¿Quién defiende a los de “cuello blanco”?

¿Quién defiende a los de “cuello blanco”?

6 de mayo del 2011

Escándalos como los de las ‘Chuzadas’, Agro Ingreso Seguro, el “carrusel” de la contratación en Bogotá y ahora el desfalco de la salud, han generado una gran demanda de abogados que tiene disparadas las tarifas. Los acusados están dispuestos a pagar los honorarios que se requieran con tal de evitar  la cárcel. Buena parte de esto depende del jurista que los defiendan. Estos son tres de los abogados que atienden los casos de los últimos escándalos de corrupción.

IVÁN CANCINO

La mesa de ping pong que tiene en su oficina le recuerda al penalista Iván Cancino que su trabajo es de ires y venires. Ese juego se puede comparar con el engorroso proceso donde defendió a la familia Gilinsky contra Bancolombia, y que después de nueve años terminó en una conciliación.

Este penalista siempre ha estado en un hall de la fama. Vivió las mieles del éxito de su papá, el famoso penalista Antonio Cancino, y hoy a sus 34 años y 11 años de ejercicio, es uno de los más reconocidos en el campo penal. Aún así cree que le tocó madurar biche cuando su progenitor, en uso del buen retiro, le decía que se fuera a litigar y volviera con el caso ganado.

De gafas grandes y gomina en el pelo, parece un niño aplicado. En su oficina en el centro de Bogotá hay montículos de procesos por todos lados, billetes y monedas en cada esquina, libros de derecho penal, revistas del corazón, la novena del divino niño en varias ediciones, una foto con la modelo Adriana Arboleda y una revista donde Natalia París aparece como Dios la trajo al mundo.

Habla rápido, tiene agilidad mental y es recursivo en el lenguaje. Gana de cero a 1.000 millones por un proceso, pero dice que defiende a mucha gente gratis, porque cree en el servicio social de esta profesión. Se quiere llevar al mundo por delante y, en esa dinámica, tiene procesos pequeños y grandes, como el del polémico ex asesor presidencial José Obdulio Gaviria en el caso de las “chuzadas”, el del ex secretario General del Ministerio de Agricultura Juan David Ortega por el caso de Agro Ingreso Seguro y al ex contralor de Bogotá Miguel Ángel Moralesrrusi por el ‘Carrusel’ de la contratación. “Ese muchacho le hace honor a su estirpe”, dice su profesor Ramiro Bejarano.

Está convencido de que el nombre de su papá le ha ayudado mucho, pero ha querido marcar su propio rumbo. Por eso les pide a sus clientes que no le digan “doctor”,  porque así llamaban al viejo Cancino, y prefiere que lo llamen “abogado Iván”. Heredó el prestigio de su papá y también sus enemigos, cuando defendió al ex presidente Ernesto Samper en épocas del Proceso 8.000.

Es abogado de la senadora Dilian Francisca Toro, del ex congresista Habbig Mereg y de otros personajes como el ex representante a la Cámara  Héctor Julio Alfonso López, hijo de la controvertida empresaria del chance Enilce López, procesados por parapolítica. Cuando se le pregunta si su prestigio se lo debe al hecho de pertenecer a la famosa “rosca” del Externado, Cancino suelta una ráfaga: “Me enorgullezco de no pertenecer a ella”.

Este hincha de Millonarios y ex campeón distrital de microfútbol, se enorgullece de hablar de sus casos ganados, como el del científico colombiano Manuel Elkin Patarroyo por un presunto de tráfico de especies; el del ex viceministro del Transporte Juan Alberto Páez, en el sonado caso de Dragacol, y otros no tan sonados como el del ingeniero José Joaquín Ortiz, dueño de la empresa Joyco, a quien la Fiscalía acusó de terrorista.

Pero también habla de los casos en los que no ha podido ganar, como el de un ingeniero vinculado en proceso por estafa y extorsión que  condenaron a diez años. “Es como si pagara la condena con él”, dice.

En medio de todo es vanidoso y, aunque no lo proyecta, le gustan las buenas marcas. Usa zapatos y corbatas Salvatore Ferragamo y sus gafas, que usa desde que nació, son Hugo Boss o Cristian Dior. No usa reloj, y cuando se pone uno le hace honor a la marca Cartier. No utiliza escoltas, camina solo por las calles, no delega sus procesos, maneja su propio carro, le gusta el vallenato y no está pendiente de si está gordo o flaco.

Le gusta la controversia, y como buen penalista se mide con otros colegas no tanto por la marca del carro, sino por los casos que ha ganado. Este papá de dos niñas no tiene una imagen prefabricada, es sincero y no utiliza oficina de comunicaciones para vender el nombre de su oficina.

JAIME GRANADOS


El penalista Jaime Granados vale lo que pesan todos los libros que ha leído. Es culto, de léxico exquisito y su vida entera ha estado ligada a la lectura. Sus amigos dicen que puede recitar todo cuanto ocurrió en la segunda guerra mundial. No en vano dice que se leyó durante veinte años un libro diario de historia o filosofía. En épocas de universidad no salía de la biblioteca personal del decano de Derecho de la Javeriana Javier Giraldo.

Siempre ha querido ganar. Fue miembro del equipo de conocimientos generales del Colegio de La Salle, donde derrotó a cuanto alumno se enfrentara. Ya en la Universidad, integró al lado del hoy magistrado Rodrigo Escobar Gil, el grupo de los llamados “pilos” de la Corte Suprema. Se graduó con honores en 1985 con una tesis que hablaba sobre la negativa del indulto político a guerrilleros. Ese día, por coincidencia, el M-19 se tomó el Palacio de Justicia.

Se acuerda de todo, relata hechos con precisión, cita fechas, autores, nombres, países, ciudades. Es una máquina a la que no se le olvida nada. Recuerda, por ejemplo, las anécdotas de una oficina que montó en 1986 con su amigo Rodrigo Escobar, en un cuarto de escobas sin ventanas en un viejo edificio del centro de Bogotá.

Pero los tiempos cambian. Después de haber estado en Puerto Rico como profesor de la Universidad del mismo nombre, de asesorar al secretario de justicia de ese país y de traer a Colombia el actual Sistema Penal Acusatorio, hoy a Granados no lo compran con dos pesos. Tiene una oficina de muchos metros en el norte de Bogotá, donde le hacen venia miles de libros y 25 personas que atienden los casos. Desde allí ha podido representar a los más encumbrados funcionarios, militares y empresarios, y ha asesorado a bancos internacionales que lo ponen en la cima de la profesión.

Mientras algunos colegas dicen que es un mal tipo, otros como su amigo José Tomás Moore aseguran que es honrado, serio, inteligente y que jamás se “tuerce” para lograr objetivos. “Yo no puedo garantizar que la gente me quiera, pero he luchado toda mi vida para que me respeten”, dice Granados.

Tal vez por ese respeto ha podido representar a la empresa Opain, al vicealmirante Arango Bacchi, al ex senador Luis Eduardo Vives, al ex gobernador Miguel Nule Amín; al ex presidente Uribe, al ex secretario general de Palacio Bernardo Moreno y al ex secretario de prensa de la presidencia César Mauricio Velásquez; al ex fiscal general Luis Camilo Osorio, a DMG en su primera fase y hace poco al ex gobernador del Valle Juan Carlos Abadía. Recientemente abandonó el caso de los cuestionados empresarios Nule. Hasta ahora nadie sabe la historia detrás de su renuncia.

Y como todo en la vida ha ganado y ha perdido. Pero de lo que sí está seguro es de combatir hasta el último momento en sus procesos. Granados se muestra humano y señala que defiende gratis a decenas de familias cuyos hijos menores han sido víctimas de violencia o abuso sexual.

Habla con poca modestia. Está forrado con la marca Mont Blanc, paga una oficina de comunicaciones que le ayuda con la prensa y reconoce que tanto libro y tanto proceso lo volvieron sedentario, a tal punto que abandonó el basquetbol, su juego preferido, y hoy tiene 150 kilos de peso.

ÁLVARO ROLANDO PÉREZ


Álvaro Rolando Pérez es joven, exitoso y combina su profesión con la venta y compra de obras de arte. Su nombre no le dice mucho al común de la gente, porque prefiere no exponerse demasiado en los medios.  Sin embargo, su oficina lleva casos de connotación nacional y algunos de sus clientes han logrado ganarse el desprecio ciudadano por los delitos que cometieron.

Es el abogado de José Ignacio Londoño, aquel personaje que la prensa ha identificado como “El eslabón perdido”, en el asesinato del político Álvaro Gómez Hurtado. También  defendió, en una primera fase, al ex director de inteligencia del DAS Carlos Arzayus, caso con el que tuvo que afrontar incomodidades porque su papá, el ex magistrado de la Corte Suprema Álvaro Pérez, fue uno a los que el DAS les hizo seguimiento.

Pero esos impases no lo amilanaron y asumió causas como la del ex superintendente de Notariado Manuel Cuello Baute, por la entrega de notarías a políticos; el de Luis Vives Lacouture en el proceso de corrupción de Agro Ingreso Seguro, el de los ex presidentes de Senado y Cámara Luis Humberto Gómez Gallo, Nancy Patricia Gutiérrez y Odín Sánchez por parapolítica, el de los hermanos de la ex congresista Muriel Benito Rebollo por narcotráfico y el de una empresa asociada al ‘Carrusel’ de la contratación en Bogotá.

Pero el proceso que le sacó sus primeras canas es el del ex congresista Luis Carlos Restrepo, porque pasó de una simple falsedad a delitos de lesa humanidad, narcotráfico y paramilitarismo. Sin embargo, Pérez logró tumbar hasta ahora nueve de los diez procesos contra Restrepo.

Pérez habla directo. Tiene 36 años y su historia es la de un joven que quiso ser penalista después de ver a su papá batiéndose en los estrados judiciales. Ha sido catedrático y decano de la facultad de Derecho de la Universidad Manuela Beltrán y, a diferencia de sus colegas contemporáneos, no anda en roscas universitarias, porque se educó en la Universidad de Ibagué y se especializó en la Universidad de Salamanca, España. Su tarifa no es de las más altas. Puede cobrar entre 25 y 30 millones mensuales mientras dure el proceso, o 50 millones si se trata de una casación en la Corte Suprema.

Su gran maestro es el ex magistrado Antonio José Cancino, y su cercanía con los grandes penalistas lo hacen sentir exclusivo. 95% de los casos que lleva tienen que ver con la Corte Suprema, lo que indica que no es un abogado de baranda o de casos menores. Es tan exclusivo que a la mayoría de sus clientes los atiende en el club El Nogal, y en sus charlas no agacha la cabeza para hablar de la vanidad.

Mientras algunos de sus colegas dicen que es un abogado fabricado de forma artificial, otros aseguran que es un gran hombre que hace bien su trabajo. Pérez ve como poca cosa esos comentarios y asegura que no le interesan y que prefiere concentrarse en sus procesos.

Al tiempo que habla de sus casos y de su gusto por las obras de arte, que compra y vende como experto, Pérez ofrece una pausa para hablar de sus obras sociales que adelanta al lado de monseñor Jairo Uribe en el Valle. Con eso marca diferencia de quienes lo señalan de ser un niño rico acomodado en el ropaje de penalista. “Mi oficina, por ejemplo, lleva nueve casos de niños víctimas de abusos donde no se les cobra ni un centavo. Pero no me interesa que eso se publicite, pues las obras sociales no tienen por qué venderse en la prensa”, concluye.

OTROS ABOGADOS

Ricardo Calvete: representa al ex director de Agro Ingreso Seguro Julián Alfredo Gómez.

Yesid Reyes: Defiende la ex reina Valerie Domínguez en el escándalo de Agro Ingreso.

Carlos Andrés Gómez: Asumió la defensa de Andrés Felipe Arias en el caso de AIS.