El futbolista más sinvergüenza de la historia

25 de febrero del 2015

Prefirió la droga y el sexo que los goles y la gloria.

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Sexo, drogas y excesos son palabras que se utilizan para describir la descontrolada vida de ciertas estrellas del rock. Sin embargo, en esta oportunidad, esas mismas palabras sirven para hablar de la vida de uno de los futbolistas ingleses más talentosos de todos los tiempos. Esta es la historia de Robin Friday, el jugador más sinvergüenza de la historia del fútbol. Lea también: El fútbol los sacó de las calles

Friday forjó su talento y temperamento en Acton, un barrio humilde y racista de Londres, donde nació el 27 de julio de 1952. Allí, entre drogas, peleas y rock aprendió a llevar su vida al límite.  También le puede interesar: Estos deportistas lo tuvieron todo y ahora viven en bancarrota

Su padre, consciente de los peligros que representaba crecer en ese perturbado barrio, rodeado de prostitutas, ladrones y drogadictos, quiso mostrarle otro mundo.  Por eso cuando Friday cumplió trece años, con un dinero que logró ahorrar con dificultad, lo inscribió para que se presentara en pruebas para el Chelsea, hoy uno de los grandes equipos del mundo, pero por ese entonces solo un pequeño equipo de Inglaterra. También lea: Los deportistas adictos al sexo

El pequeño Robin, un atleta innato, pasó las pruebas sin mucha dificultad. Sin embargo, en el equipo azul no duró mucho. Su actitud no era la que requería un equipo de fútbol profesional. Era indisciplinado, irreverente, díscolo y -como si fuera poco-, con la excusa de la inmadurez adolescente, le abrió la puerta a la droga.

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A Robin el corazón le empezó a latir con fuerza, se le subía la adrenalina con facilidad, hablaba horas y horas sin parar, aumentaba la temperatura del cuerpo y parecía tener una energía inagotable. Muchos pensaron que todo esto era producto del fútbol, de su amor por el deporte. Sin embargo, había algo más; eran los efectos del ‘speed’,  un polvo blanco que se consume esnifándolo por la nariz. Esa fue la droga favorita de los hippies durante décadas de los 70, quienes la llamaron “speed killer” (asesino veloz).

Para cuando cumplió 15 años la droga era su prioridad. El fútbol le gustaba, pero no más que el ‘speed’.  Abandonó la escuela, y para poder consumir, empezó a robar. A los 16 años, una sentencia judicial lo mandó directo a un reformatorio y fue allí en donde de nuevo el fútbol se atravesó en su camino.

Con el equipo que integró tras las rejas lo ganó todo y dejó ver su calidad. Potencia, habilidad, clase, rapidez y gol, fueron algunas de las características que dejó ver en prisión.

A su salida de la cárcel aceptó la invitación que le hizo Hayes, un equipo de fútbol aficionado. Esta sería entonces otra oportunidad que le daría la vida para huir de las drogas y refugiarse en el deporte; pero no la aprovechó, quizá no le importaba.

Antes que aceptar jugar en cualquier lado se casó con Maxine, una mujer negra. No se sabe si en realidad la amaba o lo hacía solo por retar a la sociedad racista de la época. A la boda ni siquiera asistió su padre. Robin solo tenía 17 años.

Con Hayes no solo demostró su calidad con el balón, también su temperamento. A pesar de ser un jugador de gran talento, no le daba vergüenza dar patadas, codazos o puños; era la forma como vivía el fútbol.

No era extraño que fallara a los entrenamientos o llegara tarde oliendo a alcohol y bajo el efecto de las drogas. Aún así, según narra el periodista y escritor Paolo Hewitt en el libro ‘The greatest footballer you never saw’, jugaba mejor que cualquiera, hacía goles y era la figura.

Esa situación no le incomodaba a sus entrenadores y mucho menos a él, quien con la sinvergüencería a flor de piel, ideó su propio juego: si hay goles, no hay reclamos.

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Según narra el portal especializado libretadigital.com, “en un partido, el Hayes comienza con diez jugadores. Nadie sabe dónde está Friday; se le ha perdido la pista desde el vestuario. Minutos después aparece en el bar del campo, y con diez minutos de partido ya disputados decide entrar a jugar. Su equipo ganará 1-0. Él será el autor del único tanto”.

Por 750 libras esterlinas el Reading, un equipo más grande que el Hayes,  adquirió sus derechos deportivos.

Charlie Hurley, entrenador de ese conjunto, dijo luego de que Robin le anotara dos goles: “quiero a este tal Friday”. No sabía el problema que se estaba llevando a casa.

Sin demora, Robin se ganó la titularidad. Pero con la misma velocidad consiguió problemas con sus propios compañeros de equipo, los cuales se burlaban por su aspecto. Robin se negaba a usar corbata, andaba siempre desaliñado, borracho, drogado y con botas sucias.

Pero cuando se ponía los guayos y saltaba al campo de juego era otro. Era la magia hecha realidad, aunque conservara sus malos modales. Le gustaba burlarse del rival, pisotearlo, humillarlo y demostrar su superioridad. En este sentido era poco humilde.

En 1976, Clive Thomas,  un árbitro de primera categoría que arbitró partidos en Copas del Mundo y Eurocopas, fue designado para pitar un partido de cuarta división entre el Reading y el Tranmere.

Ese día Robin anotó un gol de fantasía. Desde fuera del área y de chilena convirtió un tanto que parecía imposible; un misil que entró por la escuadra derecha del portero.

Según el sitio web JotDow.es, “Thomas, un árbitro con fama de duro e imperturbable, se llevó las manos a la cabeza. No podía dar crédito. Se puso a aplaudir. Un hombre que ha visto jugar en vivo a Cruyff o Pelé quedó conmocionado con la calidad de un toxicómano descalichado de cuarta división. Tanto fue así que al finalizar el partido fue a hablar con Robin personalmente y le dijo que era el mejor gol que había visto en su vida, a lo que el otro contestó: “¿De veras? Deberías venir por aquí más a menudo. Lo hago todas las semanas”.

La canción que le dedicaron al Robin Friday

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Así, borracho, irreverente, díscolo y sin vergüenza, llevó a su equipo al ascenso en la tercera división. Y aunque las directivas querían sacarlo como fuera, los hinchas lo protegían. Le perdonaban todo, y pese a su indisciplina, lo respaldaban y convirtieron en ídolo.

Aún por estos días cuando hay partidos en el Madejski Stadium, se ven a hinchas con camisetas con el dorsal número 9 y con el nombre de Robin.  Fue así como incluso se ganó un aumento de sueldo.

Con el dinero del nuevo contrato organizó su segunda boda.  En Inglaterra aún recuerdan ese evento como algo irreal, pues no parecía una boda sino los preámbulos de un festival de rock. Había droga por montones.

Friday lucía traje de terciopelo marrón y unas botas de piel de serpiente, y quizá para calmar los nervios de lo que significaba casarse por segunda vez, a las puertas de la iglesia, se fumó un porro gigante de marihuana y lo hizo sin esconderse de nadie, a la vista de todos.

El periodista David Navarro, en un texto publicado en JotDown.es, señala que  “A la salida (de la iglesia), Robin empezó a distribuir porros a todos los presentes, desde los críos hasta las viejecitas, y a la hora de comer todo el mundo iba tan trabado que eso ya no parecía en modo alguno una boda: las ancianas se levantaban las faldas y se las embutían dentro de las bragas mientras daban saltos por doquier, estallaron las peleas entre los invitados e incluso hubo quien robó los regalos de boda, en un dantesco festival psicotrópico”.

Con patadas, drogas y goles continuó la agitada carrera de Robin, pero no por mucho tiempo pues los excesos pasaron factura. Con el correr de los años la magia se fue perdiendo, la rapidez se esfumó y los goles se extraviaron.

El 30 de octubre de 1977, con apenas 25 años, Robin jugó su último partido. Ese día fue expulsado luego de pegarle una patada en la cara a un defensa rival. El joven nacido en Acton ya había perdido los estribos.

Desde allí empezó un camino de auto destrucción. El ‘speed’ o la marihuana ya no le hacían nada, entonces decidió inyectarse heroína. Pasaron más de diez años en los que Robin se hundía más y más en su propia miseria, hasta que el inevitable final llegó en la Navidad de 1990, cuando lo encontraron muerto por sobredosis.

En YouTube hay pocos videos con sus mejores jugadas. En Inglaterra no existen imágenes suyas en videotecas en blanco y negro. Como dice el libro de Hewitt y Guigsy, Robin Friday es el mejor jugador que nunca vimos.

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