“No me han dejado salir de mi pasado”

“No me han dejado salir de mi pasado”

12 de diciembre del 2011

Fotos: José Giraldo.

Uno es el Carlos Alonso Lucio de los escándalos, el hombre que ha transitado por los vericuetos del país, guerrillero del M-19, interlocutor con la cúpula del Eln, con los paramilitares, con el Cartel de Cali, preso en la Picota, en la boca de todos. Otro  es Carlos Alonso Lucio frente a 15.000 feligreses congregados en una iglesia a orar, a meditar en un culto cristiano. Lucio fue el protagonista de los cuatro cultos del domingo en la Casa de la Roca, la iglesia del pastor Darío Silva. Su elocuencia recuerda los tiempos de congresista, solo que ahora el discurso, igual de convincente y carismático, abunda en referencias de pasajes bíblicos.

Con una gran cruz a sus espaldas, Lucio dio su testimonio de conversión. Aquel  momento en el que, secuestrado por Carlos Castaño y con un fusil en la sien, una fuerza divina, según él, detuvo a Castaño de apretar el gatillo. Sucedió hace once años en el nudo de Paramillo. Lucio, quien ya se había acercado a la iglesia Cristiana, prometió entonces dejar atrás las armas y la política para convertirse en un soldado de Cristo. En esa búsqueda, dice, se ha cruzado con toda clase de “demonios”, personas violentas, armados y desarmados. Ha perdonado y pide que lo perdonen. “A mí no me han dejado salir de mi pasado”, dijo en una confesión pública que presenció en primera fila su esposa, la Fiscal Viviane Morales, con quien volvió a casarse después de varios años de separación.

El Pastor Darío Silva, que casó a la pareja por primera vez el 15 de Diciembre de 2000 por el culto cristiano, presidió la ceremonia en la que Carlos Alonso Lucio hipnotizó con su testimonio.

Durante una hora, Carlos Alonso Lucio dio el testimonio de su conversión al cristianismo.    

“Han pasado 11 años de mi conversión y compartir mi testimonio había sido casi imposible. Un testimonio que Viviane (quien lleva 30 años en la Iglesia) de manera insistente me había pedido: el testimonio es en la vida del cristiano y para quien quiere servirle a Dios una herramienta fundamental. Han pasado 11 años y les confieso que no lo había logrado.

Siendo un niño, cuando tenía 15 años, ingresé a las filas del M-19 y todavía recuerdo las lágrimas de mi padre y de mi madre, que me decían que si quería servirle mejor al M-19, que estudiara primero. De hecho me insistieron en que si me quería ir al monte, que me fuera educadito. Pasó el tiempo y tuve la muerte cerca, muy cerca. Inclusive, cuando estaba con Antonio (Navarro Wolf) y otros compañeros en Cali y nos tiraron una granada que explotó a 15 metros. Otra vez, cuando estábamos en los diálogos de paz en el gobierno de Betancur en Santo Domingo, en el Cauca, a uno de los carros en el que viajábamos le llovieron no menos de 200 disparos y al único que no le pasó nada fue a mí. Es Dios, hermanos, es la presencia de él.

Cuando se abrió la posibilidad de participar con el ELN en una negociación de paz y estuve con Gabino y Antonio García, me ofrecí de interlocutor con los paramilitares. Entonces fue cuando viajé desde el Sur de Bolívar hasta el Nudo de Paramillo y le propuse a Carlos Castaño que lo mejor era que él y yo concretáramos la idea de no realizar más secuestros y masacres. Le pedí de manera paciente que lo mejor era que no lo hiciéramos con todo el Estado Mayor de las AUC y que habláramos los dos solos. Se trata de un asunto muy delicado. De hecho, le dije: ‘piénsalo y en la noche nos vemos’.

Cuando Lucio tenía 15 años hizo parte de las milicias urbanas del movimiento guerrillero M-19 en Cali.

Cuando en horas de la noche en el mismo campamento me había quedado para recomponer la idea de la negociación, un grupo de hombres armados me secuestró. Sabía que eran paramilitares. Sentí una grieta que se abría y toda la fuerza de la gravedad caía sobre mí. Inclusive, en esa sensación tan rara, llegué a tener un sabor a metal muy fuerte en mi boca.

La oscuridad era total y el real desconcierto ni hablar, cuando me sacaron del en el que estaba acostado en el catre en un cuarto y me tiraron a la orilla de un camino rural. Pensé que me iban a matar. Pero no. De repente escuché cómo cargaban los fusiles y sentado en el puesto del copiloto empezaron a hablarme, a insultarme y ahí pensé: este es el verdadero demonio. Me pegaban en la cara y me decían los improperios más impensables.

‘Ahora sí le llegó la hora’, me decía un hombre. Hace rato que lo estaba buscando. Después de las cachetadas y los gritos, me comenzó a tirar whiskey en la cara. Hasta que llegamos a un sitio, nos estacionamos en una vereda al lado de un camino polvoriento. Me arrancan la venda de la cara. Y veo que el hombre que me hablaba era Carlos Castaño. Era la verdadera posesión del demonio en un ser humano.

Darío Silva, el pastor de la iglesia Casa Sobre la Roca, casó a la pareja el 15 de diciembre del 2000.

La tortura no paraba y entre más me golpeaban, menos podía liberarme de mis angustias. En ese momento le pedí a Dios que me perdonara por todo lo que había hecho en la vida. Y le prometí a Dios que nunca más volvería a tomar un arma. Le dije a Dios que me dejara vivir con Viviane, con quien llevábamos poco tiempo. Me dolía no poder estar en el amor de mi familia y en el crecimiento de mis hijos, y pienso que ahí viví el arrepentimiento.

Estaba secuestrado cuando escuché por Caracol Radio que daban la noticia de mi muerte. Uno de los secuestradores me dice nos vamos ya. Y yo me dije: ahora si viene el fusilamiento. Entonces fue cuando le dije a uno de mis secuestradores que si me iba a fusilar, que no lo hiciera por la espalda, que lo hiciera de frente y que me dejara a mí dar la orden. Que por lo menos no me fueran a someter a un acto de cobardía.

Llegué a un lugar del campamento en donde estaba Carlos Castaño. Me le presenté  y me dijo que por qué no me dedicaba a escribir. Le pregunté por qué lo decía, si nunca había leído textos míos. Me informó entonces   que tenía un documento que había dejado desencriptado en mi computador en el que me refería a la liberación de unas niñas de Cali secuestradas por el Eln. El que lo dejó desencriptado fue Dios. No fui yo. Fue Dios, porque por ese documento me salvé de ser fusilado. Hablamos entonces durante horas de literatura, historia, guerra, política y medios. Me ofreció un whiskey de 22 años de añejamiento. Yo le dije: ‘se lo recibo pero no con las manos amarradas’.

De repente, Castaño me dijo: –¿qué hace si lo suelto?

–Nunca voy a regresar al monte. Y tampoco vuelvo a empuñar un arma’.

–Listo, Carlos, te suelto, –me dijo Castaño–. Llamemos al Defensor del Pueblo de la época.

El defensor de ese entonces, José Fernando Castro Caycedo, me dijo: ‘Lucio, estábamos esperando la llamada con mi esposa, Patricia. Ya llamo a María Milene, la defensora del pueblo de Córdoba, para que esté allá a las cinco de la mañana’. Cuando me entregó Castaño a la orilla del río Sinú, le dijo que yo no era bandido, que yo era un verdadero revolucionario. Y además que yo era la primera persona que hubiera querido matar y no había podido.

Otro militante del M-19, Eduardo Chávez, también se convirtió al cristianismo. Los acompañó en el culto.

Todas mis victorias de antes, las que hacía sobre mi inteligencia y mi fuerza, terminaron siendo las grandes derrotas. En cada victoria mía, sembraba una nueva hostilidad, un nuevo enemigo o una nueva guerra. Desde que el señor viene derrotándome en el mundo, comienzo a sentir las verdaderas victorias. Cuando el mundo decía derrotaron a Lucio, está en la cárcel, yo estaba renaciendo. Y cuando hoy me dicen bandido y cuanto improperio se les ocurre, les confieso que estoy viviendo mejor momento de vida y de amor entre Dios y mi hogar.

Los que perdonamos hoy lo hacemos porque mañana necesitamos ser perdonados. Hermanos, sin perdón no hay cristianismo. El perdón es una urgencia de la sociedad”.

Lucio tiene cicatrices. Rabia guardada que no logra disimular en ese ambiente de fieles que lo acogen. Con los medios de comunicación, con el fariseísmo. Y no lo esconde: “En Colombia hay una gran diferencia con el Cristo que vivimos en medio de la alabanza y la predicación. Y otra es la realidad de una nación hostil, en donde los predicadores son los periodistas de la radio y la televisión, que siembran escándalo, maledicencia y escarnio. Tenemos un corazón de alabanza de domingo; y de lunes a sábado, de escarnio. Una cultura a veces pareciera orientada por la mujer de Lot, que se volvió sal por mirar siempre hacia el pasado. Y hemos construido una nación intolerante. A mí no me han dejado salir de mi pasado”.

Lea también la historia Lucio al tablero.