El hombre poseído por Picasso

El hombre poseído por Picasso

13 de octubre del 2011

Entró sin pedir permiso una madrugada del 8 de abril de 2003. Quizá fue Picasso, quizá un espíritu burlón o un delirio que permanece después de ocho años. Desde esa madrugada, Luis Restrepo abandonó su trabajo y se dedicó a pintar y esculpir más de 300.000 obras, según él, guiado por el espíritu del maestro español Pablo Picasso.

Luis Restrepo recuerda que estaba sentado en la mesa del comedor iluminado por una lámpara de techo mientras diseñaba unos muebles para su empresa. En la mesa reposaban lápices, pocillos de tinto vacío y semivacíos y montones de hojas blancas. Ya había pasado la media noche y él sabía que el trabajo podía extenderse hasta el amanecer. Espantaba el sueño tomando los resquicios de tinto y continuaba pintando sillas, mesas y escritorios de oficina.

A la una de la mañana empezó a sentir que la mano derecha se movía sola. Comenzó a rayar las hojas, a rayar la mesa, a romper minas de lápices. Sentía la mano helada. No podía controlarla. Comenzó a gritar.

Jazmín, su esposa, despertó sobresaltada y corrió descalza al comedor. Pensó que le había dado un paro cardiaco. Que se estaba ahogando. Al llegar, lo vio con los ojos aterrados, gritando como un loco y llorando de miedo.

–Ayúdeme mija -–decía Luis– No sé qué me pasa.

Jazmin veía cómo la mano de su marido se movía a gran velocidad sobre la mesa dibujando rayas, bolas, más rayas, y más bolas. Ella pensó que se había enloquecido o que estaba poseído.

–Me eché la bendición –recuerda Jazmín– Yo no creo en el diablo, pero ese día pensaba cualquier cosa.

Luis empezó a gritar: “¡Quién está ahí, Virgen Santísima, quién está ahí!”. Los trazos tomaron forma. La mano escribió “Picasso, Picasso, Picasso…”. Sintió un frió que provenía de sus entrañas. Tenía miedo de perder la cordura. Escuchó una voz en el interior de su cabeza que nombraba a Picasso repetidas veces. Durante cuatro horas gastó quince lápices, centenares de hojas y dañó la mesa del comedor.

Hasta hace ocho años Restrepo no había pintado nunca. Desconocía la diferencia entre un óleo y una acuarela.

La esposa marcó el número de Pedro Restrepo, el hermano del poseso.

–Pedrito, ayúdeme, es Lucho, mi marido…. No sé… está… está como loco…grita Picasso, llora y me pide hojas…

Al otro lado del auricular, Pedro le dijo que podía tratarse de un espíritu chocarrero. Jazmín no sabía si era mejor tener un espíritu en la casa o un marido demente.

A las cuatro de la mañana, Luis pudo soltar el lápiz. Estaba exhausto. Se sentó en la sala y durmió hasta las siete de la mañana. Cuando despertó escuchó una voz interna que le decía que no tuviera miedo, que él era Pablo Picasso y que su misión era enseñar a un hombre en la tierra y que ese hombre era Luis.

El elegido se tomó un baño creyendo que estaba enloqueciendo. Intentó ignorar la voz que se adueñaba de su mente. No podía creer que le estuviera pasando algo sobrenatural. A la 1.30 p.m. tomó un bus hasta la casa de Pedro para que le ayudara.

Los dos hermanos se sentaron con enciclopedia en mano para leer la biografía del maestro español. Nació el 25 de octubre de 1881 en España. Durante su vida pintó, se casó, siguió pintando, se separó, tuvo novias, amantes, su obra pasó por varias etapas como el primitivismo, el protocubismo y el cubismo. Su vida fue una constante entre evolución pictórica y relaciones fallidas. Finalmente murió el ocho de abril de 1973. Pedro se quedó pensativo. Se puso a hacer cuentas mentales y luego, en tono de sorpresa, exclamó: “¡hoy es ocho de abril! Han pasado 30 años de la muerte del maestro”.

Para Luis, antes de ese día, Picasso era un pintor español muy famoso,. Nada más. No le interesaba el arte ni había pintado un cuadro. No sabía la diferencia entre un óleo, una acuarela, un pastel o un carboncillo. No se explicaba por qué llegaba el espíritu de un artista tan importante a un barrio estrato 2 en el occidente de Bogotá, a invadir la mente de un hombre que jamás había pintado, que no tenía nada que ver con España y pensaba que Las señoritas de Avignon eran unas damas distinguidas de Francia o algún otro país europeo.

Físicamente, Picasso y Restrepo son muy distintos.

Cuenta que el maestro le enseñó a pintar como a un niño. Lo reprendía, le cogía la mano con fuerza contagiándolo del frío de la muerte. Le tocó aprender a rayar con arte, identificar técnicas, combinar colores. La voz de Picasso llegaba en cualquier momento; lo despertaba, interfería en las conversaciones con su esposa. Acostumbrarse a convivir con un espíritu en la mente fue lo más difícil del proceso.

–Nunca he soñado con él, el día que suceda sé que me voy a morir.

–¿Por qué?

–Simplemente lo sé. Eso es algo entre él y yo.

–¿Y hasta cuándo va a permanecer el espíritu?

–Hasta que yo me muera.

El discípulo de Picasso es un hombre de 58 años. Al hablar se toca la barbilla y mira por la ventana como buscando una inspiración divina o, en este caso, ‘picassiana’. Él es la antítesis de Picasso. No es bajito, no es calvo, no le gusta la bohemia y tampoco es mujeriego.

Frente a él hay una biblioteca construida con tablones. Hay más de cien revistas Art Review, más de 20 libros de lujo de editorial Taschen avaluados, cada uno, en más de 300.000 pesos. También hay cartillas de espiritismo y de experiencias sobrenaturales. Los libros son regalos de su hermano. Él es quien ha alimentado desde 2003 el arte o la locura de Luis: Paga servicios, hace mercado, compra enciclopedias, óleos, acrílicos, lienzos y pinceles.

–Si no fuera por mi hermano estaría en un manicomio. De la impotencia me hubiera enloquecido. Pedrito creyó en mí cuando me vio pintar. Él es todo.

Pedro es más viejo que su hermano. Tiene el pelo plateado y los ojos azules. Su voz es pausada. Es dueño de una empresa de diseño y publicidad. Dice que Luis tiene el mismo trazo de Picasso. Para entender la situación ha acudido a fundaciones espiritistas, a médiums y a libros de temas paranormales.

Dice que los médiums del médico Gregorio Hernández son una prueba de que los espíritus se apoderan de las personas. También hay médiums en Brasil que hacen cirugía en estado de trance y testimonios de personas que realizan pintura automática. Esto consiste en hacer, en tres minutos, obras pictóricas de artistas fallecidos. La diferencia entre los casos mencionados con el de Luis Restrepo es que él no entra en trance. Lo hace consiente.

Está preocupado. Los años pasan y todo sigue igual. Su hermano no trabaja, sólo se dedica a pintar. No ha vendido ninguna obra. No ha visitado galerías. Pedro le da teléfonos de curadores de arte, de galeristas, pero nunca llama. Dice que Luis pretende que la fama llegue de la nada, como le llegó el espíritu del maestro. Tiene más de 300.000 pinturas y esculturas y centenares de ellas se han dañado con la humedad.

Jamás ha vendido un cuadro y se rehúsa a ofrecer sus obras a galerías y curadores. Espera que la fama le llegue de la nada.

–Le he dicho que vayamos a donde un espiritista para que nos explique cuál es la finalidad de todo esto. Yo merezco una explicación porque he sido el mecenas, pero él no quiere ir. Cada vez que le insisto, terminamos discutiendo.

El sucesor de Picasso se ofusca cuando le hablan de espiritistas. Afirma que no necesita demostrar nada. Que es un insulto pedirle pruebas.

–¿Acaso piensan que soy un mentiroso? Si esto fuera un montaje yo sería un berraco en hacerle creer a todo el mundo este cuento durante tantos años. Sería un genio de la trampa y el engaño.

Está sentado en la sala de su apartamento, ubicado en el cuarto piso de un edificio de Fontibón. Es un taller con baño y cocina, como dice su esposa. Luis es la sombra de Picasso y Jazmín es la sombra de su marido.

Ella dejó de recibir visitas, le da pena su casa. Cuenta que antes de la intromisión del pintor español, el apartamento era el más bonito del edificio. Cada dos años cambiaba de muebles y cortinas, tenía esculturas de porcelana en una mesa de vidrio. Cuando los óleos y acrílicos invadieron su casa, las porcelanas y portarretratos quedaron relegados en un rincón del armario del cuarto, las cortinas se mancharon al igual que el tapete y las visitas se hicieron cada vez más escasas. Los rumores circulaban en los pasillos: Don Luis se había deschavetado.

Jazmín es una mujer aterrizada: escucha música romántica, ve telenovelas y todo el día está en la cocina. Ama a su marido. Durante el día le ofrece tinto e intenta hacerle mimos. Él no le hace mimos, no la mira, pero si no la tiene cerca, la extraña. Ella cree la historia de la posesión porque considera que es imposible inventar semejante cuento. Si es locura, ella estaría más loca que él.

Luis Restrepo está seguro de que el espíritu de Picasso lo acompañará hasta su muerte.

En la habitación principal hay unos trazos mal cubiertos con capas de color blanco.

–¿Qué pintura había?

–Una de esas cosas que hace esa lucho. Usted sabe como son los artistas –Jazmín se pone colorada– es que… pintó unos garabatos desnudos. Él quería darme la sorpresa y yo, pues claro, me sorprendí, me puse bravísima mijita, imagínese que uno llegue a la casa y vea semejante cosa ahí –y señala la pared– eso es una vulgaridad. Pero eso sí, ahí mismito él lo cogió y lo quitó.

En la sala Luis se ríe. Picasso se ríe en la mente de Luís.

–A Picasso le gusta el erotismo, los dos nos reímos, el maestro en mi cabeza y yo a carcajadas.

En las paredes y en las mesas hay figuras fálicas y vaginales. Penes de papel que encajan en vaginas cubistas. Jazmín las ve y sale espantada a la cocina. Luis Restrepo se ríe de la ingenuidad de su esposa.

–Qué cuenta Picasso del más allá

–El maestro está en el mundo de los espíritus. Es energía pura, pero entre esas energías se identifican. Por ejemplo, Picasso reconoce a Miró, a Dalí, habla con ellos, están en el mismo plano.

Según Luis Restrepo, Picasso está por fuera del tiempo y el espacio. No hay pasado ni futuro: es eternidad. Allí las almas son energías puras que se identifican de las otras por que conserva su esencia, por eso él puede hablar con los demás seres, no con los labios, sino con un sentido superior. El maestro está por encima del nivel cincuenta. No sabe cuántos niveles hay por la luz que hay sobre su espiritual cabeza, pero puede ver los que están abajo. Ve los primeros planos donde están los violadores, los sicópatas y personajes como Hitler o Napoleón, que sollozan en la mazmorra de la eternidad. No se puede subir ni trascender hasta que no se pague lo que se ha hecho en la tierra. La forma de pagar es la reencarnación.

Supuestamente, entre los designios de la divina providencia, Picasso debía enseñar a un ser humano para que continuara su legado. Durante varios años terrenales, y la atemporalidad de la muerte, el maestro español buscó hasta que escogió a cuatro: un francés, un español, un mexicano y un colombiano; es decir, Luis Restrepo. Los tres primeros eran artistas. Tenían vicios en el arte, y Picasso prefería enseñar a una persona desde el principio, que corregir vicios. Por eso escogió al colombiano.

–Le voy a hacer un regalo –dice Luis parándose del sillón de la sala para desplazarse a la mesa del comedor, el mismo lugar dónde sintió la posesión. Busca acrílicos de un cajón y un cartón. Está contento. Picasso le dio permiso de publicar su historia en una revista.

En la cocina suena una olla a presión y la voz de Rocío Dúrcal. Al artista le molesta el ruido pero no dice nada. Si Jazmín ha logrado convivir con un espíritu, él debe tolerar los gustos musicales y las telenovelas de su esposa. Es un pacto tácito que ha funcionado.

Sobre el cartón pinta el perfil de una mujer con acrílico negro y verde. Demora tres minutos. Luego lo sopla para secar la pintura y lo extiende con una advertencia.

–¿Usted sabe cuándo puede costar esto? puede valer una millonada. ¿No ve que es de Picasso y el vendía obras hasta en 40 millones de dólares? Por eso es que no he vendido nada. Voy a empezar a comercializar mi arte cuando la gente reconozca mi firma. Eso es lo que quiere Picasso.