Así enloqueció el cabo Peña en la selva

7 de mayo del 2012

El secuestro lo trastornó y las Farc lo arrodillaron y lo fusilaron encadenado. De su sufrimiento quedó este diario que su hermana le mostró a Kien&ke.

Secuestro en Colombia

El guerrillero alias ‘Pate queso’ puso el cañón de su AK 47 en la cabeza de Luis Hernando Peña Bonilla, “Si usted se sigue haciendo el loco le pego un tiro para que se calle”, gritó el guerrillero.

Sintió el terror de la muerte y la impotencia de no saber por qué lo estaban amenazando. “estoy en mis cinco sentidos” escribía Peña en el diario. Sentía que los guerrilleros, la selva y sus compañeros de cautiverio estaban en su contra.

Se iba solo a su cambuche y se concentraba en la radio. Las noticias eran buenas, los diálogos estaban avanzando y el canje entre secuestrados por guerrilleros de las cárceles, se veía más cerca.

“Como un copetón, voy a calentar mis alas para volar. Lo que más ansío es ser libre”, escribió bajo el dibujo de un ave.

A medida que pasaban los meses, los diálogos de paz se convertían en un espectáculo cuyos protagonistas eran el Presidente de la República, Andrés Pastrana, y el representante de las Farc, Jorge Briceño alias el ‘Mono Jojoy’. Cada palabra era una esperanza pero no se consolidaba la libertad.

Elsa Peña Bonilla, hermana de Luis Hernando, conserva el diario desde 2002, es la última prueba que recibió.

El soldado Peña se desesperó, fue a la cerca que lo separaba de los guerrilleros y gritó para reclamar el canje. Todos lo escucharon pero nadie respondió. Volvió a su camarote y se dibujó a sí mismo gritando. Sucedió el 15 de octubre de 2000, casi dos años después del secuestro.

Había sido secuestrado el 1 de noviembre de 1998, día de los muertos, cuando más de dos mil guerrilleros se tomaron Mitú (Vaupés). Los disparos y los cilindros de gas lanzados por la guerrilla alertaron a los 120 policías que custodiaban el pueblo. Ante la ventaja numérica del enemigo sabían que la guerra estaba perdida. Los policías se resguardaron en la estación, y desde las ventanas gastaban los últimos cartuchos. Durante 48 horas Mitú fue una sucursal del infierno. Murieron medio centenar de uniformados y 61 fueron llevados hacia la selva.

Durante días caminaron, hasta cuando llegaron a una especie de campo de concentración en medio de los árboles. La primitiva prisión estaba construida en madera y rodeada de alambre de púas.

Esto contaba Peña en su diario: “vivo en una casa de madera. Solo veo árboles, puercos y gallinas coloradas y blancas. Tengo una maleta, algunos libros y periódicos con noticias de Monguí (su pueblo natal). Comemos papa, arroz, carne y algunas veces tomamos leche… He deseado comer carne de tigre pero no ha sido posible. La de cocodrilo sabe a pescado”.

El secuestrado pintaba lo que sentía, y escribía cómo eran los días en cautiverio.

“Los domingos son normales. Los farianos hacen cercas, los policías leen y otros hacen teléfonos con vasos y nailon. Yo preparo mi camuflado para estar bien presentado cuando salga libre. Parece que el Mono Jojoy va a reunirse con nosotros, creo que el canje va a ser pronto”.

“Camino plácido en el silencio, los arbustos han crecido un poco más, verlos desde un helicóptero lo que más ansío, verlos desde el aire, elevarme más y más”.

“Cada cuatro o seis meses, los secuestrados reciben la visita de médicos y dentistas farianos. Llevan medicamentos para la leishmaniosis y el paludismo, mal que en algún momento todos los cautivos han padecido”.

Peña era el más saludable del grupo, pero según el general Luis Mendieta, tenía un cuerpo fuerte y una cabeza débil. Había perdido la cordura. Los fantasmas que perseguían al secuestrado agobiaban al resto del grupo. A veces parecía delirar con personajes imaginarios que prometían sacarlo de la selva. Cuando sucedía, alistaba maleta, se ponía el camuflado, y con todo listo se sentaba a esperar la libertad.

Quiso escapar, pero no fue capaz de hacerlo aunque pensaba que era fácil.

 Nadie quería estar con él, ni hablarle, ni verlo comer. Revolvía la sopa con el agua de panela, el chocolate con el arroz y luego dejaba fermentar la comida hasta que quedaba convertida en una mezcla fría y desagradable.

Lo querían pero no lo aguantaban. Algunos trataban de consolarlo por medio de cartas:

 “Cabo Peña, deje de hacerse el loco, eso son güevonadas que usted se inventa. Deje de actuar de esa forma para que su estadía sea más amena”, atentamente teniente Freddy Omar Ortega Becerra.

“Hay locos que nacen locos, hay locos que locos son, hay locos que sin ser locos se hacen los locos y pasan la vida mejor. Viejo Peboni (Peña Bonilla), le deseo mucha suerte y fresco que este trago amargo terminará”, le escribió alguna vez el policía Eddy Gonzalez Rodríguez.

En la radio de pilas encontró la forma de caminar en el tiempo, de llegar al génesis. Según él Cabo Peña, las ondas radiales llegan al cerebro y lo adormecen, el cuerpo camina por siete niveles de energía que lo van llevando hasta llegar al primero, a la creación. En el diario hay páginas con ilustraciones que explican la teoría. También escribía de telepatía y desdoblamiento. Desde la adolescencia le interesaban esos temas, según relata Elsa Peña Bonilla, hermana del secuestrado.

Peña Bonilla intentó golpear al general Luis Mendieta cuando estaban secuestrados. el golpe lo recibió otro policía.   

El general Luis Mendieta fue el único que accedió a tender su colchón al lado de Peña. El general recuerda el día en que su compañero dejó caer al suelo el menjunje de comida mezclada que solía preparar y le pidió que limpiara. Peña gritó, no quería recoger nada, estaba irascible. El intendente Rojas le pidió calma y a cambio recibió un puño en la cara que lo tumbó al suelo.

A principios de 2001, las Farc le pidieron a Mendieta, en ese entonces coronel, que hiciera una lista con los cautivos enfermos para canjearlos por los guerrilleros de las prisiones. Recuerda que entre los primeros nombres anotados fue el del cabo Luis Hernando Peña, argumentando que presentaba un desorden mental.

El cabo estaba ilusionado con salir. Llenó páginas con dibujos de lo que haría en libertad. Se pintó a caballo entrando a Villa de Leyva, el rostro de una mujer, una botella de champaña y otra de whisky. Escribió que quería una camioneta, ser ingeniero y casarse con una “hermosa boyacense para amarla y darle todo”. También pensaba mostrarles los cuadernos de su diario en la selva a los hijos que tendría con la boyacense.

El médico fariano lo declaró sano. Los guerrilleros pensaban que estaba fingiendo locura para salir del cautiverio. Peña no quedó en la lista definitiva de las Farc. De ese campamento salieron ocho, en total fueron liberados 242 uniformados de los diferentes grupos esparcidos en la selva.

En 2003, la ilusión de libertad volvió a surgir. Helí Mejía, alías ‘Martín Sombra’ le pidió a Peña Bonilla que alistara todo. Se marchaba. Esa fue la última vez que sus compañeros lo vieron. Según relató el intendente Armando Castellanos, Peña fue envuelto en cadenas, lo hicieron arrodillar y, al lado de una fosa, lo fusilaron en zona rural de San Vicente del Caguán (Caquetá). Con el camuflado puesto y sin quitarle las cadenas, lo enterraron.

‘Martín Sombra’ aseguró en una entrevista que había entregado al policía a los hombres del ‘Mono Jojoy’ para que recibiera tratamiento sicológico. No se volvió a saber nada de Peña. Lo único que salió del monte fueron sus palabras y los dibujos que hoy conserva su hermana.

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