“A veces me defino como un voyerista social”: Alfredo Molano

“A veces me defino como un voyerista social”: Alfredo Molano

21 de Agosto del 2014

Por @Lauquiceno

Fue un día triste en Neiva, cientos de campesinos de El Pato (Huila) se agolpaban en las tribunas del estadio. Alfredo Molano estaba en medio de niños sin zapatos, hombres con manos rugosas de trabajar en el campo y una anciana que lo esperaba para contarle la historia de su éxodo.

Los rostros de los desplazados, de aquellos caminantes sin rumbo definido, marcaron la vida de este sociólogo colombiano y esa campesina le reveló el poder de contar en primera persona las heridas de la guerra en Colombia.

—La voz de una anciana contándome la vida de atropellos que había sufrido desde niña, con los bombardeos, la violencia de los chulavitas, del ejército y la policía me conmovió profundamente. Su voz, la tonalidad y su manera de usar la primera persona me marcaron. Yo había leído mucho a Juan Rulfo y encontré en ella la expresión de los personajes de este autor. Parecía que estuviera esperando a alguien para contarle su historia.

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Molano usa tenis, una manilla wayúu roja y un collar de coral que consiguió en La Guajira y que lo acompaña desde hace treinta años. Lleva los zapatos al sofá en el primer minuto de la entrevista y rompe con la solemnidad de los primeros encuentros, “tengo tenis de todos los colores, ayer tenía unos rosa”, dice, y así con los zapatos sobre y fuera del sofá habla por más de una hora de su vida, las amenazas de Carlos Castaño y su visión sobre el proceso de paz.

El pelo gris, las arrugas y algunas pecas revelan su pasión por el movimiento, los viajes en lancha y los recorridos con sol y humedad. Su expresión seria en las fotos, como si estuviera frunciendo el ceño en los encabezados o en sus libros, es en realidad más reposada cuando se siente en casa.

El autor de ‘Desterrados’,Del Llano llano’ ‘Selva adentro’ y ‘Aguas arriba’ se define como un caminante al que le gusta regresar a la Macarena y al sur de Tolima. Confiesa que todavía le falta conocer algunos lugares como el ‘Cañón de las Garrapatas’, límite entre el Valle y el Chocó.

—Los cuentos que cuenta la gente para mí han sido siempre una fuente de conocimiento y tienen una atracción superlativa. A veces me defino como un voyerista social, me gusta mirar, saber lo que la gente piensa. Cuando estudiaba sociología en la universidad decían: “Lo que no es medible, no existe” y eso era una camisa de fuerza muy grande. Los números no tienen la elasticidad de la vida. La flexibilidad, los recovecos y los entuertos que tiene la vida.

Uno de los primeros periodistas en hablar sobre el fenómeno de la coca en Colombia y su expansión, de adentrarse en territorios olvidados de La Guajira y Guaviare, de denunciar el crecimiento del paramilitarismo en Colombia, considera que hay algo que sí ha cambiado en todos estos años de recorrido.

¿En qué se diferencia el Alfredo Molano de los setenta al de hoy?

En que tenía más pelo (risas)… que pregunta tan jodida. Ya no tengo tanto entusiasmo por ciertos procesos. La lucha armada cumplió su posibilidad y su ciclo histórico en Colombia. En los años setenta yo era un defensor por lo menos teórico de la revolución armada.

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“Carlos Castaño dijo que yo le había hecho más daño a él que a la guerrilla”

¿Quién es Alfredo Molano?

A veces pienso que lo único que soy es un caminante.

¿Cuál fue la primera crónica que escribió para un medio colombiano?

Mi primera publicación fue sobre Guaviare, donde muy poca gente en Colombia había descubierto los cultivos de coca, sobre la coca no se hablaba y ese mundo que descubrí en ese departamento tenía una vitalidad y una fuerza enorme . El narcotráfico estaba tomando unas dinámicas y unos rumbos que no se conocían en el resto del país. Publiqué esa crónica en 1979 en El Espectador y después de ese texto vino el libro ‘Selva adentro’.

¿En esa crónica estaba la idea de narrar en primera persona?

No. En realidad la idea de la primera persona nace con un conjunto de testimonios de colonos de Puerto Lleras y yo no sabía cómo armar eso en el informe, no me cuadraba por ningún lado. Porque todos hablaban desde la primera persona, y la primera persona da la posibilidad de mirar desde adentro, no desde afuera como la tercera persona. La relación con los colonos había sido tan intensa, que me mostraron un mundo nuevo y yo me identificaba con esa mirada. De utilizar la primera persona viene el debate de si eso que yo escribo es literatura o periodismo. Porque claro que tiene acentos subjetivos que yo defiendo. Eso de hablar en tercera persona me sabía a informe institucional o académico y por eso a través de la primera persona me metí en el mundo de ellos más directamente.

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¿Cómo le han servido las historias orales para entender fenómenos como la tierra y el paramilitarismo en Colombia y en qué se diferencia de las cifras?

Tengo la sensación de que los números y las cifras son modos de evadir la realidad, de congelarla. La realidad es mucho más dinámica, tiene mucho más de subjetivo, de pasiones, de dificultades y de luchas. La otra es una expresión fría.  Nunca pude acercarme a esa metodología. Recuerdo una frase que me repetían en la universidad que decía: “Lo que no es medible, no existe” y eso era una camisa de fuerza muy grande. Los números no tienen la elasticidad de la vida. La flexibilidad, los recovecos y los entuertos que tiene la vida.

¿Por qué decide exiliarse?

En la medida en la que el paramilitarismo fue sacando la cara empezaron una serie de ejecuciones ejemplarizantes, con el argumento que si se mataba a uno públicamente se evitaban otras muertes. Ese es el argumento del terror, por eso mataron a Jaime Garzón. Entonces escribí un artículo muy duro contra Castaño que se titulaba: ‘Da miedo’ y  a los quince días me llegó un libro de él, ‘La historia negra del comunismo’  y la dedicatoria era: “La historia a usted lo puso en un lado y a mí en otro. Vamos a ver quién tiene la razón”.

Después en la Revista Semana y en su libro repite que yo le había hecho más daño a él que a la guerrilla, entonces comencé a temer por mis hijos. Hubo varias muertes alrededor mío, de periodistas, de conocidos. Las cosas se fueron complicando con mis artículos y yo ya sentía la cercanía de esa gente. Inclusive porque hasta el mismo gobierno me recomendó abandonar el país. Trabajaba con Ernesto Samper en la Consejería de Paz y él me dijo: “Definitivamente no podemos defenderlo, váyase.”

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¿Y para dónde se fue?

Para Barcelona porque me dieron un estatus de protección especial, para los defensores de derechos humanos. Estuve tres años en España y luego estuvé en la Universidad de Stanford con una beca y luego me contrataron de profesor otro año en la misma universidad. Así que estuve en el exilio cinco años.

En la Revista Cromos decía que una de las cosas que había aprendido durante el exilio era el computador. ¿Qué otras cosas aprendió?

Pues básicamente eso. Todos mis libros anteriores fueron hechos a mano, con lápiz y borrador. Pero con el computador estaba en contacto con el país. Una realidad distinta a la que me tocó en Francia porque cuando estuve allá uno tenía que esperar a que una carta llegara en una semana y las noticias sobre Colombia eran nulas. Pero el Internet permitía una relación día a día con mi país, con mi familia y con mis hijos. Entonces el computador se volvió un elemento indispensable de vida. Y otra cosa que aprendí en el exilio fue a mirar a Colombia desde un ángulo distinto. En esa época también dejé de escribir a mano.

¿Cómo ve el proceso de paz?

Veo al proceso de paz en dificultades porque están entrando en el tema de las víctimas y la dejación de armas. En los otros temas ha habido dificultades pero eran temas más negociables, porque la cuestión agraria tiene que ver con la participación política, y eso tiene que ver con la coca, todo eso en un mismo paquete. Pero lo que viene ahora es el problema del estatus político de la guerrilla, es decir para el establecimiento son delincuentes, pero la guerrilla es un estamento político, entonces chocan dos miradas muy fuertes. Aunque hay muchos avances a cada uno le va a tocar un pedacito de ese sapo. Pero la cuestión de la dejación de las armas es un punto crítico porque la vida de esa gente depende de eso.

¿Y el papel de las víctimas en La Habana?

Me parece un tema muy avanzado que las víctimas de las dos partes, tanto del Estado como de la guerrilla, participen en la discusión sobre los delitos. Incluirlas es un paso muy avanzado que no se había dado en ningún otro proceso de paz. Ahora no entiendo bien la parte cuantitativa, el cómo se escogen y el debate sobre el número de representantes de cada sector, pero allá están y va a ser un tema muy duro para las dos partes.

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¿Cómo lograr un acuerdo de paz sin impunidad?

Eso no es posible. Porque una paz sin impunidad supondría que una de las dos partes venciera a la otra. Que impusiera su sistema jurídico. Si el establecimiento logra aniquilar e imponer su visión de justicia o la guerrilla. Un acuerdo político implica en el fondo impunidad. Ahora ¿cuánta dosis de impunidad estamos dispuestos a soportar? eso ya es otra cosa.

¿Por qué algunos piensan que este proceso de paz es la última oportunidad para firmar un acuerdo en Colombia?

No. Eso se ha dicho en todos los procesos desde antes de Belisario Betancur, “esta es la oportunidad de paz”, “se abrió la puerta de la historia”, pero no es así.

¿Y cómo ve el gobierno Juan Manuel Santos y su gabinete?

Es un gabinete muy normal, de equilibrio político y muy calculado. Me gusta el nombramiento de Yesid Reyes en el ministerio de Justicia y lo que más me atrae en ese gabinete es el matrimonio de Gina y Cecilia. Que un par de mujeres lesbianas tengan una relación estable y estén dentro el gabinete es un golpe al procurador.

¿Qué está pasando en La Guajira?

La Guajira siempre ha vivido con sed, lo que escandaliza son los miles de millones que entran por regalías y estos vergajos políticos se la han feriado toda. No hay un puente, no hay un acueducto. Todo es burocracia y el gamonalismo guajiro es uno de los más feroces del país. Esa plata se la han embolsillado.

¿Cuál episodio borraría de la historia de Colombia?

Borraría la vergonzosa pérdida de Panamá. Porque ese fue un negocio de los conservadores con Estados Unidos para ganar ‘La guerra de los mil días’

¿Y qué cosa le borraría a la actualidad?

Le borraría la sangre. La violencia va metiéndose en toda la cultura. Desde la manera como tratan en los hospitales hasta la Presidencia de la República. A mí no se me puede olvidar el “Le rompo la cara marica” del expresidente Álvaro Uribe.

¿José Mujica o Rafael Correa?

Claramente Mujica. José Mujica es el personaje más parecido a nuestros sueños, primero, cuando empezó en la guerrilla con esa gran utopía y segundo por la vuelta que él le dio a eso se constituyó en una mirada mucho más amplia del mundo. Con la formación del ‘Frente Amplio’, que es una lección para la izquierda colombiana, hasta la política de Estado frente a la marihuana. Además la sencillez con la que ejerce su cargo, su carro y su manera de ir a tomar café. Es un personaje que a mí por su humildad y por su valor me atrae muchísimo.

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¿Qué pueblo de Colombia le falta por conocer?

Muchísimos, no sé si es porque ando en tenis que tengo fama de viajero, pero me faltan muchos lugares por conocer. Tal vez el que siempre he querido conocer es el Cañon del Garrapatas entre el Valle y el Chocó.

¿Y a cuáles pueblos vuelve siempre?

Voy mucho a La Macarena, mi relación con La Macarena es un matrimonio indisoluble. Ahora estoy muy entusiasmado con el sur del Tolima. Como diría Diana Uribe, el sur del Tolima “es el nudo de la historia”

¿De tantas historias que ha escuchado, cuál le duele todavía?

Me duelen los éxodos de la gente, porque la violencia siempre ha estado acompañada del desplazamiento. Me duele la gente desterrada y las familias arrinconadas.

¿Y un rostro?

Hay una niña en el Chocó que fue desplazada con su familia. Esta niña de ocho años caminaba descalza con toda su familia, entonces su obsesión consistía en unos tenis rojos que había visto en un anuncio. Siempre la recuerdo y es uno de los personajes de mi libro ‘Desterrados’.

¿Qué le falta escribir?

Me falta por escribir mi vida íntima. A esta edad hay algo atrayente en las memorias, es mantener el pasado vivo y mantenerse uno en ese pasado.

Por @Lauquiceno