“A mi papá lo secuestró Gacha y estaba orgulloso de eso”

5 de agosto del 2013

La hija de un prestigioso abogado, víctima del ‘Mexicano’, cuenta cómo una familia vive en carne propia los crímenes de la mafia colombiana.

Víctima de Gacha, Kienyke

Llevo muchos años con ganas de contar esta historia. Mi nombre es Mariángela Ortega * (mi papá quiso que mi nombre fuera así pegado, nada de María o Ángela separado). La figura de mi papá siempre ha sido un misterio para mí. Lleva casi 22 años muerto y no es fácil hablar de él. Se llamaba Pablo Ortega*, tenía cuatro hijos y una esposa. Tengo vagos recuerdos de él. Era de esos papás que son distantes, pero a la vez lo admirábamos por su gran humor y capacidad de convencimiento.

Mi papá no era ni traqueto, ni guerrillero. Era un abogado penalista muy prestigioso, que no supo escoger a sus clientes y confundía la amistad con los negocios. Sé que lo mataron unos sicarios y lo secuestró Gonzalo Rodríguez Gacha.

Hace unos días cuando leí en KienyKe el artículoTras los rastros de Gacha mi mente viajó al pasado. Vi el portón de la finca Cuernavaca en las fotos y recuerdo que ahí fue que lo retuvieron durante su secuestro porque él nos llevó después a mostrarnos el sitio. Yo tenía 10 años y jamás he vuelto a Pacho (Cundinamarca).

Uno de los pocos recuerdos nítidos que tengo de él es cuando me llevaban a su oficina y yo me escondía a comer cubitos de azúcar, de esos que no volví a ver, y a jugar con la plastilina azul de la máquina de escribir. Sin embargo, yo creo que nunca lo conocí, ni tuvimos una conversación real. En cambio muchos de los recuerdos que tengo suyos están atados a momentos miedosos.

Uno de los primeros fue el 6 de noviembre del 1985. Me acuerdo que todos estábamos frente al televisor viendo la toma del Palacio de Justicia, en donde estaba unos de los mejores amigos de mi papá, quien era magistrado de la Corte Suprema de Justicia y murió ahí. Fue una muerte de esas espectaculares que quedan registradas en la mente de un niño.

Exactamente al año, un 6 de noviembre de 1986, mi papá estaba con mi hermano menor que tenía cuatro años por esa época. Estaba recién separado de mi mamá y se había quedado con el niño. Cuando lo estaba llevando a el jardín unos hombres, que decían ser del F2 -oficina del DAS que tenía fama de ser la mano oscura de esa entidad- lo pararon y se montaron con ellos al carro. Él pidió que lo dejaran llevar a su hijo donde la mamá. Mi madre cuenta que timbraron y estaba mi hermanito solo con la lonchera.

-¿Dónde está tu papá?

-Se fue con unos amigos y me dejaron acá.

Ella inmediatamente supo que lo habían secuestrado porque él ya la había advertido. Mi mamá entró a mi hermanito y puso al tanto a la policía. La policía montó retenes a las salidas de Bogotá, pero no lo encontraron.

Desde ese día recuerdo que a nuestro teléfono anaranjado ochentero le pegaron una grabadora gigante. Mi drama de ese momento era que mis amigas no me podían llamar, pero yo no sabía qué estaba pasando y creo que mis hermanos tampoco. Solo veíamos mucha gente en la casa, se notaba la tensión, pero yo seguía yendo al colegio normal.

-Alo, quiubo, estoy bien. Mañana la llamo- fueron las palabras de mi papá en la primera llamada a la casa. Era evidente que le habían pedido actuar como si nada estuviera pasando.

A él le gustaba vivir al límite y no se daba cuenta que nos involucraba y ponía en peligro. Inmediatamente lo secuestraron él supo que había sido Gonzalo Rodríguez Gacha, porque uno de sus clientes le debía plata a ese narcotraficante. El cliente era un político duro de Cundinamarca. Todo un malandrín. Yo recuerdo ir a su finca en los Llanos Orientales y a la primera comunión de sus hijos porque eran muy amigos. El señor se había metido en un negocio de lavado de activos con Gacha cuando estaba despegando en su carrera criminal.

Las llamadas de mi papá siguieron al día siguiente. Decía que estaba bien, que no se preocuparan, pero después pasaron muchos días sin que diera alguna señal de vida.

Ese fue el momento más miedoso porque no estaba en manos de cualquiera, sino del temido ‘Mexicano’. Además, los hombres de Gacha estaban decididos a recuperar el dinero de su ‘Patrón’ como fuera y a él lo que lo salvó fue su increíble capacidad de convencimiento. Le pidió a sus captores dos cosas: que lo dejaran llamar a la casa y que le permitieran hablar con su jefe. “No es posible, es un hombre muy importante”, le respondían. Mi papá les dijo: “Tráiganlo y yo negocio con él mi libertad y lo que está pendiente”.

Lo primero que logró es que los secuestradores llamaran a mi mamá. “El padrino le manda a decir que cómo están los ahijados”, mi madre entendió el mensaje y respondió que “bien”.

Durante esos días de encierro lo trataron como a un secuestrado de otro nivel: le daban comida y le llevaban el periódico. Se portaron “bien”, digo yo, me imagino que porque era una cuestión de negocios y mi papá era un “doctor”. Sin embargo, estaba encerrado en un baño de unos cuantos metros, por el que podía ver a través de una ventaba chiquita que estaba en el campo, en tierra fría y que había un río cerca, que pensaba seguir si lograba escaparse. No tuvo que emprender esa huida.

Gonzalo Rodríguez Gacha, Kienyke

“Yo intuyo que en el fondo mi papá, como muchos otros en este país, admiraba a hombres como Gacha, porque tenían dinero y una actitud abiertamente traqueta”.

Después de insistir mucho en ver a ese “gran jefe”, que era Gacha, lo sacaron del baño con la cabeza tapada. Estaba en una casa vieja con el piso en madera que hacía que sonaran fuerte los pasos de unas botas vaqueras acercándose. Supo que venía ‘El Mexicano’, pero no le podía ver la cara. La imagen que tengo, y que contó mi papá después, es la de unas botas de cuero de culebra con punta de oro. Jamás lo olvidaré, se me quedó grabado como si yo lo hubiera visto.

– Vea, yo respondo, yo le pongo a su nombre mis propiedades.

No se sabe por qué Gacha accedió a dejarlo libre. Además tranzaron un valor menor del de la deuda inicial. Mi papá no era millonario, pero sí exitoso, y gracias a su capacidad de convencimiento se había forjado un gran prestigio desde joven como abogado. Ahora que lo pienso Gacha debía estar en sus inicios para preocuparse por una deuda de 50 mil dólares que para uno es mucho, pero para un mafioso como él no es nada. O así sería su gran ambición de dinero. Me causa mucha curiosidad que por esa suma se tomen todo el trabajo que requiere secuestrar a una persona.

A los días mi mamá tuvo que poner a nombre de un testaferro de Gacha nuestro Renault 18 y la casa. Lo extraño es que jamás cobraron porque al intermediario de ese negocio lo metieron a la cárcel y ‘El Mexicano’ decidió no arriesgarse por esa platica.

Mi papá decía que volvió con el mismo papel periódico que se había metido “entre el culo” con el nombre de Gacha por si lo mataban para que supieran quién había sido. Cuando lo dejaron libre llamó del centro de la ciudad para que lo recogieran y al poco tiempo (era muy loco) nos llevó a Pacho.

Vimos la reja de la hacienda Cuernavaca y las flores moradas de una enredadera. Mientras nos mostraba dónde era que lo habían tenido, llegaron los secuestradores en un jeep descapotable. Había algunos tipos en el platón, así que tuvimos que arrancar rápido en el carro. Recuerdo que mi mamá manejaba y nosotros nos acurrucamos con mi papá en el piso del carro para que no nos vieran. Es impresionante pero fue hasta que vi las fotos de Cuernavaca que recordé todo esto.

Después de esos episodios, él contaba con mucho orgullo que había hablado con Gonzalo Rodríguez Gacha y se le subían los sumos al decir que lo había convencido de soltarlo.

Pasaron cinco años y mi papá trató de acercarse a nosotros, aunque se notaba que le costaba. Sin embargo, nos visitaba y acompañaba.

El día que mi papá murió yo tenía 14 años y el 46. Fue un 12 de noviembre de 1991 y me faltaban unos días para cumplir 15. La noche anterior no me quise despedir de él por estar viendo a Paola Turbay el día que la nombraron reina nacional de la belleza.

Al siguiente día tenía un examen y recuerdo que pasó algo que para mí fue esotérico. Estaba en plena formación y me dolió tan fuerte el pecho que me caí. Tenía los nervios de punta y debía presentar un examen, apenas puse mi nombre y entregué la hoja en blanco.

Acto seguido me fui a un baño a llorar y le escribí en papel higiénico una carta a mi mamá diciéndole que me iba a vivir con mi papá. Llegué a la casa con cara tristeza. Entré y había mucha gente. Era obvio que algo había pasado. Pensé que había sido a mi mamá, pero mi tía me agarró de los hombros, me pidió calma y me contó que habían matado a mi papá. No pregunté qué había pasado. Ahora pienso porqué no dije: ‘¿cómo así que lo mataron?’ Era muy confuso y recuerdo que toda la tarde vi el Correcaminos. En la noche me llevaron a la funeraria a donde me encontré con mi madre. El cuerpo no había llegado, pero cuando lo entraron, como a las 9 p.m., me flaqueron las piernas.

Pasaron años para armar el rompecabezas. Una hermana de mi papá nos reunió en alguna ocasión y nos contó que a mi papá lo habían matado exactamente por lo mismo que lo secuestraron: dio su palabra por un amigo.

A ese “cliente amigo” lo habían secuestrado y para que lo liberaran mi padre dio su palabra de que sí iban a pagar. Creó que había un lío de armas involucrado, pero lo que es seguro es que el tipo huyó del país. Además, sospecho que había gente del grupo de los Extraditables metidos ahí. No sé si el propio Pablo Escobar, porque no me he atrevido a investigar.

Un martes en la mañana entraron unos hombres a su oficina y amordazaron a la secretaria con sus medias veladas. A mi papá lo acribillaron y ella alcanzó a escuchar desde su puesto que le decían “lo matamos por incumplido”.

Lo más duro para mí es que él se murió triste, cuando apenas se estaba dando cuenta que le faltaba acercarse a nosotros. Seguro se cuestionaba sobre lo que hizo de su vida, su separación con mi mamá, las veces que nos puso en peligro. Pero aunque mi papá tenía dificultades para expresar sus emociones puedo decir que tenía un sentido del humor increíble y siempre trato de acordarme de eso. Su canción favorita era ‘Soy un hombre divertido’ de Wilfredo Vargas. Creo que soy la única persona en el mundo que llora cuando escucha esa música.

Yo intuyo que en el fondo mi papá, como muchos otros en este país, admiraba a hombres como Gacha, porque tenían dinero y una actitud abiertamente traqueta.

De ese mundo enredado y sucio hace años no sabemos nada. Mi familia es ajena, nadie es abogado, ni se mete en líos. Yo soy sicóloga y trabajo en pro de los derechos humanos. Ni con mi mamá o hermanos hablamos mucho del tema. Yo prefiero contar de sus chistes y su obsesión por filmar videos familiares. Por eso esta es la primera vez que hablo abiertamente de él.

Mi conclusión es que a pesar de lo que pasó él seguirá siendo para mí un modelo de inteligencia. Ahora si me preguntan creo que su muerte fue un desperdicio. Si él viviera lo entendería mejor ahora que soy mayor y podría pedirle un abrazo de reconciliación.

Hace unos años me encontré en la calle a uno de sus amigos. Se puso a llorar cuando me vio y me dijo: “Su papá era el mejor hombre de este mundo”. Tal vez lo fue, no lo sé, aunque no supo diferenciar los negocios de la amistad y dar su palabra le costó la vida.

*Algunos nombres en este artículo fueron cambiados por protección de las fuentes.

@JuanaRestrepo87

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