¿Cumpleaños feliz?

¿Cumpleaños feliz?

4 de agosto del 2011

En su cumpleaños número 50, y con una recuperación económica que se parece cada vez más a una nueva recesión, el presidente Barack Obama regresó a Chicago para asistir a un evento de recaudación de fondos para su campaña de reelección. Según Arianna Huffington, presidenta y directora editorial del conglomerado mediático AOL–Huffington Post, sería el trigésimo octavo evento de este tipo al que el presidente de los Estados Unidos acude en lo corrido del año.

Aunque parezca frívolo y hasta obsceno, quizás no exista nada más importante en la agenda del primer mandatario de este país que rebosar las arcas de su campaña. ¿Más importante que gobernar? Seguro. Aunque consiga hacer montones de cosas durante su mandato, todo sería en vano si el próximo año la oposición irrumpe en la Casa Blanca. Y el factor diferencial en unas elecciones, más allá de los discursos encendidos, o los seguidores en Twitter, o las organizaciones de base, o las alianzas intrapartidistas, es el vil metal; el dinero. Esto es especialmente cierto en el actual panorama político estadounidense, donde el presupuesto de cada ciclo electoral supera los récords históricos impuestos por el anterior.

Afortunadamente para los demócratas, no existe en el planeta un político más hábil para recaudar fondos que Barack Obama. Ya en el 2008 el entonces senador por Illinois escandalizó al establecimiento estadounidense con los $750 millones de dólares que su campaña presidencial consiguió reunir, una cifra descomunal que sin embargo sus asesores aspiran a superar en esta ocasión. Por lo pronto, la cosa tiene buena pinta: a finales de julio anunciaron desde sus toldas que en el segundo trimestre del año se habían recogido $86 millones en total, entre la campaña de Obama y el Partido Demócrata.

Así pues, no tiene nada de raro que en medio del que es quizás su momento más difícil desde que reside en la Casa Blanca, y en el umbral mismo de sus cincuenta años, Obama haya optado por viajar a Chicago para retomar sus actividades proselitistas.

Los congresistas también se han ido de la capital, después de un fin de semana tumultuoso en el que alcanzaron a prenderse las alarmas por la posibilidad de que los EE.UU. se vieran obligados a declararse insolventes e incurrieran, por primera vez en su historia, en cesación de pagos.

La crisis, que bien podría interpretarse como una medición de fuerzas entre demócratas y republicanos con las elecciones presidenciales de 2012 como telón de fondo, se evitó a última hora con un acuerdo bipartidista en nombre y republicano en esencia que ha dejado mal parado al presidente. Durante el fin de semana se conoció una encuesta de Gallup que marcaba un 40% de aprobación popular de su mandato, el porcentaje más bajo de sus dos años y medio de gobierno. Como sucedió en su momento con la reforma del sistema de salud o la reforma financiera, entre otras, las críticas más feroces contra el primer mandatario provienen de la base de su propio partido, que lo acusa de capitular una vez tras otra ante los chantajes de la oposición. En su afán por construir consensos y aprobar reformas que cuenten con el apoyo de ambos partidos, Obama se ha ganado una reputación de pésimo negociador.

Presumiblemente, la intención de la Casa Blanca es perfilar a Obama como un hombre sensato, dispuesto a ceder en sus posiciones con tal de obtener resultados. Alguien capaz de poner en perspectiva las diferencias con sus opositores políticos, y supeditar sus principios a un propósito común. Lo menos parecido a un ideólogo.

Lo menos parecido, mejor dicho, a un miembro del Tea Party, la facción de la extrema derecha que se ha tomado el poder dentro del partido republicano. En las cuentas de todos los analistas, el Tea Party fue un claro ganador del pulso político de la semana pasada en el Congreso, pues su intransigencia obligó a los demócratas a ceder en todas sus pretensiones con tal de elevar el techo de la deuda. En las cuentas de todos, claro, excepto las de los propios integrantes del Tea Party, quienes se oponían radicalmente a aumentar el cupo de deuda pública del país. Para ellos, el colapso del sector público no necesariamente sería una mala noticia, pues uno de sus principios reza que “mientras más grande sea el Estado, más pequeño será el ciudadano” (y viceversa).

El cálculo que hacen los asesores de Obama es que dadas las durísimas condiciones económicas de los Estados Unidos, y ante un partido republicano cada vez más radical e intransigente, el grueso del electorado optará por el candidato que parezca más sensato, aquel que prefiera llegar a acuerdos y no imponer idearios puristas. Es bien sabido que las primarias partidistas se ganan apelando a las bases, mientras que en las elecciones generales se termina imponiendo aquel que consiga los votos de los moderados y los independientes.

Este mensaje, que fundamentalmente busca enfatizar cuán peor sería la alternativa y posiciona a Obama como un pragmático irredimible, no podía ser más diferente al de las elecciones presidenciales de 2008,  que invitaban a soñar con la posibilidad de un cambio, y un cambio radical. Desde la cultura política de Washington hasta la política exterior de los Estados Unidos. Cuesta trabajo creer que este presidente sea el mismo candidato del ‘Sí se puede’.

El contraste entre éste y aquél ha sido motivo de múltiples debates y teorías, pero quizás nadie lo ha capturado mejor que Seth Meyers, el comediante del programa Saturday Night Live, durante la gala anual de corresponsales de la Casa Blanca: “¿Sabe quién podría vencerle [en las elecciones de 2012]? Yo se lo digo, señor presidente: el Barack Obama modelo 2008. ¡A usted le habría fascinado! Tan carismático, tan encantador. Quizás demasiado idealista, pero a usted le habría fascinado.”

“¡Y mire su pelo!”, continuó Meyers, “donde llegue a ser más blanco, el Tea Party lo postularía como candidato”. En efecto, luego de dos años a cargo del país más poderoso del mundo, las canas habían empezado a poblar la cabeza de Obama, dándole un aire venerable. Ya no era el joven arrebatado que se oponía a la invasión a Irak y clamaba por el cierre de Guantánamo, sino que era el presidente de la ‘Realpolitik’, el comandante en jefe que había ordenado más ataques con misiles a Pakistán (aliado de EE.UU.) en su primer año de gobierno, que George W Bush en los ocho anteriores.

Aquel día, en la cena de corresponsales, Obama rió de buena gana. Unas horas después, saldría a la televisión para anunciar la ejecución extrajudicial de Osama Bin Laden. La transformación era total: de premio Nobel de la Paz al más temible de los halcones.