El ataque a las Torres gemelas 16 años después

El ataque a las Torres gemelas 16 años después

11 de septiembre del 2017

A las 8. 46 de la mañana el primer avión, un Boeing 767 de American Airlines, se estrelló contra la Torre norte del World Trade Center. 17 minutos después, el vuelo 767 de United Airlines, también un Boeing 767 se estrelló contra la Torre sur. Una inmensa columna de humo gris se levantaba sobre Manhattan. El planeta entero, en vivo y en directo, era testigo del ataque terrorista más terrible de la historia. 3016 muertos. Más de 6000 heridos. Y un mundo que cambiaba para siempre.

El testimonio de Margaret

Margaret Lazaros salió de su casa antes de las ocho. Acompañó a su hija hasta la escuela y luego fue a su trabajo, en el piso 27 de la Torre norte. Antes de empezar la jornada se quedó en el pasillo charlado con algunos compañeros. Entonces el primer avión se estrelló contra el edificio. “El impacto fue tan grande que inmediatamente miré hacia arriba, esperando ver el techo bajando sobre nosotros. No fue así”, dijo Margaret.

“Oh, Dios mío, algo sucedió, algo realmente malo pasó. ¡Necesitamos salir de aquí ya mismo!”, exclamó, y luego fue hasta donde estaban sus demás compañeros de trabajo, sin saber qué hacer, para dónde ir, qué decir.

Margaret volvía  a su cubículo, tomó su bolso y su teléfono, que sonaba incesantemente. Contestó. Era Mary, una amiga suya que trabajaba en otra ciudad.           

–Marie –dijo Margaret– algo realmente malo pasó. 
–¡Corre, sólo corre! –respondió Marie.  

Ni Margaret ni sus colegas sabían qué era lo que estaba pasando. Por instinto salieron de la planta por la escalera de emergencia y empezaron a bajar. Se encontraron con los trabajadores de los otros pisos, que también muy aterrados, trataban de llegar a la planta baja. 27  pisos.

En su camino encontraron grupos de bomberos que, a toda prisa, subían con todos sus equipos a cuestas: hachas, extintores, mangueras. “No sabíamos en ese momento que estos valientes hombres perderían sus vidas ese día”, dijo Margaret.

“Nos llevó casi 45 minutos a caminar por los últimos 20 pisos. No teníamos ni idea de que un segundo avión había alcanzado la otra torre mientras bajábamos”.

Cuando llegaron al vestíbulo de la Torre, encontraron un panorama muy distinto al que veían normalmente. El elegante pasillo que daba la bienvenida al edificio estaba cubierto de polvo, vidrios rotos. “No miren atrás –­decía un policía–; no miren atrás y sólo corran”.

“Todos parecían atónitos y sorprendidos. La gente estaba llorando y gritando los nombres de sus amigos y compañeros de trabajo”.

Apenas salió del edificio, Margaret escuchó un ruido espantoso, que nunca será capaz de describir, pero que recuerda con claridad cada día. De pronto, la Torre norte, se vino abajo delante de sus ojos.

“El humo y el polvo estaban por todas partes, y la nube se movía hacia nosotros. Alguien detrás de mí me empujaba, y yo tenía tanto miedo de caer por la multitud. Yo estaba llorando, gritando: ‘¡Por favor, no me empujes!’ Se sentía como si estuviéramos viviendo en una pesadilla”.

Margaret y una de sus compañeras de trabajo lograran escapar por entre ríos de polvo y gente. Llegaron a un local en Chinatown, cerca del WTC e intentaron hacer una llamada telefónica. Margaret le dijo a su hermana que estaba bien. Entonces se derrumbó la segunda torre.

Durante más de 70 cuadras, sin saber del todo para dónde iba, Margaret caminó junto con otras miles de personas. Luego tomó el tren. A eso de las 5.45 de la tarde llegó a su casa. Su hija, que había quedado atrapada en Long Island porque había cerrado los puentes, volvió pasadas las 10 de la noche.

“Durante las próximas semanas, esperamos muchos funerales para compañeros de trabajo, amigos, vecinos y bomberos. Era algo que teníamos que hacer para empezar. Tuvimos que decir adiós y rendir homenaje a los que perdieron la vida en este trágico día”, dijo Margaret.

El hombre que cae

El terror dejó varias imágenes imborrables. Una de ellas es la de la columna de homo negro que sale de las dos torres. Otra, quizás aún más chocante es la del ‘Hombre que cae’. Esta última fue tomada por el fotógrafo Richard Drew. En ella no se ven ni aviones, ni humo, sólo un hombre que cae al vacío con una de las torres al fondo. Prefirió saltar para que no lo consumieran las llamas. Había perdido toda esperanza, y en el último minuto de su vida, sacó valor y saltó. Han pasado 16 años y aún no se sabe la identidad de aquel hombre. Como él, otras 200 personas murieron al lazarse de las torres en llamas.

Ton Junod escribió en el Times: “En la fotografía, él parte de esta tierra como una flecha. Aunque no ha escogido su destino, parece como si en los últimos instantes de su vida se hubiera abrazado a él. Si no estuviese cayendo, bien podría estar volando. Parece relajado, precipitándose por los aires. Parece cómodo en garras del inimaginable movimiento. No parece intimidado por la succión divina de la gravedad o por lo que le espera más abajo. Sus brazos están a los costados, sólo ligeramente abiertos. Su pierna izquierda está doblada en la rodilla, casi de manera casual. Su camisa blanca –o casaquilla o sotana– se ondula libremente fuera de sus pantalones negros. Todavía tiene sus zapatillas de bota alta en sus pies. En todas las demás fotografías, la gente que hizo lo mismo que él –es decir, saltar– resulta insignificante ante el telón de fondo de las torres, que asoman como colosos, y ante los sucesos propiamente dichos”.

La sociedad estadounidense nunca ha aceptado que esas personas se lanzaron. Lanzar implica necesariamente una relación con el suicidio. Y está claro que eso no fue un suicidio. El ‘hombre que cae’ y los demás que se arrojaron de las torres fueron  víctimas de homicidio.

La foto fue tomada casi una hora después de que el primer avión se estrellara contra la Torre norte. La polémica que surgió en torno a la imagen aún se mantiene. Por respeto a las víctimas y a sus familias, los medios de los Estados Unidos siempre fueron reacios a publicar las fuertes imágenes de quienes caían de las torres.

Desde el día del atentado se han hecho varios esfuerzos para identificar al ‘hombre que cae’. Se han dado algunos nombres, pero los familiares no han reconocido a la víctima. Y eso puede ser una especie de alivio que ayuda a mantener la memoria del muerto.

El World Trade Center 16 años después

La Torres gemelas y los demás edificios que se derrumbaron dejaron un inmenso cráter. Además de memorial a las víctimas, se han levantado dos imponentes edificios. En el lugar que estuvieron las Torres está el National September 11 Memorial & Museum, una plaza arborizada, dentro de la que se alza un monumento. En los espacios dejados por los dos edificios hay dos fuentes.

Además del monumento, se construyeron dos edificios. Uno de ellos es el One World Trade Center, o ‘Freedom Tower’. Es el edificio más alto del hemisferio occidental y quinto del mundo.  Mide 541 metros. Tiene 94 pisos.

Otro de los edificios es el 7 World Trade Center, una torre de 226 metros de altura, con 56 pisos. Se terminó de construir en 2006 y remplazó a un edificio del mismo nombre que se derrumbó en el atentado del 11 de septiembre de 2001. Junto con este, también fue reconstruido el 4 World Trade Center, que tiene 298 metros.

Más allá de los edificios, que siempre podrán levantarse de nuevo, el mundo, ese día entró a empujones en el siglo XXI. Se atravesó esa puerta a empujones, con gritos al fondo, sin saber, todavía, que podría venir. Ahora que vemos desde aquí, 16 años después, es posible ver que ese fue apenas el primer y terrible paso en una guerra entre oriente y occidente que todavía sigue, sin aparentes posibilidades de reconciliación, que ha dejado miles de muertos y que sigue desangrando al mundo. Y la mayoría de esas víctimas, tanto de ‘aquí’ como de ‘allá’ era inocentes.