“Yo me llamo Luz Amparo Álvarez”

“Yo me llamo Luz Amparo Álvarez”

8 de noviembre del 2011

Ese día Luz Amparo Álvarez se quedó sin voz. Corría el mes de abril de 2011. Era un viernes. La imitadora llegó al camerino de ‘Humor a la carpa’ para calentar su garganta. Al cabo de un rato advirtió que no podía hablar. Su voz se había apagado. Le dieron limón y miel con naranja, y otros menjurjes, pero nada sirvió. Hubo que recurrir a un remedio no muy recomendable: una dosis de esteroides que ayudan a desinflamar las cuerdas vocales, pero que terminan debilitando más al paciente.

Pasó el fin de semana y el lunes a primera hora visitó al otorrinolaringólogo. Éste le dijo que su afonía se debía a unos edemas severos en sus cuerdas vocales causados por su ritmo de vida. Aunque el médico le ordenó un tratamiento que incluía varias inyecciones, lo que más le dolió fue permanecer en silencio durante sesenta días. Sus excesos le habían pasado factura.

Luz Amparo trabajaba cerca de 20 horas al día. Los martes comenzaban sus viajes por todo el país y el exterior para presentar su show. En la mañana se subía en un avión exponiéndose a los aires acondicionados; cuando bajaba, se encontraba con un nuevo clima. Al llegar visitaba emisoras hasta las dos de la tarde. A las 3:00 p.m. iniciaban las pruebas de sonido en los escenarios convenidos. Luego llegaban las presentaciones y, entrada la media noche, estudiaba las noticias nacionales en el hotel y ensayaba los nuevos personajes. Su jornada terminaba a las 2:00 a.m., cuando caía rendida. Y cuatro horas después, de nuevo al aeropuerto, al aire acondicionado del avión, a un nuevo destino…

Luz Amparo Álvarez solía hacer bromas por teléfono imitando a Natalia París.

Comenzó su carrera de imitadora hace 22 años. Por entonces tenía 19, cantaba y tocaba la batería los fines de semana en el restaurante El Castellano, en Medellín. Un día, en una de las mesas se sentó el reconocido humorista Crisanto Vargas, mejor conocido como ‘Vargas Vil’. Al terminar la presentación, el humorista la busco tras bastidores:

—Usted canta muy bien, es versátil y tiene oído, ¿por qué no me busca en la emisora y trabaja con nosotros?

En 1989 sus primeras imitaciones fueron la voz de ‘Topoyiyo’ y ‘Petete’, dos muñecos que por entonces aparecían en televisión. Siguieron una decena de personajes femeninos de la vida nacional. Durante los cinco años que trabajó en el ‘Manicomio de Vargas Vil’ pasaron varias cosas: se casó con un primo hermano catorce años mayor que ella –relación que finalizó tres años más tarde– y entró a estudiar técnica vocal al Instituto Metropolitano. Entretanto, todos los días cuando se bañaba imitaba a sus cantantes preferidas, Cindy Lauper y Madonna.

A principios de 1994 la llamaron de RCN Radio, donde le propusieron trabajar en el programa de humor ‘La Zaranda’. El reto era grande para la mujer que se desprendía de la sombra de Crisanto y llegaba a la nube de Tola & Maruja y Los Marinillos. Era la época de la muerte de Pablo Escobar, asesinado a finales de 1993, y el inicio del proceso 8.000. Paola Turbay era Miss Colombia y virreina universal de la belleza, mientras una joven modelo, Natalia París, empezaba a ocupar las portadas de las revistas.

Para constatar que sus imitaciones fueran creíbles, Luz Amparo acudía a Jorge, su hermano mayor. Solía llamar a las casas de las pretendientes de éste imitando la voz de Natalia París. Las niñas, sorprendidas, le preguntaban al muchacho si era verdad que estaba saliendo con la modelo paisa.

Para Luz Amparo, unos de los personajes más difícil de imitar es su compañera en ‘Yo me llamo’ Amparo Grisales.

Cuando a Leonardo, su papá, la gente que lo visitaba en la litografía le preguntaba qué hacía su hija, él les entregaba pequeñas tarjetas que decían: “Luz Amparo Álvarez: Cantante y Humorista”. De él heredó el buen sentido del humor. Leonardo saludaba a todo el mundo por su nombre, hacía comentarios inteligentes y le alcahueteaba todo a su niña mimada.

Pero fue su mamá, doña Fabiola, quien más se entristeció cuando vio a Luz Amparo partir hacia Bogotá con una maleta cargada con cinco mudas. La joven tenía muchas ganas de salir adelante y le dijo a sus padres que la emisora le iba a pagar un salario muy bueno y, además, la ubicarían en un buen sitio para vivir. Pero eran mentiras piadosas. La artista llegó a vivir donde una amiga de una amiga en el barrio Niza. El sueldo que le ofrecieron apenas le alcanzaba para pagar una habitación, la alimentación y el transporte.

Como a la emisora entraba a las tres de la tarde, decidió trabajar en las mañanas en una empresa donde vendía toures y viajes en cruceros con los que ella misma soñaba, pero nadie compraba. Al mes tuvo que abandonar el lugar donde se alojaba. Entonces le pidió a ‘Vargas Vil’, quien ya vivía en Bogotá, que la dejará quedar unos días en su apartamento. Era tanta la pena que eso le causaba, que un día le dijo al humorista que ya había conseguido donde vivir. Otra mentira piadosa.

Salió con una maleta a caminar las calles del barrio Palermo. Tarde, sin mucho dinero en el bolsillo, pensó en devolverse a Medellín. Pero se apareció un ángel guardián: era el periodista Guillermo Cardona, que iba caminando hacia su apartamento con el caricaturista Chócolo.

Gracias a su talento como imitadora y comediante, pasó de vivir pidiendo posada a comprar su casa propia y montar su empresa.

—¿Y vos qué haces a esta hora por acá sola? ¿Quéres ir a tomar agua de panela a la casa, y hablamos ‘paja’ con el Chócolo?

La tomada de agua de panela duró más de tres meses. Las cosas mejoraron un poco, pero cuando Guillermo viajaba, Luz Amparo preparaba un ‘sudado’ de pollo para todo el fin de semana. Seguía sin dinero. La vergüenza volvió a atraparla y abandonó el apartamento. Volvió a pedir posada, esta vez a Saulo García, ex integrante de Los Marinillos, con quien después conformaría el grupo Virus.

Su nombre fue creciendo por las mil voces que acompañaban a los colombianos cada tarde. Tal vez por ello, cuando la llamaban para un show, ella decía: “sí, yo me llamo Luz Amparo”. Por esos días conoció a César Escola, quien la invitó al programa ‘La Banda Francotiradores’. Comenzó una época de caracterización fiel, en cuerpo y alma, de cada personaje. Empezó a ganar un buen salario, el reconocimiento que da la televisión cambió su manera de vivir de manera radical. Pasó de compartir apartamento y cocinar pollo sudado a comprar su propia casa y celebrar sus cumpleaños en Harry’s Bar.

Su genialidad se vio expresada al máximo con papeles como el de Ester Tulia, ‘La segunda dama de la nación’: un personaje que recordaba un poco a ‘Néstor Elí’, el celador interpretado en los noventa por Jaime Garzón. El personaje era una caricatura con humor político que evidenciaba las triquiñuelas del poder. En los mentideros bogotanos también se comentaba la incomodidad que le producía a María Emma Mejía que la imitaran con tanta perfección.

Luz Amparo se dio cuenta de que su voz le daría el sustento. Sería su principal herramienta de trabajo. Entonces, inició clases particulares con profesores expertos en técnica vocal. El cubano Ramón Calzadilla le sugirió que se dedicara mejor al canto, porque si seguía imitando iba a malograr irreversiblemente su voz. Fue tanta la seriedad con la que le dio el consejo, que un día decidió no volver más a clases porque, según su profesor, seguir emulando a Ana Gabriel iba a terminar perjudicando sus cuerdas vocales de por vida. Coincidencialmente, Luz Amparo dice que una de los personajes más difíciles de imitar es Amparo Grisales, su compañera en el jurado del programa de televisión ‘Yo me llamo’, porque tiene una voz afónica, que además emite desde el estomago.

Contando a la Grisales, son más de 40 personajes los que representa en el show ‘Que Dios nos ampare’. En aquel montaje teatral conoció a su segundo esposo, el productor musical Ricardo Prado.

—Como en casa de herrero, cuchillo de palo. Mi sueño siempre ha sido hacer un disco, ya llevamos cinco canciones montadas, pero Ricardo no me saca el tiempo– dice Luz Amparo, mientras suelta unas risotadas que alegran el ambiente.

Luz Amparo sabe que la belleza y la fama en televisión son efímeras. Por eso hace tres años inició su propia empresa de cosméticos. Todo surgió después de vivir en ‘cara’ propia los efectos que producen los maquillajes, la luz artificial, los rayos solares y la propia vida. ‘Pasarella’, como se llama la compañía, funciona como una solida matriz que tienen desde gerente financiero hasta expertas en cursos de belleza.

Mientras se prepara para ir al teatro donde se transmite ‘Yo me llamo’, habla por teléfono con su esposo para ver qué va a almorzar, atiende una reunión para apoyar una fundación de artistas y le dice a una de las impulsadoras de Pasarella:

—Mija, ¿esta semana hay cobritos?, esto está duro, pero hay que meterle todas las ganas, mi amor.

Lea también: “Yo me llamo Jairo Martínez”