“Mi patrón se reía para matar”

“Mi patrón se reía para matar”

8 de febrero del 2011

Rodrigo Mercado Pelufo, más conocido como alias “Cadena”,  quien fue uno de los asesinos más temibles de Sucre, como jefe de las Autodefensas Unidas de Colombia, bloque de los Montes de María, tuvo dificultades económicas antes de convertirse en el hombre cruel y poderoso que se daba el lujo de hacer esperar horas y horas a senadores, alcaldes, gobernadores, diputados, concejales y gente del común que acudían a sus cuarteles, en el pequeño poblado costero de Rincón del Mar, a resolver su situación de seguridad. La mayoría iban a pedirle cacao. A resolver situaciones de vida o muerte.

Ante los ojos de visitantes, mató a varios a sangre fría. A otros los puso a cocinar. Cierto día de 1994, cuando apenas comenzaba su tenebrosa carrera de matón, debía ir a Sampués, a 12 km de Sincelejo, para cobrar una vacuna a un ganadero. El arma que llevaba “empretinada”, abultada debajo de la camisa desencajada, no era ningún revólver, sino un plátano verde. Tenía sólo $3.000 en el bolsillo y tuvo que regatear el precio de la carrera con el chofer. El taxista aceptó llevarlo de mala gana por $2.500. Cuando  llegaron a Sampués, dieron algunas vueltas en el centro, pero no hallaron al tipo que buscaba. En vista de que iba a quedar sin un sólo peso en el bolsillo, “Cadena” esgrimió una de sus vivezas más sonadas para salir de la situación. Le dijo al taxista que si veía al hombre alto que estaba sentado en la puerta de su casa, dos cuadras más arriba de la iglesia.

‒¡Claro! ‒respondió el taxista. Mercado Pelufo tentó con su mano izquierda el plátano verde  que llevaba debajo de la camisa, que simulaba un arma.

‒Bueno, yo vine a matar a ese tipo, de modo que acércate lo más que puedas para dispararle.

‒Nada, hermano, bájese, ande usted a matarlo solo, no me pague la carrera, pero piérdase ‒respondió el taxista, muerto del miedo, y frenó en seco.


Sepelio después de la masacre de San Onofre, Sucre.

De ese modo, Rodrigo Mercado Pelufo comenzó su vida criminal hasta convertirse en un mito. El hombre que maneja el taxi cuenta con cierto orgullo la vida del Rodrigo Cadena que conoció a plenitud. Trabajó con él durante seis años como chofer y pudo conocer de cerca al asesino de Macayepo, un matarife que estuvo por corto tiempo en la guerrilla y que luego se convirtió en un asesino mitológico de las AUC que no se sabe dónde está.

Su poder fue tan grande que a un gobernador lo hizo esperar dos horas para atenderlo, y  a un senador lo puso a cocinar antes de dejarlo regresar a Sincelejo.

‒¿Está vivo o está muerto? ‒le pregunto.

‒Mire, compa, la gente especula mucho, pero para sus amigos, Rodrigo está vivo.

‒¿Y las autodefensas?

‒Vivitas y coleando.

A estas alturas, cinco años después de su desaparición de San José de Ralito, donde estaban concentrados los paramilitares en espera del proceso de desmovilización, nadie sabe la verdad exacta. Dicen que lo vieron surtiendo sus camionetas cuatro puertas de vidrios polarizados en las gasolineras contiguas a San Onofre, donde reinó de pies a cabeza. Otros dicen que está por Panamá con una identidad y fisionomía cambiadas. Un tercer grupo de especuladores, entre ellos una mujer que fue su amante, asegura que habla por teléfono con él, pero por pocos minutos para no ser ubicado por las autoridades.

‒Pronto me reuniré con él ‒dice.

Según ella, quien llegó a manejarle los equipos de televisión que “Cadena” adquirió cuando tuvo su propio noticiero local en Sincelejo, el fugitivo está protegido por un grupo de autodefensas que se mueve por una zona de Antioquia, dedicado al negocio de las drogas.  El taxista, quien habla con orgullo de su ex jefe, es de los que cree que el asesino de Macayepos está vivo. Su actitud en el volante lo dice todo, máxime cuando le narró la forma en que lo mataron, según contó otro narrador. “Lo hicieron picadillo, lo metieron en los intersticios de una llanta de tractor, le rociaron gasolina y le prendieron fuego”. Y agrega, mientras toma gárgaras de aire lluvioso:

‒La llanta duró tres días echando humo, me dijo el relator.

El taxista no cree en el relato de su muerte, pese a que es patético y se puede ver el humo del cuento. La gente no puede ser tan especulativa, o es que son mejores que Gabriel García Márquez para inventar tanta vaina. Pura realidad. Aquí todo es posible.

El conductor cree que su ex patrón está vivo, porque lo conoció como a la palma de su mano. “Cadena”, cuando iba a Cartagena, no pisaba carretera negra. Se iba de trocha en trocha, a través de caminos culebreros, con sus mejores diez hombres, desafiando la oscurana de la noche. Algunos de sus secuaces se caían, porque tropezaban en el camino desconocido. Era arisco, precavido, desconfiaba hasta de su propia sombra.

‒A “Cadena” no le gustaba matar él mismo, pero cuando lo hacía  soltaba una risa ambigua, ingenua ‒dice.

Se reía para matar. Su mirada era fija y penetrante, pero su risa era ingenua, macabra, peligrosa, porque no se sabía si lloraba su soledad o festejaba sus debilidades. Era un hombre de pocas palabras y de poca risa, calculador, demonio, al fin y al cabo.

‒Mi patrón se reía para matar. Yo lo vi matar a varias personas ‒dice el chofer.

Una de ellas fue bajo las sombras del árbol de caucho, en la finca El Palmar, cerca de San Onofre, vía a Rincón del Mar, donde la Fiscalía halló varias fosas comunes con restos humanos y desechos de vehículos, que tenían mejor suerte que los humanos que eran lanzados a los caimanes amaestrados que tenía en algunas fincas cercanas, o los que eran embadurnados con miel de abejas, atados de pies y manos para que las avispas los devoraran vivos. La víctima había matado a su propio hermano por un lío de faldas.

El chofer narra que aquella mañana macabra fue a llevarle la manicurista, que iba cada quince días a arreglarle las uñas. No habían empezado la sesión de belleza cuando le trajeron al tipo, vestido de camuflado y armado con un rifle reluciente. Mercado Pelufo se había quitado las cadenas de oro que llevaba en el cuello ‒las que le daban la identidad, porque en ellas llevaba escrito su apellido‒ cuando apareció la víctima. El interrogatorio fue breve.

‒¿De modo, que mataste a tu propio hermano? ¿Y eso por qué?

‒Ajá, le faltó el respeto a su mujer.

‒Muy bien, te felicito. Puedes irte ‒le dijo “Cadena”. El pobre paraco dio la vuelta para irse, hasta que sintió tres disparos sobre su humanidad. “Cadena” ya no portaba un plátano verde para matar.

‒Recójanlo y tírenselo a los caimanes ‒ordenó con una mueca ambigua, entre el dolor y la satisfacción‒. Mató a su propio hermano. Pudo matarme a mí, que no soy nada de él.

El chofer no se detiene. Dice que podría durar dos años echando cuentos de su ex jefe.

‒Alguna vez, en una broma pesada, le ordenó a sus hombres que me amarraran y me rociaran con miel de abejas.

‒¿Y eso? ‒le pregunto.

Para joderme. Era así, bromista, malgeniado. Aquella vez el chofer estuvo a punto de reventarse, pero no lo demostró, sólo se dedicó a recordarle la madre.

‒Ah, ¿te cagaste? ‒le dijo Cadena, y dejó escapar aquella risa macabra y medio ingenua que siempre soltaba antes de apretar el gatillo.

Ser paraco en esos años se traducía en un acto de altanería suprema. La estridencia de los vallenatos a todo volumen en las camionetas tanqueadas de gasolina hasta el vómito, las parrandas a voz en cuello, las reuniones con el jefe y el ritual de pasar los anillos de seguridad eran la franquicia para entrar a la moda. Todos, con raras excepciones, desfilaron ante su trono. Nada se movía en Sucre sin su soplo macabro.

Ser amigo de “Cadena” era una especie de salvoconducto para vivir y para evitar que alguien muriera. También era una amenaza de muerte. “No te metas conmigo, que soy amigo de San Onofre”, se solía decir. Decir “Línea San Onofre” o “Línea Magangué” era como demarcar territorios.

Quienes creen que está vivo, como su chofer personal, quien dice con orgullo ser su amigo, lo han visto echar gasolina en las bombas de su territorio, y su ex mujer aún siente su olor y sus manos tapándole los ojos.

‒¿Quién soy yo? ‒pregunta Cadena mientras le tapa los ojos a su mujer.

‒¿Quien más va a ser?

‒¡Ah!, adivinaste por mi perfume.

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