El otro amor de mi padre: la heroína

El otro amor de mi padre: la heroína

25 de agosto del 2016

Mi papá siempre fue un amante de la música, especialmente del rock y toda banda que tuvo auge en los 80s y 90s. Aunque él tenía otro amor y no era precisamente mi madre ni otra mujer, mi viejo era un adicto a la heroína.

Lo recuerdo como un hombre enfermo, y no precisamente por su adicción sino por el efecto que tenía la droga en él. Lo veía en el baño vomitando, durmiendo la mayor parte del tiempo cuando no tenía que trabajar, con dolores musculares y siempre con la boca reseca.

Rara vez podía verlo, Mary, mi madre, nunca me dejaba estar con él en ciertos momentos del día pero años después entendería la razón.

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Al principio pensé que mi mamá le daba una medicina a mi papá para ayudarle a que le dejara de doler la cintura y que de paso se sintiera mejor.

Resulta que mi mamá drogaba de una forma “responsable” a mi papá, ella misma le suministraba la droga que él conseguía, quién sabe dónde, supongo que en ‘La L’ o con un ‘dealer’ (expendedor de droga) decente.

Mary ayudaba a mi viejo a superar su adicción con pequeñas dosis al día y otros tratamientos psicológicos que había aprendido a lo largo de su carrera en la universidad. Pero lo que ella no tenía en mente es que llegaría el momento en el que mi papá se fuera a desesperar por querer dosis mayores. O por que le diera por probar otras maricadas.

Nunca supe cómo o por qué ella se enamoró de un adicto al caballo, a los chutes, al nirvana, como comúnmente se le conoce a la heroína en las calles.

Un día después de salir del colegio bastante cansada,  llegué a mi casa a eso de las dos de la tarde y vi que mi papá estaba entrando el carro, no hablaba mucho con él y tampoco tenía mucho su atención, pero de vez en cuando me ayudaba con los talleres de cálculo o preguntaba cómo me había ido en el estudio, y esas palabras eran las únicas que salían de esa boca tan reseca.

Ese día tenía un sobre de manila, se notaban las jeringas y un bulto de lo que para mí en esa época parecía ser sal, harina e incluso azúcar. Pero no, era lo que en un par de horas mi mamá le estaría inyectando para calmar la ansiedad y depresión que le producía el consumo excesivo de heroína.  

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Por otro lado, mi mamá tenía cierto permiso en el trabajo por tener que cuidar de un familiar enfermo o con discapacidad, solo que allá no sabían de la adicción de mi papá. Según ella, el viejo padecía de Alzheimer y esquizofrenia. O eso era lo que les hacía creer a sus compañeras del hospital, supongo que es mejor decir eso a decir que es un drogadicto.

Ese día que lo vi llegar temprano, tenía un traje muy elegante, se veía bastante bien. Almorzamos juntos y luego se encerró en el cuarto, esperando a que mi mamá llegara, y en caso de que no lo hiciera a la hora exacta, mi papá podría superar la dosis que había acordado inyectarse con el consentimiento de ella.

Con el paso del tiempo él dejó de ser un duro con los números, dejó de ayudarme de vez en cuando con una ecuación, era economista, y como consecuencia de la droga, al hablar y expresarse lo hacía como alguien que tuviera síndrome de down.

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Mary, aparte del permiso del trabajo, podía salir temprano por estar a unos cuantos meses de dar a luz a Simón, mi futuro hermano menor. A esa edad lo único que yo esperaba era al nuevo integrante de la familia, no a que mi papá dejara su adicción.

Luego de seis años Simón caminaba por toda la casa y ya no hacía tanto escándalo, al menos no como el que hacía mi papá cuando le daban las pataletas por no tener droga.

A este punto de la vida y a mi edad, ya un poco más madura, entendía por qué mi madre me alejaba del viejo. Tal vez si yo lo hubiera visto en ese estado me hubiese entrado la preguntadera del porqué se veía así y, quizá, en algún momento me hubiese querido meter lo que mi papá metía.

Honestamente no creo haber tenido un papá que me criara. Simplemente tenía un adulto en casa que me ayudaba con algunas tareas del colegio y ya. Llego a pensar que mi mamá solo tuvo un amor que se fue deteriorando con cada impulso de su dedo pulgar para hacer “feliz” a mi papá.

Lo que hizo Mary conmigo lo hice con mi hermano, yo lo mantenía lo más lejos posible de mi papá para que no viera nada de eso, pero me hacía las mismas preguntas que alguna vez le hice a mi mamá.

Un día, por descuido, mi papá dejó su droga al alcance de Simón; fue allí cuando a mi hermano le ganó su curiosidad de niño.

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Ese día yo salía del trabajo, mi mamá dejó inyectado a mi papá. Simón también quedó en la casa con sus juguetes para distraerse y pasar el rato.

Lo que no había dicho mi papá era que a escondidas había comprado algo “extra” para su nirvana. Ese algo extra era cocaína, esto con el fin de sentir más vainas y todo ese cuento barato que escupen los drogadictos para que sea menos dañina la dosis .

Mi papá se drogó y quedó dormido sobre la cama. Simón entró al cuarto de mis padres, que no tenía seguro, y lo que dijeron en medicina legal fue que mi hermano había muerto asfixiado y que tenía muchísima droga en el cuerpo. No, no se inyectó. Empezó a comer lo que había en la bolsa; cocaína y heroína, muriendo ahogado por todo ese polvo que se le terminó yendo a los pulmones.

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Ese día mi papá no volvió a despertar, murió a causa de una sobredosis o lo que llaman una ‘speedball’, la combinación de heroína y coca, que tan solo le duró media hora y después mandó este mundo a la mierda.

Me acuerdo mucho ese día que llegué con mi mamá a la casa. Mi papá había muerto primero que Simón, supongo que esa maricada se le subió tan rápido que le dio un ataque al corazón. La verdad no sé, nunca leí el papel que me entregaron en Medicina Legal.

La tragedia, que fue por partida doble no terminó ahí. Tres meses después mi mamá murió, dijeron que fue de pena moral. No comía, no dormía, no volvió a trabajar y no volvió a decir una sola palabra, ni siquiera a mí.

Una de las pocas cosas buenas que tenía mi papá era su gusto por la música. Y por el lado de mi mamá, le reconozco el esfuerzo por querer que sus hijos tuvieran una vida normal, como la de cualquier otro niño y adolescente, pero ya no será así.

Este fue el relato de Lucia*, una joven de tan solo 22 años que no tuvo la oportunidad de tener un buen padre, y tampoco de disfrutar de una vida en familia.