¿Cuánto cuesta ser reina del Carnaval de Barranquilla?

¿Cuánto cuesta ser reina del Carnaval de Barranquilla?

4 de marzo del 2011

En La Arenosa todo el mundo sabe quién es Rosanna Lignarolo (cabellos largos rubios, ojos verdes –pero preciosos‒, movimientos atigrados, labia fluida de costeña indómita). Rosanna fue modelo reconocida en su adolescencia y luego diseñadora de modas y bailarina, pero el próximo jueves 3 de marzo estará en el ojo de Barranquilla cuando sus coreografías envuelvan a la soberana de los famosos carnavales que han dado gloria a su tierra. Un total de quinientos bailarines mariposearán junto a la reina Marcela Dávila Márquez presentando cinco momentos cumbres de esta fiesta: “Orígenes de la música de carnavales, inicios de la mamadera de gallo -que es como podríamos llamar la comparsa de las marimondas-, los encuentros en las verbenas, y el glamur y la sofisticación en el Country Club, para rematar con lo que se escucha actualmente en las barriadas: los picós, la champeta y, el ritmo de moda, el danzal, una amalgama entre el regetón y la champeta”. Todo esto lo cuenta ella misma, la Lignarolo, moviendo con ademanes felinos sus manos entre sonrisas. “Como remate final, para que no quede dudas de que estamos de carnaval, se presentarán más de mil músicos en tarima, entre ellos trescientos gaiteros”.

Este despliegue de parafernalia y color acompañará el debut triunfal de su Alteza Real, Marcela Primera, quien saldrá a escena con un vestido del que por ahora sólo se sabe que fue diseñado por Alfredo Barraza. Tanta lujuria bullangera obliga a una pregunta: ¿Quién paga tanto lujo? De la fiesta de coronación y de los demás eventos públicos se encarga la Fundación Carnaval de Barranquilla, la cual vive de donaciones, aportes del distrito y comercialización (de palcos, transmisión de televisión, boletería y arrendamiento de espacio público) que le permiten contratar, cada año,  ¡22.000 empleos! El resto del dinero corre por cuenta de los papás de la reina. Y no se crea que este monto es cualquier minucia. Nadie conoce la cifra total, pues cada año se gasta a capricho de la chequera de su propietario, pero a partir de estas líneas se  dan algunas pistas que permiten a los lectores conocer esta suma.

El maquillaje empieza cuatro horas antes de la ceremonia de coronación.

Pero vamos por partes. La reina de los carnavales de Barranquilla es una monarca dictatorial escogida a dedo por las once personas que conforman la Junta Directiva de la Fundación Carnaval de Barranquilla, entre quienes se incluyen representantes del alcalde, de la Fundación misma, de la cámara de comercio y hasta de los hoteles. La elección ocurre cada año con seis meses de anticipación (exactamente, el 31 de agosto), y el ente que la escoge actúa bajo la política de no mezclar la política con la tradicional y colorida fiesta. Este es el primer requisito importante para ser reina. ¿El otro? que sea filtrada de entre la clase adinerada, pues al pueblo se vanagloria con la idea de que la reina no es una de las suyas.

El año pasado la Junta tuvo que deliberar entre tres candidatas de igual peso social (una cuarta fue pronto descartada): una era sobrina de un reconocido concejal de la ciudad; la otra, de un importante senador y; la tercera, la hija consentida del presidente de una de las empresas que mejor imagen genera de la costa Caribe. Como este es un reinado donde la belleza no importa tanto como la alegría –aunque, por supuesto, cuenta-, luego de las consabidas entrevistas para sopesar el carácter y la inteligencia de cada una, las sobrinas de los políticos quedaron relegadas en esta historia al papel de extras, lo que regala satisfacción al pueblo tras  saber que se trata de uno de los escasos casos en este país donde los políticos no sirven como padrinos.

Quizás por eso sorprendió a los barranquilleros que en la Lectura del Bando -que es el preinicio de la fiesta, cuando la reina firma su único decreto en el cual ordena a sus súbditos alegría total-, Marcela Dávila inició su discurso hablando de política. El saludo estuvo preñado de loas al gobernador Verano, de vivas al alcalde Char y de gritos de fanfarria para el presidente Santos. Algunos, que dicen conocerla, creen que con este acto la reina “dejó claro que le interesa la política”. Pero con las reinas de Barranquilla no sucede lo mismo que con las de Cartagena, que van buscando una corona pensando en ser luego presentadoras de noticias. O actrices. O mujer de algún mafioso (o las tres cosas juntas). Ser reina de los carnavales es un honor. Y un honor que cuesta: a pesar de la gran inversión económica que la familia afronta, el reinado no es un trampolín para llegar a ninguna parte. De hecho, el 98% de quienes han ostentado esta corona, hoy día no son más que amas de casa o ejecutivas normales de una empresa cualquiera. Margarita Rosa Donado es de las pocas que logró fama posterior (como decoradora), junto a la diseñadora Silvia Tsherassi, la actriz de Telecaribe Daniela Donado,  dos que han sido viceministras de cultura -Katya González y la Chechi Donado- y otras dos que merecen reflectores propios: Marvel Moreno, quien tras su paso por el reinado se convirtió en una de las más importantes escritoras colombianas de todos los tiempos, y Edith Munarri, que terminó de monja seguidora de la teología de la liberación.

Dentro del camerino un ejército trabaja para la gran noche de Marcela.

“La gente con clase no habla de plata”. La frase se repitió en boca de los amigos de los padres de la actual reina cuando se enteraron de esta investigación que hocica tras la pregunta ¿cuánto cuesta ser reina de Barranquilla? Quizás por eso, ambos fueron en extremo diplomáticos al momento de esquivar esta respuesta. Ramón Dávila -un descendiente de guajiros criado en La Arenosa, hoy presidente de Gases del Caribe-, y Marcela Márquez, hija de un prestigioso médico de la ciudad, dieron más importancia al cariño que la reina genera entre el pueblo y a “lo pesado que resulta en su cotidianidad trabajar como reina de los carnavales”. En todo caso, entre expertos, se habla de una inversión para este año de entre cuatrocientos y quinientos millones de pesos. ¿Será que al final de este texto logramos confirmar si es cierta la cifra a la que le hacen eco los rumores a lo largo y ancho de La Arenosa?


El carnaval de Barranquilla es una gran fiesta pero es al tiempo el más grande negocio de esta ciudad. Es cierto que, tras la pasada tragedia invernal, para el caustico humor nacional este departamento trocó su nombre de Atlántico a Atlántida, lo que ha llevado a que, al interior del país, se escuchen voces de quienes rasgan sus vestiduras opinando que esta fiesta es una bofetada de arrogante derroche. Pero es gente que desconoce la realidad de las cifras. Detrás de la bulla y del relajo, los carnavales son una empresa en la que gana casi todo el millón y medio de fulanos que habitan en este pueblo. Anaida Pérez, una de las modistas de la actual reina, lo resume con una frase: “Lo que gano durante este corto tiempo me permite cada año pagar la universidad y el mantenimiento de mis hijos”. En realidad, lo que invierten los padres de la reina lo recupera el vendedor ambulante, el que vende coco en una carretilla, el dueño de abarrotería, los restauranteros, el mesero, el coreógrafo, el fotógrafo. Todo el mundo gana: el que vende telas, el que vende hilos, lentejuelas, plumas, camisetas, maquillaje, licor, zapatos; el que alquila disfraces, el que alquila apartamentos, el que alquila habitaciones. Hasta el que alquila su cuerpo gana con creces durante esta temporada. Es por esto que, guardadas las proporciones, a los padres de la reina se les tiene en la ciudad como a esos millonarios neoyorquinos –los Astor, los Carnegie, los Tilden, los Vanderbill- que, para resaltar su valía social, a principios del siglo pasado  donaron a la ciudad las más importantes construcciones que todavía se conservan, desde la Biblioteca Pública de la Quinta Avenida con calle 42 hasta la Frick Collection. En Barranquilla, los carnavales irrigan su economía: todo el dinero que durante estas semanas entra o sale de la ciudad se mueve al compás de la sonrisa de su reina. Sin reina no hay fiesta, y la reina es exactamente todo aquello que ella lograr transmitir a través de su sonrisa. Por eso se le respeta tanto como a Isabel II en Inglaterra.

Minutos antes de salir a escena con su último atuendo. El vestido de coronación, un despliegue gigante de plumas amarillas con más de 3 m de cola.

Jorge Bravo, peluquero de la reina a quien en la farsa carnavalera podríamos titular Peluquero Real, contó animado -con los ojos casi llorosos de la emoción-, “Ser su peluquero significa un vuelco total en mi carrera”. En años anteriores, un simple afiche con la foto de la reina junto a su peluquero ha bastado para que, a lo largo de ese año de reinado, ese peluquero le llueva el trabajo. “La fama de quien ha peinado a la reina es comparable, digamos, que la de quien le hace los vestidos a Lady Gaga”, me confió Pedro Ávila, quien desde siete años maneja su taxi de placas BFJ 430.

Toda la ciudad sabe que la reina pasa a su lado cuando lo hace: viaja a bordo de una van para nueve pasajeros acompañada de su jefe de prensa, su peluquero (que este año es al tiempo su maquillador), el teniente de la policía que le sirve de escolta (quien es escogido de entre los demás por su don de gente, su amabilidad, su altura y su buena pinta), el fotógrafo oficial y dos camarógrafos por cuanto este año la reina ha querido, desde que fue escogida, contarle a los barranquilleros cuál es la cotidianidad de una reina. Para ello consiguió un patrocinador  que paga un programa que cada miércoles transmite Telecaribe a partir de las siete de la noche bajo el nombre Carnavaleando con Marce.

Este año, la van fue un aporte de Hyundai pero toda su fachada esta “brandeada” por Olimpica (así dicen en Barranquilla –brandeada- por ese afán de hacer saber que hablan inglés). Además, la reina es escoltada por otro vehículo (con platas que salen de las arcas paternas: ¡sumen, sumen, sumen!) en el que viaja el resto de su comitiva, regalándole a ella cierta comodidad en la van para dormir entre los trayectos largos, tipo Barranquilla y cualquiera de sus corregimientos. Momentos de descanso como éste son los que aprovecha Lester González, Asistente del Peluquero Real, para “masajear los pies de la reina –como él mismo cuenta-, hacerle cosquillitas en los brazos para que se relaje y animarla hablándole de cosas bonitas”. Esta frase convierte a Lester González, siguiendo la farsa de nuestro reino, en una doble titularidad –cual si fuera, qué sé yo, la duquesa de Alba- Masajeador Real y Líder Espiritual”.

Entre marimondas, cumbiamberos, garabatos y demás figuras tradicionales del Carnaval la reina baila hasta pasada la media noche.

Jorge Bravo le contó a la mamá de Marcela Primera –y ella a  su vez me contó a mí- una anécdota que refleja el papel de la reina. “Estábamos haciendo unas fotografías en un barrio bastante popular y la reina necesitaba cambiarse de vestido, pero hacerlo en la van resultaba bastante incómodo por lo aparatoso del traje. La reina me miró con esa carita de niña desprotegida antes de preguntarme ¿Qué voy a hacer? Yo le dije, Tranquila que yo lo soluciono, y me fui a hacer lo que habría hecho cualquiera en una situación parecida: toqué la puerta de la primera casa que encontré y le dije a la dueña que la reina necesitaba entrar allí. Nadie imagina el barullo que aquello significó. De inmediato se enteró toda la cuadra que la reina andaba por allí y todos quisieron venir a admirarla y a expresarle su amor como si se tratara de una reina que ha estado allí toda la vida y no de una que se quita y se pone cada año. Es más, tan pronto la reina entró a cambiarse, aparecieron docenas de personas trayendo abanicos eléctricos desde sus casas para que Su Majestad no se acalorara”.

Marcela Márquez, la mamá de la actual reina, es decir, la Reina Madre, afirma que para las niñas en Barranquilla “Ser reina es como un sueño, una ilusión, un honor. En lugar de las barbies, todas juegan a ser reina de los carnavales”. Ni siquiera la reina que representa al departamento del Atlántico en Cartagena tiene tanta recordación. “Barranquillero que se respete, conoce al detalle y recuerda con nostalgia a todas sus reinas -afirma el médico Álvaro Novoa-. Hay unas que se recuerdan mucho más que otras, todo depende del cariño y la sencillez con el que se han dado a su pueblo”. Incluso, muchos años después de haber entregado la corona, cuando alguien en Barranquilla tiene oportunidad de conocer a alguna reina del pasado no duda en arrancarle un autógrafo o suplicarle por una fotografía.

La última salida es el vestido de coronación. Varias personas le ayudan con los detalles para subir al escenario.

Tal parece que, además de alegría, esta reina debe estar dotada de talento político para agradar a todos por igual. Pero, a diferencia de los feudos políticos que tanto gustan en esta zona del país, este reinado no se hereda, aunque  algunos apellidos se repiten a lo largo de su historia, como Gerleín, Lafaurie, Dávila, Lacouture (estos últimos tres, descendientes de la colonia Guajira en Barranquilla, la región que más reinas de carnavales ha puesto, si a los antedichos sumamos Dangond, Abuchaibe y Cuello) y –el más coreado- Donado: seis soberanas han portado este apellido.

La reina del Carnaval debe ser, entre otras,  la representación de las tradiciones folclóricas de Barranquilla.

Marcela es Primera porque detrás de ella hay todo un enjambre de reinas: la popular, la de los barrios, la del vecindario, la gay, la infantil, la de los pueblos limítrofes y hasta la Reina de los Carnavales de Barranquilla en Bogotá.  La reina actual, desnuda, pesa 53 kilos pero, cuando viste cualquiera de sus ostentosos y teatrales disfraces, alcanza topes de hasta quince kilos más. Además de los trajes de Alfredo Barraza, Marcela Dávila Márquez cuenta con toda una pléyade de diseñadores de su ciudad encargada de enhebrar la minucia del color con la arandela. Sumen los lectores a las cuentas que traemos de atrás una nómina donde aparezcan los nombres de Diana Rolando, Amalín de Jazbún, Julia de Donado, Anaida Pérez, Federico Molinares y Milena Reyes, quienes hasta el momento se han encargado de coser –entre otros muchos trajes-  treinta y siete pollerones más seis aparatosos disfraces para estrenar durante las fechas del evento, todos repletos de canutillos y papagayos plumajes, elaborados con brillantes telas de reminiscencias africanas que la Reina Madre escogió con lupa carnavalera en algún viaje reciente a Nueva York (sumen también estos tiquetes más la estadía en Manhattan). Como si los vestidos no fueran suficientes, Marcela Primera se distingue por las elaboradas y caribeñas flores de tela que suele lucir enredadas en su cabellera. ¿La diseñadora? Cecilia de Díaz, un nombre que ya en La Arenosa repiten todas las mujeres de boca en boca mientras alguna revista femenina de la ciudad se reserva el próximo titular Están de moda las flores en el cabello (no digo esto en tono bromoso. Llamo la atención sobre la industria que mueve nuestra reina).

La primera reina fue elegida en 1918, y dos veces ha ganado por voto popular. Pero quien quiera que asuma este honor debe saber que durante los meses de su reinado no puede parar de sonreír, que tiene que cargar más niños que cualquier político en campaña y que abrazar a más abuelos que monja en ancianato. De la reina de este año, además de lo que algunos piensan que puede terminar en la política, se afirma que “es inteligente, habla con fluidez y conoce a pie juntillas la historia y los personajes más recordados de los carnavales”.  Lo que asegura la antropóloga Gloria Triana, quien la escuchó hablar en algún evento del Carnaval de las Artes que cada año organiza en La Cueva Heriberto Fiorillo. “Me sorprendió gratamente esa muchachita”, dijo de Marcela.

Mientras pasa la noche cambian los vestidos y los ritmos. Marcela permanece sonriente durante todo el espectáculo que tiene desde Charleston hasta mapalé.

La “muchachita” a la que se refiere estudia comunicación social en la Javeriana, en Bogotá, por lo que a lo largo del pasado semestre le tocó viajar a su ciudad natal cada fin de semana, con lo que se suma otra cifra (la de estos tiquetes) a nuestras cuentas imaginarias que se debitan de las arcas familiares. Fue ella misma quien  insistió a sus padres que la dejaran liderar los carnavales de este año. Ramón Dávila, un cincuentón con risa de adolescente que habla a las carreras con el marcado acento de los de su tierra, le puso una condición: “Siempre y cuando me cumplas con el semestre, yo te complazco”. Más que feliz, Dávila se muestra orgulloso: orgulloso de su hija, pero también orgulloso de haberle podido regalar ese orgullo a su hija.

Este primer semestre del año, Marcela Primera debió abandonar los estudios para permanecer en La Arenosa. “No ha tenido un minuto de descanso, pero está feliz”, afirma su mamá, quien al hablar no disimula que está encantada con esto de que su hija sea reina. “Ser reina es un trabajo mucho más serio de lo que muchos se imaginan, que exige muchísima responsabilidad. Marcela lo ha asumido con tanto empeño como ilusión. Madruga desde mucho antes del alba y nunca se duerme antes de la medianoche. Hay días en que le toca asistir a nueve o diez eventos, que igual pueden ser aquí en Barranquilla como en Juan  Mina o en algún otro corregimiento, y ya sabes lo que implica movilizarse de un lado a otro. Así uno vaya con aire acondicionado, en algunas horas el tráfico es teso. Pero mi hija no puede aducir eso, ni que está cansada o que tiene dolor de cabeza. Ella siempre debe mostrarse sonriente porque con una sola persona que la vea triste o malgeniada, esa será la imagen que en adelante dará esta persona de la reina o de nuestra fiesta”. Lo de ser sonriente es lo que más se repite mientras se hurga en esta investigación: “Qué ojala sea bonita, que ojalá sea inteligente, que ojalá sea amable, pero lo único que no le puede faltar a nuestra reina es alegría –asegura el médico barranquillero Álvaro Novoa-. De Marcela Dávila sé que es superentusiasta, y me encanta porque es solidaria pues, antes de la realización de un concierto reciente, tuvo la idea de que, en lugar de pagar una boleta, todo el que fuera llevara un mercadito para repartirlo entre los damnificados… Es que ella es el alma del carnaval. Si ella no está, no hay fiesta”. Para tratarse de un asunto que se mira como recocha o mamadera de gallo, esta gente se toma muy en serio lo que hace. De hecho, a lo de alegre y lo de política que quedó consignado atrás, a la reina también hay que sumarle dotes de diplomática para no decir sino solamente lo que debe.

La ceremonia de coronación tuvo lugar en el Estadio Romelio Martínez, antiguo estadio del Boca Juniors de Barranquilla. Durante el evento se presento Toto la Momposina.

Pero si ser reina no es un trampolín para lograr una carrera, ni la reina recibe ningún tipo de emolumento fuera del cariño y de la devoción de su pueblo ¿qué es lo que hace realmente que sea soberana? “El poder de convocatoria –afirma su mamá-: durante su reinado a una reina se le abren todas las puertas de su ciudad”. De ser esto cierto, ¿qué pasa con la cuenta que traemos de atrás a la que le venimos sumando cifras tratando de satisfacer el morbo de saber el detalle de cuánto y en qué se gastan la plata los demás? Sucede que –como siempre- al final eso no importa. Puede que la cifra que protagoniza el rumor en la costa Caribe sea menor de cuatrocientos o mayor de quinientos millones de pesos. En últimas, lo que vale es el derroche de alegría que se devuelve –con creces- en dinero contante y sonante para el común de la gente, convirtiendo de esta manera a los padres de la reina en grandes filántropos de su región. Quizás esto es lo que ha hecho de esta fiesta Patrimonio Inmaterial de la Humanidad: saber que quien lo trabaja es quien lo goza!