Así se vive a menos de 43ºC

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Así se vive a menos de 43ºC

25 de Marzo del 2017

Vivir al extremo. Oímos esa frase y pesamos en una vida de aventura y experiencias, de viajes y emociones. Pensamos que es, por ejemplo, aventarse desde un avión en paracaídas; amarrarse a un cordón y tirarse de un puente; recorrer los rápidos de un río en un kayak. O pasar días o noches enteras de juerga sin que se sienta nada. Nosotros, que podríamos tener todo fácil, a la mano, pronto, quizás no nos hagamos a la idea de lo que, de verás pude ser “vivir al extremo”.

Hay casos, sin embargo en los que, esa afirmación no se rece a la práctica de actividades arriesgadas, sino al simple hecho de intentar sobrevivir en medio de condiciones imposibles.

Pueden pasar más de 6 meses sin que salga el sol. A veces las temperaturas pueden llegar a -43ºC. Todo, absolutamente todo alrededor está teñido de una blancura impoluta, casi infinita. Las condiciones son tan extremas, que pensar en que haya vida —que sobreviva—. Aun así es posible: un pueblo lleva años allá, en el Polo Norte, luchando contra la naturaleza. Se les conoce como esquimales, pero a ellos nos les gusta que los llamen así: son los Inuits.

La primera imagen a la que nos remite la palabra esquimal es al iglú: una especie de casa hecha con bloques de nieve. En realidad ellos no viven allí todo el tiempo; sólo la usan por cortos periodos, cuando salen a cazar o a pescar.

Si se quiere sobrevivir en el Polo Norte, lo más importante es conocer la naturaleza: saber cómo se mueve, cuándo, qué hay aquí o allá. Las estaciones son, en esa medida, el referente principal. Aprender a conocerlas es, aquí cuestión de vida o muerte. La primavera, por ejemplo, es la más importante para los Inuits.

De acuerdo con National Geographic, “durante esta época (los inuits) se desplazaban en sus trineos tirados por perros y se dedicaban a la caza de focas sobre el mar helado, o aprovechando los agujeros de respiración que estos animales hacían en la banquisa, o bien en las polinias, espacios de aguas abiertas rodeados por hielo marino, donde también podían cazar morsas y en algunas ocasiones diferentes tipos de ballenas”.

En otoño ya no hay focas. Ahora el turno es para el Caribú, que además de carne, les da pieles que los protegen de la inclemencia del clima. Conocimiento de la naturaleza: esa es la clave. Y también la división del trabajo. Los hombres, por ejemplo, se dedican a la caza y a la pesca. Las mujeres, por otro lado, tenían la responsabilidad de curtir las pieles, confeccionar los vestidos, descuartizar a los animales y cuidar a los niños.

Entonces, en el “durísimo invierno ártico”, la supervivencia se hace más difícil. Salir es casi que imposible: hay terribles tormentas de nieve que pueden durar días. El frío casi que quema. No crece nada. En un lugar así sólo llega la muerte. No obstante, la comunión de los Inuits con la naturaleza les permite seguir.

“La inseguridad por el mañana, la preocupación por el éxito de la caza, la perpetua amenaza del hambre y la mera supervivencia bajo uno de los climas más extremos del planeta llevaron a los inuit a desarrollar una serie de creencias y ritos ligados a su actividad económica. Sus normas de convivencia y sus estrategias de supervivencia iban encaminadas a la búsqueda de un equilibrio armónico entre el mundo natural y el mundo espiritual”, explica National Geographic.

En el extremo totalmente opuesto a las nieves perpetuas del Ártico están los calores infernales del desierto. En miles de kilómetros no hay sino un manto amarillo. No crece nada. No hay agua. El sol quema. La arena se pega a la piel y corta como diminutas agujas. La temperatura puede llegar a los 45ºC.  Y allá viven unos hombres; los hombres del desierto. Se llaman beduinos.

El nombre beduino viene del árabe bedui, que significa “morador del desierto. La característica principal es que son tribus nómadas que se mueven por el desierto con sus rebaños de camellos o cabras, buscando los escasos oasis del desierto.

Llevan ropas ligeras para soportar el calor. Su prenda más característica es el turbante que enrollan en su cabeza.

Sus viviendas  son tiendas de campaña, hechas de piel de animal, especialmente de camello, que es elástica y resistente. Esas primitivas construcciones son capaces de resistir la fuerza destructiva de las tormentas de arena.

En un reportaje sobre ellos, la Vanguardia.com explicó que “los habitantes del desierto, beduinos, pastorean rebaños de camellos, cabras, corderos, vacas y asnos.  La carne de cordero preparada en diferentes formas es el plato favorito de la región. El ambiente es un retiro infinito y de silencio. Es una soledad sin término, solo el sol y las estrellas acompañan a una población que no conoce otra cosa que su desierto”.

Los Beduinos son una raza antigua, sostenida en los principios espirituales del sufismo. Viven más que todo de la ganadería, por lo que su rutina es la de ir por el desierto, buscando pastos y agua. A ellos, la literatura y el cine le deben la imagen de esas sendas caravanas de hombres y camellos que atraviesan las dunas del Sahara.

Su alimentación gira, básicamente en torno a lo que puedan sacar de sus animales, leche carne; pero también de dátiles y pan ázimo, lo que les aporta la energía suficiente para soportar las largas caminatas o las condiciones del desierto.

El Polo Norte y el Sahara, opuestos en muchos sentidos, tienen en común la rigurosidad con al que tratan a aquellos que  intentan transgredir sus bastas mesetas, o quienes buscan entender sus caprichos. Vivir al extremo, sería entonces, soportar por generaciones las condiciones de los lugares más agrestes del mundo. Lo demás es capricho.