Un ataúd al estilo Harley Davidson y el negocio de la muerte

Un ataúd al estilo Harley Davidson y el negocio de la muerte

22 de febrero del 2017

Un cofre fúnebre con forma de burbuja llama la atención al ingresar al lugar. Su color negro con naranja resalta a la vista. Las miradas se centran en el logo bordado de la marca, Harley Davidson, que está adentro de la tapa superior que permanece abierta.  Es inevitable no sentir un frío por todo el cuerpo al acercarse a él y a la decena de cajas mortuorias que lo rodean.

Fernando Galindo es el dueño de ese féretro. Es un harlista de corazón que decidió fabricar su propio ataúd personalizado en su empresa de cofres fúnebres, Coffins S.A.S, la más grande de Colombia.

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“Cuando Fernando entró al negocio decidió hacerle caso a uno de sus amigos, que también comerciaba con ataúdes. Él le aconsejó que para empezar debía construir su propio cofre con el fin de durar más tiempo con vida”, contó el supervisor Fernando Paipilla a KienyKe.com. Fue él quien recibió a este medio en la empresa.

Aunque Galindo no se imagina en qué instante puede encontrarse con la muerte, no quedó en paz consigo mismo hasta el día en el que terminó la construcción de su cofre. Quedó satisfecho, y dice complacido que allí reposarán sus restos.

¿Qué se siente tener ya su propio ataúd? ¿Por qué lo fabricó tan rápido? ¿Le tiene miedo a la muerte?, son algunas de las preguntas que escucha atentamente este hombre de 52 años, cada vez que algún curioso entra en diálogo con él.

Con más de 5 años de construido, este féretro, que para muchos es algo tenebroso,  ha sido parte de shows de televisión, historias, crónicas y uno que otro chiste de pasillo en alguna funeraria.

Galindo recuerda una llamada que recibió cuando aún estaba en Puerto Colombia, donde empezó con su empresa, y que cambió por completo el camino de la fábrica.

Eran las 4 de la tarde. Al otro lado del teléfono una de las empleadas de la funeraria le habla de un cliente: un hombre que no quiso enterrar a su hija de 13 años en un ataúd normal.

El viernes siguiente suena nuevamente su teléfono. El padre de la pequeña recién enterrada le dice, en medio de una honda tristeza, haber quedado contento con el diseño del cofre en el que sepultó a su hija. Solo lo llamó para agradecerle.

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“Rosado con blanco, tapizado con tela fina, acolchado y con imágenes de princesas y barbies”, así lo describe Paipilla, que recuerda que ese pedido cambió el futuro de Coffins. Desde ese momento los diseños personalizados se convirtieron en el fuerte de la empresa.

Cada día reciben más de 10 llamadas de familias que desean enterrar a sus familiares en cajones personalizados. Cofres que se identifiquen con la persona que ya no está. Fernando Paipilla, con una sonrisa en la cara, recibe siempre las solicitudes, se sienta con los trabajadores y entre todos diseñan el cofre.

Fernando Galindo se ha convertido en un hombre muy conocido, no solo por su cofre de Harley Davidson, también por su estilo rockero, aunque con su ropa no lo demuestre. Es divertido, lleno de vida a pesar de estar rodeado de la muerte.

Su fábrica es su tesoro. En ella ha construido féretros para todo tipo de ser vivo, porque como reza el viejo adagio, la muerte no distingue de color ni de raza y de que llega, llega.

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“Hemos fabricado ataúdes para niños, para adultos, perros, gatos y hasta para caballos”, asegura el supervisor que lleva 11 años en el lugar.

En forma de hueso, de color blanco, con alguna que otra mancha negra y con una frase que dice ” Gracias a ti señor por darme un amigo el cual me amó incondicionalmente” en un costado, es el diseño principal para los cofres de perros. “Se venden entre 15 a 20 al mes”. El de los gatos son aún más personalizados y dependen de la raza y color preferido del dueño del felino.

Y aunque otro de los objetivos de este lugar es hacer de la muerte algo divertido, no dejan de tenerle miedo a ella. “A la muerte: a eso es a lo que le temo” , asegura Fernando. Al igual que él, los otros empleados aseguran guardarle respeto.

Los más de 100 trabajadores de Coffins viven gran parte del día en medio de los cofres fúnebres, algunos nuevos y otros que ya han sido utilizados. Al ingresar todos sonríen, juegan entre sí, “son una familia”, confiesa Paipilla. Todos visten con una camisa amarilla que dice “Yo amo trabajar en Coffins”. Y así parece ser, “no cualquiera trabaja en un lugar como este, al principio es difícil, luego te acostumbras”, asegura.

El ambiente se vuelve un poco más cálido cuando dejan de pensar en la muerte. La música es su compañía durante las 8 horas de trabajo. La rancheras, su preferida.

“Cuando llegué sí me parecía aterrador pensar  que tenía que hacer cajones para niños, pero con el paso del tiempo se convirtió en algo normal, algo que hacía parte de mí y aunque sí le tengo miedo a la muerte me acostumbré a vivir con ella”, asegura un hombre de unos 24 años que se encarga de hacer los cofres para niños.

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El negocio de la muerte

“La muerte: el mejor y más seguro negocio”. Como si fuera algo tangible, el fin de la vida se ha convertido en un producto con el que no todos pueden comerciar. La suspicacia y la valentía son aspectos fundamentales para entrar en el negocio, o así  lo describe el dueño de Coffins.

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Cuando Fernando Galindo inició con su fábrica en Puerto Colombia, producía 30 cofres a la semana. Ahora está fabricando de 1500 a  2500 cofres mensuales, entre los que se encuentran ataúdes de plan (los que se entregan en la funerarias), lujo (estilos personalizados que van desde 2 a 5 millones) y semilujo (son aquellos que tienen muy pocas cosas personalizadas).

“La palabra ataúd es un término muy despectivo, suena mejor decir: vamos a escoger el cofre”, él le da este nombre a los ataúdes porque “todos los que hemos perdido se convierten en un tesoro”, y cómo vas a despachar a ese tesoro en un ataúd.

Algunos ven esto como un negocio, y lo es, pero nosotros más que ver una persona muerta vemos alegría, tratamos de brindarle felicidad a las personas”, recalca Paipilla.

Coffins, la fabrica de cofres más grande de Colombia, produce ataúdes para solo el 30% del país. “Nosotros hacemos entre 80 y 90 servicios en solo Bogotá al día, así que imagínate cuántos muertos hay por día”. Concluye.