Peláez, Perea, Mejía, la radio y la muerte de Andrés Escobar

2 de junio del 2014

“Pervive esa impronta cultural caracterizada por comportamientos extremos: el triunfo y la frustración.”

Hernán Peláez se retiró de los estadios conmovido y apesadumbrado por el asesinato del futbolista Andrés Escobar, tras la caída de Colombia en el Mundial de Fútbol del 94, celebrado en Estados Unidos. Con un autogol del “Calidoso”, llamado así por su juego limpio y elegante, se desinfló definitivamente la esperanza de convertirnos en campeones del mundo, porque llegó a pensarse en esa posibilidad.

La selección, derrotada, había regresado a Colombia, pero narradores y comentaristas seguían en Estados Unidos, algunos recriminando, acusando y vituperando tanto a los técnicos, Francisco Maturana y Hernán “el Bolillo” Gómez, como al antes elogiado Escobar, ahora derrumbado por la carga de la responsabilidad del error.

Peláez encontró inadmisible, absurdo, el hecho, cuando recibió de madrugada la noticia que le suministró la periodista Sonia Rodríguez, lo recuerda en un libro que publicamos con Grijalbo.

-“Yo había conversado con él en la gira previa, un muchacho correctísimo, el más sano, juicioso, dedicado. No salíamos del asombro”.

Muchos oyentes señalaron a Caracol (que tenía derechos exclusivos en la  transmisión para Colombia) de haber caldeado los ánimos por las duras críticas lanzadas contra la Selección. El ambiente estaba muy enrarecido.

“Matar a un jugador porque cometió un autogol, me parece lo último”, le dijo Peláez a sus compañeros y anunció su retiro de los estadios:

-“Es imposible seguir con ese cuento”.

La decisión incomodó al “Campeón”, Edgar Perea, el narrador y compañero de formula de Peláez, quien consideró que lo estaban dejando solo en las explicaciones que debían entregarse al país.

-Quizá Perea interpretó mal las cosas” -explica Hernán- como si lo hubiera abandonado, pero la decisión era más de fondo: No es posible ir a los estadios cuando la vida no vale. Edgar me lanzó muchas puyas que yo nunca contesté. No tenía porqué hacerlo. Le informé a la empresa de mi decisión.

-“La muerte de ese muchacho me causó un trauma interno. La posibilidad de que atentaran contra nosotros también era posible.

Y lo comentamos: -“Si algo nos pasa, tengan la seguridad de que Caracol nos guarda un minuto de silencio, que son dos cuñas de 30 segundos”.

Colombia había clasificado por segunda vez consecutiva. Era uno de los 24 equipos participantes en la Copa Mundial de Fútbol de 1994, en Estados Unidos.

Las crónicas de la época recuerdan que en el primer partido, Colombia cayó goleada 1-3 a manos de Rumania, con un espectacular gol de Gheorghe Hagi colgando al guardameta Óscar Córdoba. También perdimos 1-2 con Estados Unidos, el famoso partido del autogol de Andrés Escobar. Sólo le ganamos a Suiza, 2-0.

Hasta el gran Pelé había declarado que Colombia era su favorita para ganar el campeonato, tras el 5-0 contra Argentina en la fase clasificatoria.

Colombia, que había llegado con un amplio favoritismo por la prensa local e incluso por Pelé, luego del 5:0 sobre Argentina en la fase clasificatoria, se iba eliminada en las primeras de cambio.

Teníamos una selección de lujo: Oscar Córdoba, Andrés Escobar, Alexis Mendoza, Luis Fernando Herrea, Hermán Gaviria, Gabriel Jaime Gómez, Antony de Ávila, Harold Lozano, Iván René Valenciano, Carlos Valderrama, Adolfo Valencia, Faryd Mondragón, Néstor Ortiz, Leonel Álvarez, Luis Carlos Perea, Víctor Hugo Aristizabal, Mauricio Serna, Oscar Fernando Cortés, Fredy Rincón, Wilson Pérez, Faustino Asprilla, José María Pazo. El técnico, como está dicho, Francisco Maturana.

Peláez recuerda un testimonio de Maturana, pidiendo a los jugadores “cuidarse” en su regreso a Colombia (porque el Mundial siguió). Les dijo repetidamente: no salgan, no se muestren, habrá críticas, los van a señalar, habrá reclamos, aislense un poco, adopten bajo perfil.

“Escobar había hecho un autogol, es cierto, pero eso no daba motivo para la acción que tomaron”, reflexiona Hernán, quien ahora prefiere ver el fútbol por televisión.

Lo de Andrés Escobar, fue realmente algo lamentable, evoca Edgar Perea.

-“Yo estoy narrando. Sucede la jugada, que le podría pasar a cualquier futbolista del mundo. Andresito trató de evitar que la bola pasara al otro costado, estiró su pierna, con la mala suerte de que el balón pegó en la pierna y entró. Fue autogol, perdió Colombia ese partido.

Me culparon de haber dicho que Andresito había tenido la culpa de la derrota. Por supuesto esto causó en Medellín un efecto adverso y mucha gente comenzó a mirarme como el responsable de la muerte de Escobar, que sucedió después del autogol.

Los comentarios de Hernán no me favorecieron para nada, aunque no haya tratado de perjudicarme. Tuve que viajar hasta Medellín a dar explicaciones. Llegamos a Bogotá y nos separamos con Peláez. Así terminamos en ese momento, pero después seguimos encontrándonos en los siguientes campeonatos mundiales y en la Copa América.

Creo que la relación con Peláez se dañó por un tiempo, dice hoy Perea. “Siempre queda la dolencia, siempre queda el resentimiento, pero teníamos que seguir trabajando juntos y nos veíamos en “La Polémica”. El problemita interno ha sido borrado por el tiempo. A Hernán lo aprecio y estimo como amigo y como uno de los mejores profesionales de la radio deportiva de este país”.

El periodista y profesor universitario Gonzalo Medina Pérez, publicó un libro sobre su amigo de colegio: “Andrés Escobar, la sonrisa que partió de madrugada”, un relato exacto de los hechos, aunque utiliza algunos remoquetes para referirse a locutores de la época:

“Entre quienes sobresalían con sus vituperios contra la selección, aprovechando el autogol, estaban Rito Coleo y Marquitos Ríos. El primero era uno de los principales narradores deportivos, hombre de físico exuberante, quien alternaba la locución con el comentario. Por su parte, Ríos, de abdomen generoso, quien comenzó su carrera profesional haciendo entrevistas en los vestuarios de los equipos, pasó luego al campo de la opinión en radio y en prensa y se mostraba como un crítico acerbo de Maturana y su proceso.

Caracterizado por su verbo de tono subido y recurriendo con más facilidad al adjetivo que al argumento, este comentarista calificaba de “rosquero” al técnico, refiriéndose a su preferencia por jugadores del departamento de Antioquia, entre los cuales “el Calidoso” tenía que incluirse, aunque sin haber sido una de las fijaciones del susodicho Marquitos”.

Medina Pérez recuerda que Andrés murió acribillado a manos de un oscuro escolta de dos hermanos -igual de oscuros- llamados Pedro y Juan Santiago Gallón Henao. Escobar tuvo la infortuna de empujar con su propio pie la pelota hacia el arco de Óscar Córdoba, durante el partido con Estados Unidos, el anfitrión del mundial 1994.

“Hubo un común denominador en las transmisiones, crónicas y comentarios de la campaña preparatoria de la selección. Cuando Colombia se enfrentó al Palmeiras de Brasil y lo derrotó en forma holgada, tengo presente la voz vibrante al extremo, casi que descompuesta, de un comentarista que no dudó en calificar de extragaláctico el fútbol practicado por Asprilla, Rincón, Valderrama y demás integrantes de esta legión.

Cuando la selección se preparaba para el Mundial de Estados Unidos, medios y periodistas le rendían culto al éxito, a ese estado que parece refractario a la desgracia. Pero cuando esa misma selección es eliminada de dicho torneo, con autogol incluido desde el botín de un aguafiestas llamado Andrés Escobar Saldarriaga, dichos medios y periodistas se apropiaron de otro vocablo: el fracaso.

En medio de la andanada de señalamientos, de llamados a juicios de responsabilidades, hablando de incapacidad en técnicos y futbolistas para afrontar el compromiso de representar los colores nacionales, se produce el asesinato del “Calidoso” Andrés Escobar Saldarriaga. A una desgracia nacional, como fue la eliminación del Mundial USA 94, se añadía una peor: la absurda pérdida de una vida joven e ingenua que, como en Romeo y Julieta, se convirtió en juguete del destino.

El mismo dos de julio, se concentraron no menos de 120 mil personas en el Coliseo Iván de Bedout, en la Unidad Deportiva Atanasio Girardot, para dar su adiós definitivo a Andrés. En una de las paredes de la edificación, los presentes pudimos leer una pancarta escrita por una mano torpe pero animada por la indignación: Señores Édgar Perea e Iván Mejía, aquí está el resultado de su labor periodística.

Pero más allá de los nombres circunstanciales, pervive en nuestra historia esa impronta cultural caracterizada por los comportamientos extremos: de una parte, aquellos que nos empujan al éxtasis cuando irrumpe el triunfo al que nos aferramos con sentimiento de esperanza y de realización como país; y al otro lado, subyace el espíritu de rabia y venganza desmedida cuando es la frustración la que se apodera del sentir nacional.

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