Cuando “la mechita” se apagó

19 de diciembre del 2011

Con nostalgia, un hincha furibundo recuerda las grandes tardes de fútbol de su equipo que se hundió hasta descender de categoría.

Cuando “la mechita” se apagó

A los cuatro años de edad me convertí en hincha furibundo del América de Cali. Iba al estadio una vez por semana y me comía dos barras de Halls rojos en noventa minutos. Lloraba cuando el viejo Willington no era inicialista, me emocionaba cuando Battaglia se preparaba para cobrar un tiro libre y cantaba efusivamente el himno del Valle del Cauca, hasta que decidieron que debía sonar “el de la caleñidad”, es decir, el de Cali, una ciudad donde el “Estado de Naturaleza” es el de todos contra todos. (Hobbes)

Por mis ojos pasaron Falcioni, Gareca, Cabañas, el ‘Pipa’ de Ávila y Bermúdez, cuando todavía no era el ‘Patrón’ ¡y cómo sufríamos cuando era el último hombre y tenía el balón en sus pies! También recuerdo a Rincón, a Lozano y a Pimentel, que casi siempre salía aplaudido cuando recibía una tarjeta roja. O cómo olvidar al ‘Genio del Barrio Obrero’ (Álex Escobar), y al que cariñosamente le llamábamos el ‘paticortico’, me refiero a Wílmer Cabrera, entre tantos otros, porque me sería imposible nombrarlos a todos.

Era un equipo lleno de ídolos, dirigido por el médico Ochoa Uribe, que consiguió siete títulos y cinco de ellos consecutivos, entre 1979 y 1991. Un técnico que privilegiaba los resultados sobre el espectáculo o el “jogo bonito” y que tenía la autoridad para incluso a veces ser antipático con la prensa deportiva.

El Pascual Guerrero era un verdadero fortín y casi todos los equipos sentían miedo cuando saltaban a la grama y eran recibidos por una constelación de estrellas, que los arrinconaba durante casi todo el partido pero que luego nos hacían llorar como niños chiquitos, perdiendo cuatro finales de la Copa Libertadores, dicen que por culpa de ‘la maldición del garabato’.

El América de Cali se fue para la B, ya no disputa ni siquiera las finales de la Liga Postobón, descendió a la segunda división como el River Plate de Argentina.

Hasta se alcanzó a decir que la maldición se debía por llevar al diablo en un escudo lleno de estrellas y que cada vez que América se coronaba campeón, el diablo se aparecía en Juanchito, bailando salsa en las proximidades de la discoteca Changó.

Lo cierto es que la maldición se llama La Lista Clinton (porque el problema no es el narcotráfico, sino la política antidrogas), un infierno donde los que entran casi nunca pueden volver a salir. Allí, la muerte es civil y comercial, atacando la cartera de bienes extranjeros donde hayan tenido intereses, en éste caso, narcotraficantes como los Rodríguez Orejuela.

Y a pesar de toda la ayuda del alcalde Ospina, del ex gobernador Abadía y del gobierno nacional, América de Cali se fue para la B. En otras palabras, la crisis es tan profunda, que América ya no disputa, ni siquiera las finales de la Liga Postobón, como debería, sino que descendió a la segunda división como el histórico River Plate de Argentina.

Porque en cinco de seis ligas estuvo por fuera de los ocho finalistas y porque alcanzó a tener cinco directores técnicos en tres años, al mejor estilo del polémico dirigente, Jesús Gil y Gil (ya fallecido). Y ahora con patadas de ahogado pretende demandar el partido de vuelta de la Promoción ante Patriotas, en medio de los preinfartos, la impotencia, los disturbios y las reacciones vandálicas de una minoría de su hinchada.

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