Amalfi Guata teje el futuro con gusanos de seda

6 de octubre del 2018

Como si los gusanos de seda la hubieran envuelto a su tierra, nada logró sacar a Amalfi Guata de El Tambo, ni la guerra ni las penurias económicas lo lograron. Ahora tiene una amplia industria textil a base de la corta vida de los gusanos de seda. Su arraigo a la tierra está relacionado con […]

Amalfi Guata

Foto: Jose Vargas \ KienyKe.com

Como si los gusanos de seda la hubieran envuelto a su tierra, nada logró sacar a Amalfi Guata de El Tambo, ni la guerra ni las penurias económicas lo lograron. Ahora tiene una amplia industria textil a base de la corta vida de los gusanos de seda.

Su arraigo a la tierra está relacionado con el tejido, allí nació y desde pequeña veía a su abuela tejiendo cabuya de fique. Luego, a los ocho años empezó a tejer con las enseñanzas de su madre.

La familia de Amalfi intentó, desde hace 28 años, crear la industria del gusano de seda, con unos insumos que entregó el presidente Virgilio Barco para apoyar a la región. Pero el proyecto se hizo sin estudios genéticos y provocó la muerte de todas las larvas y la ilusión de una salida económica terminó en dinero mal gastado.

Taller de Amalfi en El Tambo. Foto: Jose Vargas \ KienyKe.com

Los coreanos que apoyaron la idea se fueron por el fracaso y abandonaron a los pobladores del Cauca. Luego con los años el proceso se tecnificó y logró un cultivo de larvas, a través de un proceso de incubación que lograba unos animales más fuertes que permitieron desarrollar la cericultura.

Un avance que benefició a Amalfi, una representante de la amplia cultura bordadora que se cultivó en el Cauca. Ella se vinculó desde hace 19 años a ese oficio, primero con su esposo, luego este le enseñó a mantener los animales y ella ahora ayuda en todo el proceso. Además le ha enseñado a sus amigas, hijos y familiares para que todos mantenga y preserven el conocimiento.

“No se trata de la expectativa, sino de la permanencia, trascender el conocimiento”.

Para Amalfi el sentido de todo su arte no es la riqueza económica o la fama, sino mantener la tradición y entregarle a las generaciones un conocimiento que no se debe dejar perder. Como ella, mantener el arte de crear prendas a través de los recursos naturales.

Pero llegar a esta situación no fue fácil. La guerra en el municipio de El Tambo hizo que esos proyectos de emprendimiento o sustento se hicieran casi imposibles. “Cuando vivimos el tema de la guerra que este país ha vivido constantemente, de la que ningún municipio en el país ha sido ajeno”, dice Guata, “había mucho interés de turista en ir a conocer el Cauca, pero eso dejó de suceder cuando se declaró zona roja y la gente creía que si venía les dejaban los hijos o no podían regresar”.

Dice que no sufrió la guerra directamente y nunca ha denunciado ser víctima del conflicto. Pero eso no significa que la guerra no la haya herido. “Hubo compañeros que tuvieron procesos de desplazamiento y les tocó salir. Lo que pasa es que en este país le dicen a uno: usted no ha sido afectado porque no denunció, pero todos hemos sido afectados en este país, pero hay personas que realmente preferimos resistir en nuestro territorio pase lo que pase, no denunciamos y preferimos callar porque realmente si tu hablas sabes que estás expuesto a muchas cosas”, reconoce Amalfi.

Tener medianamente recursos en una población asediada por el conflicto “es tenaz”, afirma. Las personas empiezan a ver su trabajo y creen que tiene mucha plata y luego eso le implica amenazas, persecuciones u otras afectaciones que impiden hasta el deseo de desarrollar proyectos.

Foto: Jose Vargas \ KienyKe.com

Un día la visitaron en su finca unos funcionarios de microfinanzas del Banco Agrario y le pidieron unas muestras de sus productos para llevarlas a Bogotá. Días después la llamaron y le dijeron que era una de las 50 personas seleccionadas entre 250 para un subsidio, pero tendría que enviar otras muestras y para esto le enviarían unos implementos como tintes y otras fórmulas.

Ese correo fue enviado a la oficina del Banco en El Tambo, a mediados de 2010. “Me llamó la asesora y me dijo: ¿Usted no se dio cuenta que anoche volaron el banco agrario? Yo le dije: ¿En serio?, ella dijo “Sí, vaya y recoja la información que le mandaron”, a ver si se había salvado del último atentado guerrillero contra la sede del Banco en ese municipio.

Luego recibió otra llamada en la que la asesora le decía que el cartero había dejado el paquete de Amalfi en su despacho y no la había llevado al Banco, se había salvado. Recolectó las nuevas muestras, las envió y obtuvo el primer puesto de calidad y recibió 10 millones de pesos con lo que logró iniciar la industria del gusano de ceda en su finca.

Foto: Jose Vargas \ KienyKe.com

Actualmente, el proceso inicia con una solicitud a la Universidad Tecnológica de Risaralda para que le envíe, por 150.000 pesos, unos 40.000 huevos de mariposa que van a ser incubados. A los diez días nace la larva que vivirá 28 días más, durante los que estará comiendo hoja de morera la cual expulsara en la última etapa de su vida en forma de ceda.

Antes de morir, el gusano se envuelve en un nido conformado por 1.300 metros de hilo blanco enrollado, esos se recogen, se calientan para hacerlos livianos y se tuerce el hilo y luego los pigmentan con sustancias naturales, pétalos de rosas, hojas de viconia, hojas secas, flores de veranera y beconia.

“Nosotros somos encantados de contar nuestra historia, a quién sea, donde sea y cómo sea, para aprender porque necesitamos aprender y estamos dispuesto a hacerlo y hacer conocer nuestros saberes”

Ese proceso que realiza todos los días después de hacer el desayuno para su familia le ha permitido sustentar sus necesidades básicas y a otras mujeres del municipio que han aprendido junto a ella a aprovechar ese hilo grueso que produce un animalito amarillo y diminuto que vive menos de un mes.

“Buscamos afianzar esto con el sector turístico porque tiene mucho potencial, que mejoren la calidad de vida de nosotros los artesanos y que se vea que aquí hay posibilidades, porque la percepción de la juventud es que aquí no hay nada que hacer”, dice Amalfi.

Ahora con eso le apuesta a que el turismo que les arrebató la guerra se atreva a volver a un territorio que con café, hilos de gusano, carantanta y otros muchos productos únicos de la tradición caucana repara las heridas de un conflicto que los relegó al silencio.

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