Pedimos la palabra

7 de agosto del 2012

Con este slogan se produce una reunión en Medellín con el propósito de unir las voces de los ‘intelectuales’  en una declaración a favor de lo que en algún momento se llamó ‘el desarme de los espíritus’; se trata en principio de hacer caer en cuenta que las polarizaciones por las que está pasando el país desbordaron los límites de lo racional, perjudicando no solo las relaciones entre las personas sino el funcionamiento mismo del Estado. El nivel de agresividad y la vehemencia con la que se descalifica al contradictor muestran que hemos llegado a una especie de guerra civil fría en la que el ánimo de atacar al rival prevalece por encima del interés de dar solución a los problemas.

Por supuesto prácticamente todos —no solo los académicos, los ‘formadores de opinión’, etc— somos conscientes de esta situación, y la gran mayoría —si no la totalidad— de los participantes —presentes o a distancia— aspiramos que con este pronunciamiento se incida en alguna forma en el comportamiento ya no solo de los actores en confrontación sino en quienes toman una u otra posición.

Infortunadamente la raíz del mal es muy profunda.

La diversidad de opiniones es natural y deseable; el problema es la forma en que se maneja y expresa.

Alberto Lleras decía  en uno de sus pensamientos más lúcidos que en un país mal informado no existe opinión sino pasiones.  Y mejor prueba de ello que lo que vive Colombia es difícil de encontrar.

Los medios de comunicación —y los ‘comunicadores’— han descubierto que el mover las emociones produce más sintonía y más rating que la información misma.

Por eso ha prosperado tanto la idea de que todo mal que pasa al país nace de la perversión de alguien; corrupción, cuando se atribuye a un funcionario público; terrorista cuando se trata de la guerrilla; falta de ética o de moral cuando no se puede cuestionar por otras vías.

Respecto a la reunión de ‘pedimos la palabra’ presiento, por las comunicaciones que se han intercambiado, que tiende a caer en la misma línea: al plantear como tema la necesidad de atacar la corrupción y al orientarla hacia la defensa de una ética se está descalificando solo a las personas, cuando lo que sucede es que éstas se comportan dentro de lo que en el fondo son las reglas del juego que emanan de los modelos e instituciones que nos rigen.

El desarrollo del modelo capitalista —o sea, la versión neoliberal— gira alrededor de desaparecer toda motivación diferente del ánimo de lucro y todo escenario diferente del Mercado. Conceptos como el de ‘ética’ o el de ‘solidaridad’ son no solo ajenos sino obstáculos para el buen funcionamiento del modelo.

El interés público o el interés general no es una de sus variables ni existe para él. Su objetivo no es un orden social armónico y organizado; por el contrario, la competencia y la depuración son su fundamento, con lo cual se da una versión moderna de ‘el lobo es un lobo para el hombre’.

El poder bajo este modelo no tiene ni obligaciones ni controles: es la única medida del valor de una persona, luego lo natural es buscar ese poder por cualquier medio y hasta donde se pueda.

Y en política aunque mucho es atribuible al engendro del Frente Nacional (que excluyó la. confrontación ideológica y programática de esa actividad) las leyes del mercado también se impusieron en el campo electoral, derivando en el sistema de compra de votos y de clientelismo que tanto se cuestiona.

Tanto los incentivos como los medios son más que un caldo de cultivo para lo que se pretende corregir.

Por supuesto que debemos tratar de cambiar la cultura del ‘vivo’ por la del ‘buen ciudadano’; y por supuesto que se debe comenzar por perseguir y castigar a quienes han violado las normas escritas, así sea motivados por esas otras reglas generadas por los modelos.

Pero no es bajando la fiebre que se cura la enfermedad. El cuento de las ‘sanciones ejemplarizantes’ no solo tiene algo de injusto, sino sobre todo de ineficiente: con los modelos vigentes y las reglas que subyacen, lo único que puede pasar es que los que vienen sean más aptos o más hábiles para no dejarse atrapar; la continuidad de lo mismo en forma más sofisticada.

Por eso el problema no basta estudiarlo en cuanto al comportamiento de los ciudadanos: donde debemos buscar cambios no es tanto en la personalidad o el carácter de nuestra dirigencia sino en los modelos que crean los escenarios que la condicionan.

Si es evidente que un país no prospera por la riqueza que tiene sino por las políticas que sigue, con igual o mayor razón debe ser claro que si Colombia está pasando por este mal momento no es porque la naturaleza hizo a unos colombianos perversos sino porque hemos tomado caminos equivocados.