Antonio Navarro Wolff, una vida de película

Antonio Navarro Wolff, una vida de película

11 de diciembre del 2016

Ingeniero, guerrillero, ministro, alcalde, gobernador, senador, dos matrimonios, casi tres. Un hijo adolescente muerto en dolorosas circunstancias. Una vida de película que acepta contar en tono reflexivo.

Navarro Wolff es honesto en el relato y generoso cuando le pido las lecciones aprendidas, ahora cuando se arrima a los 70 años.

-Primero, dice, hay que hacer lo que se quiere. No siempre es fácil, pero si uno está convencido hay que hacerlo.

Si a mí me preguntan si me arrepiento de haberme alzado en armas, no. Mucho menos me arrepiento de haber dejado las armas. Era una etapa de la vida donde heredamos ese camino de la rebelión armada, de los liberales y conservadores, de nuestros papás, de nuestros abuelos y de nuestros bisabuelos. Aquí los problemas políticos se habían intentado resolver muchas veces por la vía del alzamiento armado. Hay que hacer lo que uno quiere.

Segundo, hay que vivir con el pie en el acelerador a fondo, la vida es muy cortica  y es una sola, yo no creo en la reencarnación, se lo digo con sinceridad. Y como no voy a reencarnar,  hago todo lo que puedo hacer en estos años de vida. Creo que vivir con el acelerador a fondo en la vida permite vivir dos veces en una sola. Yo aprendí eso desde la universidad, hay que acelerarse, hay que hacer las cosas, hay que meterle toda la energía posible, vivir a ‘full’, a cien kilómetros por hora, hablándolo en términos coloquiales.

Tercero, creo que hay que tener suerte, he hecho lo que me gusta. No he hecho todo lo que me gustaría,  pero no he hecho nada que no me guste y esa es una gran fortuna en mi vida.

Haciendo un resumen, ya tengo 68 años, ya soy un veterano, un ‘cucho’, uno de la tercera edad. Ya no me pueden dar un cargo público, porque tengo más de 65 años, estoy inhabilitado para recibir cargos de nombramiento. Pero  he vivido intensamente, he hecho las cosas que he querido y he tenido la suerte de hacer cosas que me gusta hacer.

Cuarto, no mirar atrás, mirar lo menos que uno pueda. Yo creo en eso que dice la Biblia, de Sodoma y Gomorra, que si uno mira para atrás se vuelve estatua de sal.

Acá vino un señor a contarme cómo había sido el atentado del que fui victima, que él había participado, y a prometerme que él me servía de testigo si yo hacía una denuncia penal contra los que habían ordenado el atentado. Yo le dije que no le ayudaba en eso porque no me interesa, porque no me va a crecer la pierna, porque no voy a volver a ver bien, porque eso ya pasó y lo perdoné, porque yo miro para adelante, no miro para atrás. Creo que esa es una cuarta lección de vida.

La vida, el amor, las mujeres, los hijos

En desarrollo de ese acelere en que siempre ha andado, ¿cómo le ha ido en materia de amor, mujeres, hijos?

El amor es una cosa muy agradable, muy chévere, que lo llena a uno. El amor es extraordinariamente satisfactorio, el amor es una cosa enorme. Probablemente uno no siempre puede tener amor y tener la vida que se quiere, a veces se vuelven contradictorios pero, sin embargo, he amado con intensidad, la verdad varias veces. Me han echado también, esas canciones de despecho las he llorado.

En una época que estaba súper enamorado y me dijeron ‘bueno papá, hasta aquí llegó la cosa y adiós, te veo Mateo’, y me echaron, lloré largo porque llora el más macho, hasta el que tenga menos lágrimas. Ahí aparecen los boleros y los tangos, yo no sé si los muchachos de ahora recurrirán a esos mecanismos de desahogo que tenía uno. Pero el amor es extraordinario, va cambiando con los años, se van queriendo cosas distintas, pero es un complemento indispensable en la vida.

Sin embargo, hoy no vivo para el amor, vivo para hacer cosas. A mí me preguntan cuál es mi ‘hobby’ y yo respondo: trabajar. Tuve otros pero ahora sólo trabajar. Intenté medio retirarme, pero me pegué una aburrida terrible. En solamente seis meses dije que no me volvía a retirar, que aquí me muero trabajando.

Entonces, el amor es un complemento muy rico, muy agradable, pero un complemento.

No es fácil encontrar personas que entiendan esa filosofía o que se casen con un tipo que sólo quiera trabajar…

Esa es una dificultad, evidentemente hay que reconocerlo. Las parejas esperan más vida en común, más vida en conjunto, más vida en colectivo. Ese es un costo de ser tan acelerado.

¿Cuántos matrimonios, cuántas relaciones, que merezca mencionar?

Tres

¿Tres matrimonios?

No, dos matrimonios y una relación no matrimonial que casi fue matrimonio. Tres relaciones en la vida, aunque he tenido muchas novias, sobre todo cuando estaba joven. Cuando uno está joven le da por coger novias cada ocho días, y le rinde. Luego aprende uno que al corazón se entra por el oído, en el caso de los hombres, pero, como soy feo, entonces no puedo a punta de pinta, me toca a punta de carreta y eso funciona. Cuando era joven, le echaba carreta a muchas muchachas y tuve muchas relaciones cortas.

¿Es la convivencia el gran problema?

La convivencia es difícil, muy complicada, porque la convivencia empieza con lo grande y llega a la pequeñez del día a día. Si se despierta uno a las dos de la mañana y prende el televisor, la pareja termina por retirar el aparato de la habitación y es difícil despertarse a las dos de la mañana e irse a la sala a ver televisión. Son cosas pequeñas de esa naturaleza, que sí afectan la relación.

Yo he dicho que el matrimonio es muy bueno pero que tiene un solo defecto, que es muy largo. Ese es el problema del matrimonio, que es demasiado largo, por el tema de la convivencia. Creo que, en un momento dado, hay que tener dos habitaciones para poder sortear las mañas que afectan a la pareja.

¿Hijos?

Hijos he tenido tres. Tenía tres, ahora tengo dos. Usted sabe que uno murió hace poco menos de un año. Tengo dos hijos, en dos matrimonios. Del primero un hijo, y del segundo dos, de los cuales me queda uno. Tengo un hijo de treinta y pico de años y otro de 17.

Es imposible renunciar a encontrar una pareja, a envejecerse y morirse solo, ¿lo contempla?

Sí, claro. Yo le digo a los muchachos que ahorren para tener una pensión, porque cuando uno está joven no piensa en eso, le parece ‘frondio’, como dice el doctor Alberto Casas, que eso de ahorrar para una pensión es ‘frondio’, pero eso es importantísimo, lo que pasa es que uno se da cuenta demasiado tarde.

Volviendo al tema de cómo pasar los últimos años, sí, uno esperaría no pasarlos solo. He visto familiares míos, un tío, por ejemplo, médico, pasó sus últimos años solo, él era medio ‘fusungosolo’, pasó sus últimos años por allá en una finca, allá se murió por un poquito de enfermedad y otro poquito de tristeza, teniendo tres hijas y un matrimonio. En mic aso, como todavía tengo tanta pólvora en los calzoncillos, me doy un tiempito más.

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El camino de la política y las armas

¿Cómo fue su infancia?

Soy hijo de una familia de clase media, pastuso de nacimiento, con un papá que ganaba dinero en el comercio y lo perdía en la agricultura. En mis primeros años mi papá tenía una agencia de Coltejer, en Pasto, y la primera tierra fue precisamente allá, donde sembrando cebada el señor se quebró.

Fuimos a dar a Cali, huyendo de las deudas, con altibajos. Siete hijos, como eran las familias de antes, yo soy el mayor y estamos todos vivos, afortunadamente.

Fue una vida inicialmente de estudio, una familia grande, con una casa llena de muchachos, de jugar mucho con mis hermanos, jugábamos a la vuelta a Colombia con tapitas, no nos dejaban salir a la calle, mi mamá era muy estricta en eso, decía ‘van al colegio y vuelven’ y se hacía en la casa todo, pero había con quién pasarla bien.

Tuvimos una niñez con muchos hermanos y con mucha actividad dentro de la casa, vacaciones muy familiares.

¿En qué momento fue tomando los caminos de la política?

Yo estudié la primaria, primero con las monjas franciscanas, en Pasto, después en el Colegio San Luis Gonzaga en Cali. Mi papá dijo que ya era hora de entrar a un colegio de hombres y me metió al Santa Librada, un colegio público de la ciudad de Cali que era, académicamente, muy bueno pero público.

Ahí empezó a cambiar el mundo para mí, ese fue un primer paso hacia una visión del mundo distinta, por lo que se estaba con muchachos de todos los sectores sociales, de todos los barrios de Cali, de los barrios populares, de todos lados

Cuando entré a la universidad llegamos a ver una realidad, en una universidad pública, la Universidad del Valle, que parecía una universidad privada en esa época.

Muy rápidamente me nombraron representante de los estudiantes al consejo de la Facultad de Ingeniería, y se discutía sobre el bienestar, que la cafetería no funcionaba bien, que las canchas tenían malas las mallas en los aros de basquetbol, que lo de voleibol no está bien, cosas de esa naturaleza.

Nos tocó el primer paro estudiantil grande que hubo en aquel tiempo, en 1971. Estábamos en la época de los estudiantes en el mundo, íbamos a cambiar el mundo. Estaban los movimientos estudiantiles de Francia, de Alemania, de México, del 68 que llegaron acá en el 71.

Como ingeniero yo fui a hacer derivadas, integrales, cálculo dos sobre cuatro, soy gente seria –decía- eso era para la guachafita de sociales. Pero en el segundo año ya nos tocó también a nosotros y como yo era el representante de los estudiantes y presidente del consejo estudiantil de ingeniería, terminé encabezando la huelga.

En esta etapa, encabezando la huelga, me pasó una cosa interesante y curiosa. Nos tomamos el edificio de la división de ingeniería y llegué a donde estaba la secretaría general con las notas de todos los estudiantes en unos archivadores. La secretaria me dijo ‘yo le entrego esta oficina pero usted me firma y me responde por las notas que están en estos archivadores’. Me conseguí unos candados Yale, de esos grandotes, y como los archivadores eran de puertas corredizas, se los puse a las orejas.

Después pensé que los demás eran tan bandidos que eran capaces de llevar una ganzúa y abrir el candado, entonces decidí irme a dormir allá y durante los tres meses que duró la toma de esas instalaciones me llevé una colchoneta y dormí y viví allá. ¿Qué iba a hacer todo el día y toda la noche? Pues estudiar y leer y empecé a mirar un mundo que no conocía, el mundo de las ciencias sociales, de las ciencias políticas, del materialismo dialéctico, del materialismo histórico. Se me abrió un mundo maravilloso que me cambió la vida.

Cuando terminó el paro, porque nos sacó el ejército, ya Antonio Navarro era otro, ya no era el ingeniero del dos sobre cuatro, de las derivadas e integrales, sino una persona que tenía una visión del mundo, que había sido testigo del fraude electoral de 1970, del 19 de abril, cuando le habían robado las elecciones al General Rojas Pinilla. Entonces todo eso se metió en mí y terminé diciendo que en este país hay que alzarse en armas, porque si le robaron las elecciones a un general entonces quién respetaría un resultado electoral.

Ahí empezamos a buscar dónde ‘enguerrillarnos’ y no había dónde. Las Farc, prosoviéticos, el EPL, prochinos, y si no entendíamos ruso, menos chino. A Camilo Torres lo habían matado hacía poco, entonces el ELN estaba en una situación muy complicada y eso no era atractivo para nadie, así que no había dónde hacerse.

Acepté una beca de la Fundación Rockefeller y empecé a enseñar programación de computadores, pero como soy ingeniero sanitario realmente me metí en el tema de computadores desde que llegó el primer computador a la universidad y me encantó, me encarreté 18 horas al día. No había quién enseñara eso, entonces me contrataron como profesor de programación de computadores. Ahora los programas vienen hechos, pero en aquella época había que hacerlos.

La vinculación de Antonio Navarro Wolff al M-19

En eso estaba cuando aparecieron los del M19, unos señores nacionalistas, el brazo armado del pueblo en la pista, entonces todo se me sumó, ahí dije ‘aquí sí es, quiero meterme ahí, dónde están’. Los busqué hasta que los encontré y dije ‘yo me quiero meter en el M19, porque son nacionalistas, bolivarianos, están con la Anapo, con las víctimas del fraude.

Después me fui a estudiar al exterior y cuando volví empecé a meterme más hasta que ya quedé hasta el cuello y pasé 16 años en el M19, desde el 74 hasta el 90. Ahí ya firmamos la paz, creo que esa fue una decisión absolutamente acertada, totalmente acertada porque no íbamos a poder cambiar el país con el alzamiento armado y el objetivo del lanzamiento armado era cambiar el país, era llegar a gobernar este país y cambiarlo, pero si no se podía llegar entonces qué objetivo tenía el alzamiento armado. Nosotros nos dimos cuenta de eso, cuando, primero, lo discutimos seriamente en 1982, pero todavía parecía que había una posibilidad de que pudiéramos salir adelante con el alzamiento armado, pero más adelante, llegamos a la conclusión de que no.

Hicimos dos intentos de paz, el del 84 – 85, en el que me tocó a mí poner la cara, yo fui el jefe del equipo negociador y me hicieron un atentado a los diez meses de estar en eso. Quedé así, hablando enredado y sin pierna, me tiraron una granada en la ciudad de Cali y me amputaron la pierna en la Ciudad de México. Yo le digo a los mexicanos que tengo más raíces que ellos, porque tengo un pedazo de pierna enterrada en un basurero de ese país, que seguramente echó raíces.

Después de ese fracaso vino el intento que sí salió bien, de 1989 a 1990. Invitamos a las FARC, al EPL, a todo el mundo, a que hiciéramos la paz juntos, pero no quisieron. Tomamos la decisión de hacerlo solos.

Hoy, 26 años después, creo que teníamos razón, eso era lo que había que hacer. El alzamiento armado no tiene sentido histórico, no tiene perspectivas de salir adelante y lo mejor era buscar el cambio de la sociedad colombiana por otros caminos, por un camino pacífico.

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La Asamblea Constituyente

Después ya se sabe lo que pasó en la historia, vino la Asamblea Constituyente, que no negociamos, eso fue una coincidencia histórica, pero en la que conseguimos una votación muy importante, sin ninguna favorabilidad. Conseguimos un tercio de los constituyentes y a través de la Asamblea el EPL, el PRT y el Quintín Lame, además de nosotros, que habíamos llegado por voto popular, también firmaron acuerdos de paz.

Después, en resumen, he sido diez veces candidato a todo. He perdido tres eleciones y ganado siete. Las tres que he perdido a la presidencia. Las siete que he ganado son como concejal de Pasto, constituyente, Alcalde de Pasto, dos veces senador, una vez representante a la Cámara y una vez Gobernador de Nariño. De manera que he tenido la oportunidad de hacer muchas elecciones, de mantener la vigencia sin comprar nunca un voto, sin hacer clientelismo, a punta de voto de opinión y aquí estamos.

El poder y el abuso del poder cuando se aisla

A estas alturas, ¿qué piensa del poder?

He tenido poder, sí, evidentemente, limitado pero he tenido, he sido alcalde, he sido gobernador, he sido presidente de la Asamblea Constituyente, algún tipo de poder.

Hay que estar luchando contra la tendencia a exagerar el uso del poder, o a abusar del poder, para llamarlo de alguna manera. Hay que estar siempre luchando contra eso, porque es algo que naturalmente puede pasar. Creo que uno tiene que estar siempre sabiendo que puede hacer mal uso del poder. Uno empieza a abusar del poder cuando se aísla, teniendo poder.

Hay que tener metido en el disco duro que si se abusa del poder se afecta a la gente, se cometen errores. Contra el abuso del poder hay que estar siempre luchando. Es más importante conseguir resultados que conseguir poder, lo puedo decir con toda la seguridad y con toda la certeza. Hay que tener siempre esa parte de motivación del logro muy activa y muy dinámica. Por eso es que hay que tener el mayor contacto con la gente.

El legislativo es un apéndide del Ejecutivo

¿Cómo analiza los poderes institucionales en Colombia?

Aquí hay un poder que es el ejecutivo. Hay que hacer un reconocimiento al poder judicial, que tiene una independencia importante. El que no tiene la independencia es el legislativo, que es un apéndice del ejecutivo.

En el caso del poder ejecutivo, aunque hicimos un gran esfuerzo en la Constitución de 1991, por la separación de las ramas del poder público y por el equilibrio de poderes, la verdad es que no lo logramos mucho. El ejecutivo sigue teniendo un tremendo poder, tiene el dinero, tiene la capacidad de controlar el legislativo y, desde ahí ejerce un poder muy grande y, además está muy concentrado en un sector de la sociedad colombiana.

Los mismos con las mismas

No voy a molestar al doctor Vargas Lleras ni voy a molestar al doctor Santos con este recuerdo, pero el que le dio el primer cargo público al abuelo del doctor Germán Vargas Lleras fue el abuelo del doctor Juan Manuel Santos. Eduardo Santos le dio el primer cargo público a Carlos Lleras Restrepo, por allá en 1938 o 39. Los mismos con las mismas.

Es hora de que lleguen otros sectores sociales a gobernar este país. Está concentrado, porque tiene mucho poder, pero está concentrado en unos sectores sociales que no lo sueltan, que son muy hábiles, que son muy inteligentes, que son muy capaces, pero ya es hora de que le den espacios y posibilidades a otros sectores de la sociedad.