Así se sufre el miedo en Córdoba

17 de agosto del 2011

Mientras el ministro de Defensa y la Gobernadora se ponen de acuerdo, Kien&Ke llegó a Tierralta y recogió las voces de la última masacre.

Así se sufre el miedo en Córdoba

El sábado 13 de agosto, en el municipio de Tierralta, la reunión en la que participaban el párroco, la defensora del pueblo y un representante por cada una de las comunidades desplazadas fue interrumpida por el rechinar de las herraduras en el pavimento y la música de cantina. En la reunión se discutía sobre la repartición de la ayuda humanitaria que el gobierno había entregado. A las afueras, un camión con un equipo de sonido de gran capacidad era escoltado por una caravana de caballos, en su mayoría de paso fino. Se trataba de la inauguración de “La fiesta de los cachacos”, una celebración que realiza desde hace varios años los “paisas” del pueblo.

Desde el domingo 7 de agosto, más de doscientas personas se encuentran en calidad de desplazados en el colegio El Junín, al sur del pueblo,  luego de los hechos en los que murieron 7 personas. Tres de ellas en el casco urbano. Las otras cuatro en la vereda Las Pailas, perteneciente al corregimiento de Palmira. Tres hombres armados sacaron a siete campesinos de sus casas a la seis de la mañana. Tres de ellos fueron dejados en libertad a unos cuarenta minutos de camino de lugar de donde fueron sacados. Para entonces, ya habían asesinado a la primera víctima. Los sobrevivientes dieron aviso a los demás habitantes de la vereda. Este último hecho fue el que provocó el desplazamiento masivo hacia la cabecera municipal.

Además del tema de la ayuda, en la reunión se debatía mi presencia en el albergue, puesto que ellos acusaban de mentirosas a varias de las publicaciones realizadas por medios nacionales. Luego de escuchar mis argumentos se me permite la presencia, eso sí, sin fotos ni entrevistas.

Luego de la reunión a las afueras de la iglesia, frente al parque principal de Tierralta me aborda un hombre joven líder que pidió no se revelara su identidad. Mientras bebe una gaseosa, me explica cómo el gobierno anterior se había comprometido a que estos hechos nunca se volverían a repetir. “Esto demuestra que luego del proceso de paz fuimos abandonados por el estado”, dice. Recuerda que el gobierno prometió la reparación delante de organismos internacionales como la OEA o el CICR. Pero estos compromisos no se han materializado. El joven es cantautor de música vallenata, tiene 33 años y asegura que ha vivido toda su vida en esta zona, le atraen los libros de superación personal, ya tiene hijos, le gusta trabajar en los cultivos, no tiene problemas con nadie. Le gustaría volver. Como dice la estrofa de una canción que le pedí que cantara, “si Dios permite que me quede aquí, en mi tierra querida yo he de vivir”.

El asesinato de once personas provocó un desplazamiento masivo a la cabecera municipal.

Al día siguiente, durante el desayuno, antes de acompañarlos a reclamar el mercado de la ayuda, me entrevisto con Álvaro Montiel, de la vereda Las Pailitas, un hombre de tez morena, baja estatura y pocas palabras, pero con buen semblante. Tiene un marcado acento de campesino cordobés. Dejó la parcela de 20 hectáreas, en donde tiene tres “cuarterones” de arroz sembrados (menos de una hectárea) al cuidado de su compañera sentimental. Él asegura que debe permanecer en el colegio que funciona como albergue, por su condición presidente de junta de acción comunal de la vereda. Por su oficio de enfermero, se ha ganado el reconocimiento de los vecinos. Atiende los partos y no le importa salir bajo agua o de noche alumbrado con una linterna de mano para atender a alguien que lo necesite. Varias veces se ha tropezado con “bandidos”, que le preguntan su nombre y lo requisan. “No tengo más que un tensiómetro, medicamentos y desechables”, afirma mientras frota sus gruesas manos. Es consciente del riesgo de asumir el cargo de representante de la comunidad. Sin embargo, no duda en afirmar que no tiene miedo, y no tiene por qué tenerlo, porque nunca le ha hecho daño a nadie.

El desayuno se prepara en tres fogones de leña que están en el piso, fríjoles y plátano cocido servidos en platos desechables sobre dos mesones de madera que contrastan por sus colores. Uno luce como madera recién cortada y el otro es oscuro y desgastado. Uno de los ayudantes de cocina pega el grito, a los líderes se les sirve después de que todos hayan comido. Los platos se lavan una vez se desocupan. De ésta tarea está a cargo el comité de alimentación. Los comités están conformados con ayuda del bienestar familiar. La función es tener todo organizado. Los otros comités son el de aseo, que está a cargo de mantener limpio y en buen estado el lugar; el de salud, encargado de que la personas enfermas o que están en peligro de contraer algún tipo de enfermedad reciban un trato a adecuado. Finalmente, el de bienestar tiene la función de mantener ocupados a los niños.

El lugar está lleno de hamacas. Los salones son ocupados por una o varias familias, dependiendo del número de integrantes, el espacio disponible, la comunidad a la que pertenezcan, la cantidad de cosas que tengan, entre otras. Las paredes están descascaradas; la pintura, avejentada; los pisos, quebrados. Gran parte de estos son de tierra, que permanece húmeda debido a las lluvias constantes. Los niños siempre están en ropa interior, son delgados y algunos tienen manchada la piel. Se ven pálidos y padecen síntomas de desnutrición. Esto no es impedimento para jugar en medio de sonrisas con una bomba color naranja, que entre todos tratan de mantener en el aire. Otro grupo de pequeños, un poco más grandecitos, se concentran en una pelota de plástico rota y desinflada que les sirve como balón de fútbol.

Afuera, un hombre delgado a quien se le dificulta pronunciar la letra R, está algo alterado. Pide el favor a algunas personas que se disponían a salir que se devuelvan: “al salir, salen todos en un solo grupo. No se ha dado la orden a nadie de salir”. Luego se recuesta en una moto y aprovecho para acercármele. Es él quien me explica cómo se organizan los comités, cuántas comunidades hay. Supe en la iglesia que es artesano, talla la madera desde hace 12 años. También dibuja y pinta. No pudo mostrarme ninguno de sus trabajos por obvias razones, asegura que no va a regresar hasta que no se le garanticen las condiciones: no solamente de seguridad, sino también sus condiciones de vida. Pide la construcción de un puente que facilite el acceso, se quejan por lo caro que les llegan los recibos del servicio eléctrico. Cree que el Estado tiene unas obligaciones que debe cumplir. El cambio de presidente, asegura, no ha significado un cambio.

Bajo un sol de 32° centígrados, se emprende la marcha para atravesar el pueblo hasta la plaza de mercado, no sin antes escuchar la ronca voz de Wilson, que advierte que no es un acto político. Él se dirige a quienes cuidan el albergue y les sugiere que tomen estrictas medidas de seguridad. La caminata es larga, las madres llevan sus hijos cargados, algunos prefieren adelantarse subiéndose a un mototaxi, el transporte típico de los tierraltenses. Al llegar, veo un camión doble troque cargado con sacos marcados con el logo de Acción Social. Primero deben presentarse como desplazados con sus familias y luego se les entrega la ayuda. Fue aquí donde conocí al presidente de junta de acción comunal de Las Pailas, quien dijo que el día martes tenía que estar listo el documento para presentarle al gobierno, en el cual recogían todas las inconformidades de los pobladores de las ocho veredas desplazadas.

Al día siguiente, todo el pueblo estaba activo. Hubo pocos mototaxistas trabajando, las personas se pusieron su mejor pinta o la camiseta un candidato a la alcaldía que ofreció un concierto con un cantante de vallenato reconocido en toda Colombia. Pero ese día no fui al albergue y me enteré de que familiares de varias de las víctimas habían arrendado por 80 mil pesos una casa cerca de donde se encontraban el resto de desplazados. Entonces me dirigí hasta el sitio con el ánimo de entrevistarlos. Lo único que pidieron fue que no revelara su nombre por la situación de vulnerabilidad en la que se encuentran.

El hombre que me concedió la entrevista tenía una camisa a medio abrir. Es un poco moreno y ojos verdes, habla de manera pausada, lenta. Tiene cinco hijos, los cuatro menores con su esposa actual. Narra cómo ese día, a las seis de la mañana, buscaba una mula para irse a cortar arroz a la finca de su padre en compañía del sobrino de su compañera, uno de los cuatro hombres asesinados. “En el camino me encontré a los tres hombres, me pidieron la cédula pero les dije que no la tenía, pero todavía no llevaban a nadie”, cuenta de manera tranquila. Una hora después conoció la noticia sobre la masacre. Su esposa tuvo que ser traslada junto con su hija de dos meses al hospital San Jerónimo en la ciudad de Montería desde el mismo domingo en la tarde. Él solo ha podido visitarla una vez.

Ahora tiene que devolverse a ver si recoge un arroz que ya estaba cortado para venderlo, con el fin de pagar la cuenta del hospital y poder estar con su esposa. Es la segunda vez que es desplazado, la primera fue en el 2008, en la vereda la bonita de Valencia (Córdoba). Hoy jura que nunca más va a volver por esas tierras. Se va a quedar en Tierralta un tiempo “para ver que logra resolver”.

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