y perdieron 30. A esos 10 les toca 130 mil.

En las peleas clandestinas no hay cuadrilátero. No hay demarcaciones. En medio de aquella gran bodega los espectadores hacen un cuadrado, más o menos de 8 a 10 metros, dentro de ese cuadrado se combate.

Uno de los hombres que trabajan para los organizadores anuncia, sin gritar pero con voz alta, la primera pelea. La de hoy empezó sobre las 11:30. El sector de la bodega donde se hizo el encuentro está iluminado con una luz suave, se podría decir que se pelea a media luz. Los encuentros de hoy están pactados a tres rounds de un minuto y medio. Hay otras peleas que se pactan a cinco rounds de tres minutos.

Mientras que los peleadores que se enfrentaron en el primer encuentro caminaban hacia el improvisado ring yo seguía mirando al tipo flaco con el que me tocó pelear. Pensaba, al verlo, que mi pelea sería fácil.

Aunque sentía nervios y ansiedad, estaba tranquilo y seguro de mí, de mis habilidades y capacidades. Confiaba en que las horas que dedico a entrenar me hacían más fuerte que mi rival, a quien se le veía poca masa muscular y poca tonificación. Nadie, a parte de mi amigo, sabía que yo era entrenador profesional, si lo supieran no me hubieran dejado pelear, son solo encuentros para gente del común, tal vez que vayan al gimnasio, pero no más. No aceptan peleadores profesionales u hombres que desarrollen el cuerpo o la fuerza como medio de trabajo.

Mientras pensaba en mi pelea y en el dinero, a pocos metros de mí dos hombres se estaban batiendo a puños y patadas. Aunque los apostadores hacían ruido alentando a sus luchadores, los golpes contra el rostro y el tórax se escuchaban con nitidez. La primera pelea duró dos round. El perdedor salió con la nariz y la boca rotas. Al caminar lo hacía con dificultad y agarrándose con las manos el costado derecho de su tronco. El ganador lo derribó dos veces y el perdedor no pudo seguir. La siguiente pelea no la vi, pero hubo un ganador y un perdedor. Seguía yo contra el flaquito aquel.

Los espectadores no toman licor dentro de la bodega. Algunos, muy pocos, se beben una gaseosa para matar el tiempo o lo hacen fumándose un cigarrillo. Tampoco hay drogas. La jornada, en la que se mueven más o menos unos 15 o 20 millones de pesos, no dura más de dos horas.

El anunciador se acercó al grupo de peleadores donde yo esperaba mi turno. Mientras se disputaba la segunda pelea calenté los músculos: salté, hice cunclillas, lancé golpes al aire. El flaco del número nueve hacía algo similar: se movía de un lado para otro y de vez en cuando, al igual que yo, me lanzaba miradas con el rabo del ojo para ver en qué andaba.

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‘Lucas’ tiene 25 años y un trabajo estable con un buen salario. Aceptó entrar al mundo de las peleas ilegales por curiosidad, para botar un poco de adrenalina y salir del estrés que genera vivir en una ciudad como Bogotá.

Cinco minutos después de acabar la segunda pelea, mi rival y yo estábamos parados en medio de los apostadores. Por las voces de aliento sentí que varios de ellos iban por mí. Si yo hubiese sido algunos de ellos, al ver la diferencia de cuerpos, también hubiera dado dinero por mí.

Aquí no hay reglas. Solamente no se aceptan los golpes bajos. Se pelea como los hombres: a puño y pata. Si se quiere se pueden utilizar unos guantes de medio dedo muy delgados, parecidos a los que se usan en las peleas de artes marciales mixtas, pero un poquito más delgados, o, como pelea la gran mayoría, a mano limpia.

Estas peleas las hacen, en promedio, una vez al mes. Tal vez haya otros organizadores, no lo sé. En la primera riña me gané 170 mil pesos. Mi amigo ha llegado a ganarse hasta 560 mil. Espero sea un buena jornada para mí.

El flaco y yo estábamos parados frente a frente. Los nervios aún se sentían. Aunque tenía a la gente a mi lado gritando, hablando, haciéndole barra a él o a mí, no escuchaba mucho, mi sentido del oído se cerró porque intenté concentrarme y agudizar mis reflejos para golpear y esquivar el ataque que se me venía encima.

Un hombre vestido de bluejean y camisa y que hacía de juez, nos hizo chocar los puños en el centro del cuadrado humano. Con una gran agilidad el flaco saltó hacia atrás para cuadrarse mejor.  Yo hice lo mismo. El primero que se acercó a su rival fui yo. Recuerdo que lancé con fuerza un derechazo seguido de un zurdazo. Los dos fueron esquivados por el número nueve y luego sentí los nudillos de su mano derecha en mi rostro seguida de un golpe, creo que con la zurda, en mis costillas. Ese primer round duró un minuto y medio. El flaco salió más ágil que yo. Tal vez yo tenía más fuerza pero él usó mejor la suya. Ese primer asalto de lejos lo ganó el flaco. Me pegó muchas más veces que yo a él.

Algunos decían cosas en mi contra y otros me decían que me recuperara, que habían apostado por mí, eso me dio moral. Treinta segundos después de haber terminado el primero round  estábamos chocando de nuevo los puños. Antes de terminarse el segundo asalto yo estaba en el suelo recibiendo dos patadas en el estómago. El juez paró la pelea y entre todos dijo que el ganador había sido el número nueve. Menos mal no aposté por mí.

Mientras me recuperaba de la paliza mi amigo sacaba la cara. Antes de terminar su primer round había molido a golpes a su contrincante. Sobre las 2:00 de la tarde estábamos fuera de la bodega. Él llevaba en el bolsillo 260 mil pesos y una victoria más para su récord. Yo, por el contrario, llevaba 50 mil pesos que me dieron como consolación, el orgullo herido, un dolor intenso en el costillar derecho y un ojo totalmente cerrado acompañado de un hematoma en el párpado inferior.

Mientras contaba esta historia pensaba en si volver o no. Llevo dos derrotas en serie. Sé que al ver mi cara en el espejo pensaré que tal vez sea mejor desestresarme con las pesas de mi gimnasio.

*Nombre cambiado a petición de la fuente.

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