Andrés Caicedo: un cumpleaños con bombas y ponqué

Andrés Caicedo: un cumpleaños con bombas y ponqué

15 de octubre del 2011

Por eso yo regreso a mi ciudad
Para Andrés Caicedo en sus sesenta años no cumplidos

Andrés Caicedo nació en Cali y escogió morir en ella. Volvió siempre después de breves intentos de huida hasta que se quedó para siempre en su ciudad. Si hubiera tomado la decisión de continuar viviendo hubiera cumplido sus sesenta años exactamente en este día. Que oportuno, que justificado, pienso yo, que sea en Cali el sitio donde estamos hoy para celebrar con cine su corta vida y su prolífica obra.

Hace poco alguien me mandó uno de los innumerables artículos que aparecen continuamente enredados en ese mundo extraño del Internet. El autor titulaba su análisis de la obra Caicediana El mapa para perderse en el universo de Caicedo. Y yo, leyendo el título, me dije: bueno, si quiere un mapa y me preguntara a mí, yo le podría dar las coordenadas, el Norte y el Sur, el Oriente y el Occidente. Fácil de encontrar ese mapa, pensé, porque todo empieza y termina en Cali. Cali, la ciudad y sus alrededores conforman una gran parte del mapa Caicediano: Cali en sí conformó su mapa personal: sus palabras mismas crearon montañas, ríos, valles, recursos naturales y su propia e iconoclástica bandera. Bandera de pirata, me lo imagino diciendo. Pero oigamos esta idea que presento aquí a través de las palabras del mismo Andrés:

Tu pueblo es como el esplendor perdido y tú lo sabes. Tu pueblo empieza aquí en el Valle y termina aquí en el Valle. Y algunas veces cuando un viajante llega, tú no sales y él se va ante tanto silencio”.

Rosario Caicedo leyó en Cali  el texto que escribió para el cumpleaños de su hermano Andrés. Aquí, junto a Poncho Ospina en la inauguración del ciclo de películas de Caicedo.

Así que si alguien quiere perderse en el universo de Caicedo, lo mejor que debe hacer es llegar a Cali, y en Cali, la Cali local (convertida ahora en una ciudad universal por el excelente poder literario de las palabras de Andrés) estoy, estamos todos.

Por eso yo regreso a mi ciudad, como tituló el escritor uno de sus cuentos. Regresar a la ciudad que él poéticamente llamó Calicalabozo, pero que en su relación de amor y odio con ella, fue también su adorada y atormentada musa. A través de las palabras de Andrés, escritas con una veloz desesperación pero con el cuidado mesurado de todo excelente escritor, ha quedado para siempre impregnada en la literatura latinoamericana el alma punzante de esta “ciudad que espera pero no le abre las puertas a los desesperados”. Quien lee a ¡Que viva la música!, ve, respira, llora, se aterroriza, ysiente a Cali. Y quien nunca ha bailado quiere bailar en ella.

Andrés Caicedo, sabiendo de sobra que mucho tiempo no le quedaba, logró describir a una Cali en forma tan vívida, que esa ciudad, la Cali de los años 70, modesta en su belleza pero siempre poseída de una vibrante y violenta energía, salta de sus páginas para convertirse en el universo que rodea al lector. Lo que logró Andrés Caicedo por Cali en 191 páginas —y estoy contándolas de la primera edición de la novela publicada por Colcultura en 1977— me hace recordar las bellas palabras de un escritor que Andrés amó profundamente: James Joyce. Joyce también mantuvo con la ciudad que lo vio nacer, Dublín, una profunda relación de amor y odio, rayana en la obsesión. Andrés amaba tanto el Ulises de Joyce que se sabía de memoria monólogos completos. Y fue Joyce, radicado fuera de Dublín por décadas, quien a la pregunta curiosa de algún crítico que quería saber la razón por la cual el escritor había creado un voluminoso libro —que nadie parecía entender— describiendo un Día, un solo día en la vida cotidiana de un dublinés llamado Leopoldo Bloom, Joyce escuetamente contestó:

Quiero dar un retrato de Dublín tan completo que si algún día la ciudad repentinamente desapareciera de este mundo, se podría volver a reconstruir leyendo mi libro”.

Rosario y Andrés, los menores de la familia, fueron los hermanos más cercanos.

Cuando yo leí estas palabras, muchísimos años después de la muerte de Andrés, me pregunté si él habría conocido esa cita, si a la carrera, como siempre escribió, quiso también lograr el mismo fin de mantener por siempre viva a la Cali que no tan repentinamente ha dejado de existir. Siempre viva, el nombre que María del Carmen Huerta se da a sí misma al final de ¡Que viva la música! Siempre viva, la Cali de Andrés, la ciudad donde él contrajo su febril y alucinante cinesifílis en teatros con nombres de casonas de ensueño: el Bolívar, el Cervantes, el Aristi, el San Fernando, el Jorge Isaacs… la gran mayoría todos destruidos… pensar en el Andrés de paso apresurado corriendo a ver cine sin importarle cuántos buses o taxis tendría que tomar o cuántos kilómetros tuviera que caminar. Y fue debido a su pasión por el cine que Andrés escribió tanto que la compilación de sus escritos de cine —publicados póstumamente gracias a la amorosa labor de Sandro Romero y Luis Ospina— en el libro titulado Ojo al cine, un libro que tiene más páginas que el Ulises de Joyce. (Para ser exacta: 657 páginas conforman a Ulises y 773 son las páginas de Ojo al cine.) El cine para Andrés fue su verdadera Odisea, con todas las aventuras y sus noches sin fortuna de ese extraordinario clásico de la literatura universal.

Hoy celebrando con cine el cumpleaños de un hombre muerto, que parecido a su heroína, no solo dejó un reguero de tinta en el manuscrito sino también su cortísima vida, sigamos uno de los consejos de la que en ciertos círculos es y será la más famosa exalumna del prestante plantel académico local: El colegio Liceo Belalcázar.

El ponqué de los sesenta años de Andrés Caicedo se repartió entre los jóvenes que celebraron en Cali.

Recordemos todos antes de que se apaguen las luces a esa Siempreviva caleña, rubia, rubísima, lista a lanzarse de una al fuego en el 23… pero ella, llena de conocimiento en su juvenil y desenfrenada sabiduría, calmadamente nos dice:

Ármate de los sueños, para no perder la vista.

Que el cine, el sueño de los sueños para todo cinéfilo, sea el comienzo para celebrar una vida que sin ser vida ya, todavía continúa. Que el cine empiece para poder recordar a Andrés Caicedo riéndose de verdad.