“Así me le volé a las Farc”

25 de marzo del 2012

Selena, una guerrillera que llegó a dirigir la emisora de las Farc ‘La voz de la resistencia’ y se convirtió en la mujer de confianza del comandante ‘Pastor Alape’, cuenta la historia de su vuelta a la libertad.

“Así me le volé a las Farc”

‘Selena’ –guerrillera de las Farc desde los once años– descargó un tiro de su pistola prieto beretta 9mm sobre la pierna derecha del comandante ‘Diomedes’ –un hombre alto, moreno y del que se decía tenía intestinos de plástico–. Fue así como ‘Selena’ evitó ser violada mientras que tomaba un baño en una pequeña quebrada al sur del departamento de Bolívar. ‘Diomedes’ se sentó sobre una piedra a mirar cómo le brotaba sangre de su pierna. ‘Selena’ lo miraba fijamente. El silencio dominó la escena hasta que varios guerrilleros auxiliaron al comandante. En ese mismo momento, ‘Selena’ decidió que este sería su último día en las filas de la guerrilla de las Farc.

‘Selena’ –como fue llamada por su parecido al de la cantante estadounidense– hizo parte de la guerrilla durante casi once años. En medio de la selva pasó su infancia y adolescencia. Fue víctima de varias violaciones desde los doce años. Sin embargo, se enamoró en dos ocasiones y tuvo cuatro hijos en las selvas. A causa de su cobardía en los combates llegó a dirigir la emisora de las Farc ‘La voz de la resistencia’ y se convirtió en la mujer de confianza de ‘Pastor Alape’, comandante del Bloque del Magdalena Medio. ‘Selena’ es Sara Morales, una mujer de 26 años de edad que dejará de pintar carros para integrar el programa radial del periodista Herbin Hoyos. Sara –con un escapulario negro que le regaló el procurador Alejandro Ordóñez en su cuello– cuenta su historia de vida y dice que se la quiere vender al director de cine Steven Spielberg.

El 20 de julio de 2007, mientras que en el país se celebraban 197 años de independencia, Sara Morales se escapaba de las filas de las Farc en donde estuvo desde el 16 de mayo de 1996. Era una niña de 11 años cuando fue reclutada junto a más de treinta niños de Barrancabermeja. Sara guarda en su memoria cada detalle de esa noche.

Sara Morales fue reclutada por la guerrilla a los 11 años. 

Por petición de su mamá, Sara salió a la tienda a comprar leche, café y tostadas para el desayuno. Recuerda con exactitud que sólo llevaba tres mil pesos y estaba vestida con una pantaloneta, un esqueleto y una gorra negra de marca Nike. A la salida de la tienda dos hombres –armados y encapuchados– le dijeron: “Móntese al camión”. No tuvo otra opción que hacerlo y esperar a que otros siete niños entre los 8 y 16 años fueran reclutados. Al poco tiempo llegaron a una casa donde les pidieron sus nombres y durmieron en el piso hasta las 4.00 a.m.

De allí fueron llevados al puerto del río Magdalena en un camión y montados en varias lanchas que, luego de dos horas de viaje, llegaron a su destino. Allí fueron recibidos por dos niños armados que dijeron: “bienvenidos, nosotros somos guerrilleros de las Farc, somos sus guías. Por favor no traten de correr porque todo esto está lleno de guerrilla”. Sara caminó durante tres horas, tiempo en el que se distrajo con varios animales salvajes, hasta llegar a un campamento donde le anunciaron que hacía parte de las Farc. A su llegado no paró de llorar y tampoco comió. Ese día sólo tomó agua.

Luego de recibir su uniforme y artículos de aseo, Sara comenzó el entrenamiento político y militar en la compañía Raúl Eduardo Mahecha, grupo del Frente del Magdalena Medio. Repite con precisión cada cosa que aprendió durante esos días como el reglamento de las Farc y todo lo relacionado con el marxismo y helenismo. Pero el recuerdo que la marcó durante el entrenamiento es el día en que un comandante aprovechó que Sara cayó al piso y le dijo pisándole la cara: “nosotros estamos entrenado hombres para la guerra y no monjas para un convento”. Tres meses después tuvo su primer combate.

Sara Morales fue locutora de ‘La voz de la resistencia’ y mujer de confianza del comandante ‘Pastor Alape’. 

Sara dice que no disparó, se quedó atrincherada, inmóvil. Sólo veía como los guerrilleros cortaban con un machete a los paramilitares que veían agonizando. La llamaron ‘gallina’ y ‘cobarde’. El miedo la llevó a la retaguardia donde su nuevo rol estuvo en la cocina.  Pero con el tiempo y por su buena oratoria se le encargó la tarea de difundir la base política de las Farc. Fue así como durante cuatro años dictó clases en varios campamentos y de allí saltó a los micrófonos de la guerrilla.

Su participación en la emisora ‘La voz de la resistencia’ llegó porque en el campamento no paraba de cantar ‘Estoy enamorado’ de Donato y Estéfano’. Fue elegida como locutora por su voz ronca y por la facilidad que tenía para aprenderse canciones. Allí hacía un programa que dos veces al día. Tenía la responsabilidad de contar noticias, emitir mensajes a los guerrilleros, decir frases célebres del movimiento bolivariano y poner música guerrillera. Sus maestros a la distancia fueron Julio Sánchez Cristo y Juan Gossain, a quien admira porque según ella “desarma la notica como un reloj”.

Fueron siete años frente a los micrófonos y equipos que aprendió a manejar a ojo. Por su buen desempeño fue la directora de este espacio que tuvo la oportunidad de transformar poco a poco. Su fórmula fue hacer editoriales, poner más música y enviar mensajes románticos a las parejas conformadas entre guerrilleros. Sara confiesa que su labor como locutora la hizo dispersar un poco de la guerra que sin querer estaba batallando. Pero el final llegó el 20 de julio de 2007, el día en que le disparó al comandante ‘Diomedes’, quien intentó violarla.

Esa noche pidió que le fuera asignado el tercer turno de guardia. Tenía todo listo para su fuga. Una tula militar con municiones, varias granadas, 300 mil pesos –que le había regalado un civil de la zona y tenía protegidos en bolsas de arroz– y un celular Nokia que había tomado sin permiso.

Luego de fugarse de la guerrilla, Sara hizo parte de una agrupación musical de desmovilizados.

Sara esperó con paciencia que su reloj de marca Casio –el único objeto que aún conserva de sus años como guerrillera– indicara que fueran las 10.00 p.m. para emprender la huída. Fueron casi tres días donde se enfrentó a la selva, a los ríos Cimitarra y Magdalena, ciénagas y animales como culebras, tigres y caimanes. Pero lo más duro fue lidiar con los guerrilleros que la estaban persiguiendo.

Luego de haber recorrido la selva por más de doce horas, Sara fue encontrada por una compañía de las Farc. Recuerda que mientras evitaba ser blanco de los tiros, su brazo derecho se desgonzó, le habían dado en la mano. Olvidándose del dolor tomó su fusil AK-47 y “voleó plomo” como nunca lo había hecho en su vida, al mismo tiempo que trababa alejarse de los guerrilleros que la perseguían. Pero no pasó mucho tiempo y Sara recibió fue herida de nuevo, esta vez en su pierna derecha. Fue en ese momento decidió lanzarle a los guerrilleros una granada para ganar tiempo en su huída.

Después de caminar algo más de una hora y segura de llevarle ventaja a los guerrilleros, Sara se detuvo a revisar sus heridas. Recuerda que en su mano tenía un hueco y en su pierna podía ver como se asomaba un gordo. Tenía claro que para continuar el camino debía hacerse una curación. Con la ayuda de su fusil abrió una bala para sacarle la pólvora y ponérsela sobre las heridas para mitigar la sangre. También se puso varias vendas que hizo con ropa vieja.

A pesar del dolor, Sara siguió su camino hasta que se topó con un río donde había varias lanchas cargadas con víveres. Esperó que fuera la madrugada y tomó de allí unos cuantos paquetes de galletas de soda, envases de Pony Malta y algunos cigarrillos para sobrevivir. Aunque también llevaba consigo un tarro con arroz y gallina que le había regalado una campesina de la zona. Con eso se alimentó hasta el final de su camino.

Luego de haber andado por algo más de dos días, Sara notó que estaba cerca de Barrancabermeja porque había llegado a una zona llamada Bodega de los once. En este lugar dejó su pasado como guerrillera. Remplazó su camuflado por un pantalón de sudadera y una camisa manga larga de corazones que se había robado de una casa por la que pasó. Allí también dejó su fusil, su tula militar y las municiones que le sobraban. Sólo se llevó su pistola, la plata que tenía guardada y el celular. A la orilla de este río esperó paciente hasta que pasó una lancha que transportaba madera que la sacó hasta el puerto de Barrancabermeja. A su llegada al puerto de Yondó, donde convergen los departamentos de Santander, Antioquia y Bolívar celebró su libertad con tres cervezas Águila.

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