Novak Djokovic cuenta cómo hizo para lograr el cuerpo que tiene

Novak Djokovic cuenta cómo hizo para lograr el cuerpo que tiene

12 de julio del 2014

Novak Djokovic no puede procesar el gluten. Cuando un médico le hizo ese diagnóstico el tenista comenzó una estricta dieta que no sólo lo ayudó a ser un gran deportista sino que repercutió en el cuerpo que con cierta soberbia a veces exhibe en las canchas.

En el libro ‘El secreto de un ganador’ Novak Djokovic cuenta cómo hizo para superar sus problemas con la dieta y cómo superó su difícil infancia en medio de la guerra en Serbia.

Lea también: El guasón que destronó a Nadal y Federer

KienyKe.com publica el primer capítulo del libro, que es un resumen de su difícil infancia en medio de la guerra. Esta es su ficha técnica:

Título: El secreto de un ganador
Autor: Novak Djokovic
Sello: Ediciones Urano
Colección: Nutrición y Dietética
224 páginas
ISBN: 978-84-7953-866-8

Libro Djokovic

Reveses y refugios antiaéreos

No todos los campeones de tenis se forjan en los clubes de campo de los ricos.

Una fuerte explosión hizo temblar mi cama, y el sonido de cristales rotos parecía llegar de todas partes. Abrí los ojos, pero eso no sirvió para cambiar mi perspectiva. El apartamento entero estaba envuelto en una espesa negrura.

Se produjo otra explosión, y luego, como si ellas también se hubieran despertado violentamente, oí el ulular de las sirenas y la ruidosa noche oscura se volvió ensordecedora con sus gritos.

Era como si estuviéramos viviendo dentro de una bola de nieve y alguien la hubiera agujereado de un pisotón.

—¡Nole! ¡Nole! —gritó mi padre llamándome por el apodo por el que mi familia me conocía desde la infancia—. ¡Tus hermanos!

—Mi madre se levantó de la cama de un salto al oír la explosión, resbaló, cayó de espaldas y se dio un golpe en la cabeza con el radiador. Mi padre trataba de sostenerla mientras recobraba la conciencia. Pero ¿dónde estaban mis hermanos?

Marko tenía ocho años. Djordje tenía cuatro. Yo tenía once y era el mayor de los tres hijos, así que me sentía responsable de su seguridad desde que las fuerzas de la OTAN empezaron a bombardear mi ciudad natal de Belgrado.

El bombardeo llegó por sorpresa. Durante mi niñez, Serbia seguía estando gobernada por una dictadura comunista, y la población en general recibía muy poca información sobre lo que estaba pasando. Circulaban rumores de que la OTAN podía atacar, pero nadie lo sabía a ciencia cierta. Aunque el gobierno se preparó para un bombardeo, nosotros no sabíamos nada.

Aun así, se habían difundido rumores y, al igual que la mayoría de familias en Belgrado, teníamos un plan. A 300 metros de distancia, la familia de mi tía vivía en un edificio con un refugio antiaéreo. Si podíamos llegar hasta allí, estaríamos a salvo.

Oímos otro chirrido ensordecedor que sobrevolaba la zona, y una nueva explosión hizo tambalear nuestro edificio. Mi madre había recuperado la conciencia, y bajamos las escaleras a tientas hasta salir a las negras calles de Belgrado. La más completa oscuridad se cernía sobre la ciudad, y con el fuerte aullido de las sirenas antiaéreas, apenas podíamos ver ni oír. Mis padres avanzaban rápidamente con mis hermanos a cuestas, y yo les seguía hasta que no pude. Tropecé con algo y me caí.

Caí de bruces sobre la acera, y me hice rasguños en las manos y las rodillas. Mientras yacía sobre el frío cemento, de repente me sentí solo.

—¡Mamá, papá! —grité, pero no podían oírme. Vi cómo el contorno de sus cuerpos empequeñecía y se difuminaban hasta desaparecer en plena noche.

Y luego ocurrió. Oí un ruido a mis espaldas que parecía partir el cielo en dos, era como si una enorme máquina quitanieves estuviera partiendo el hielo de las nubes. Seguía tumbado en el suelo, me di media vuelta y me fijé en nuestra casa.

Por encima del tejado de nuestro edificio se acercaba el triángulo gris de acero inoxidable de un bombardeo F-117.

Observé horrorizado cómo su enorme estómago de metal se abría justo por encima de mí y dejaba caer dos misiles guiados por láser. Su objetivo era mi familia, mis amigos, mi vecindario.

Todo lo que había conocido.

Nunca olvidaré lo que ocurrió después. Incluso hoy en día me asusto al oír un sonido fuerte.

Djokovic

Djokovic de visita en Colombia.

Un encuentro inusitado

Antes del bombardeo de la OTAN, mi infancia era mágica.

Todas las infancias tienen algo mágico, pero la mía parecía especialmente dichosa. Me sentí muy feliz el día en que vi a Pete Sampras ganar Wimbledon y decidí desde lo más hondo de mi corazón seguir su estela. Pero fui aún más afortunado cuando, ese mismo año, sucedió algo inesperado: el gobierno decidió construir una academia de tenis en la pequeña localidad turística montañosa de Kopaonik, justo al otro lado de la calle en la que mis padres regentaban la pizzería Red Bull.

Kopaonik era una localidad con pistas de esquí, y mi familia solía pasar los veranos allí para huir del calor sofocante de Belgrado.

Mi familia siempre ha sido muy deportista —mi padre llegó a ser un esquiador muy hábil— y nos encantaba el fútbol. Pero esa superficie verde resultaba del todo desconocida.

Tal como he comentado anteriormente, no conocía a nadie que jugara al tenis. Ninguno de mis conocidos había visto un partido de tenis en vivo. No era un deporte que los serbios siguieran.

Resultaba inaudito que fueran a construir pistas de tenis, y que además su emplazamiento fuera al otro lado de la calle donde pasaba mis veranos. Sin duda era obra de una potencia celestial.

Cuando empezaron las clases, yo me quedaba mirando con las manos sujetas a la valla metálica, observando a los alumnos jugar durante horas. Había algo en el ritmo y el orden de ese juego que me resultaba fascinante. Por último, después de varios días de verme merodear por la zona, una mujer se acercó a mí. Se llamaba Jelena Gencic, y era la entrenadora de la academia. Había sido jugadora de tenis profesional y en una ocasión había entrenado a Monica Seles.

—¿Sabes lo que es? ¿Te gustaría jugar? —me preguntó—.

Ven mañana y veremos si te gusta.

Al día siguiente, me presenté con una bolsa de tenis. En su interior había todo lo que un profesional del deporte necesitaba: raqueta, botella de agua, toalla, una camiseta extra, muñequeras y pelotas. Todo ello perfectamente doblado en el interior de la bolsa.

—¿Quién te preparó la bolsa? —preguntó Jelena.

Me pareció un insulto.

—Yo lo hice —le contesté, haciendo acopio de todo mi orgullo de un niño de seis años.

Al cabo de unos días, Jelena empezó a llamarme su «niño de oro». Se lo contó a mis padres. «Se trata del mayor talento que he visto desde Monica Seles.» Y convirtió mi crecimiento personal en su misión.

Cada día, después de la escuela, hacía caso omiso de los otros niños y sus juegos para volver corriendo a casa y practicar.

Cada día practicaba centenares de derechas, centenares de reveses, y centenares de saques, hasta que los movimientos básicos del tenis se convirtieron en algo tan natural para mí como el caminar. Mis padres nunca me forzaron; mi entrenadora nunca me regañó. Nadie tenía que obligarme a practicar cuando no quería. Siempre estaba dispuesto a practicar.

Pero Jelena no sólo me enseñó a jugar tenis. Se convirtió en una parte fundamental de mi familia en cuanto a mi formación intelectual. El mundo que nos rodeaba estaba cambiando, y el comunismo que conocimos desde pequeños se estaba viniendo abajo. Mis padres entendían que el futuro sería un lugar muy distinto, y que era importante que sus hijos se convirtieran en estudiantes del mundo. Jelena me animó a escuchar música clásica y a leer poesía —Pushkin era su autor predilecto— para calmar y enfocar mi mente. Mi familia insistió en que estudiara idiomas, así que aprendí inglés, alemán e italiano.

Las lecciones de tenis y las lecciones de la vida se fundían en una sola, y lo único que quería era estar en la pista con Jelena y aprender más de este deporte, de mí mismo y del mundo. Me mantuve centrado todo el tiempo en mi sueño.

Elegía distintas copas, cuencos o piezas de plástico como si fueran mi trofeo. Me colocaba delante del espejo y exclamaba:

«¡Nole es el campeón! ¡Nole es el número uno!»

No me faltaba ambición, y tampoco andaba escaso de oportunidades. Según Jelena, no carecía de talento. Era un afortunado.

Y luego estalló la guerra.