Bogotá entre alucinaciones y delirios (II)

Bogotá entre alucinaciones y delirios (II)

9 de marzo del 2017

La estatua del Almirante Padilla, oxidada y desmembrada, que está en el Parkway, de pronto movió la cabeza lentamente.  Después levantó su mano derecha, en la que lleva su espada y señaló a Camilo**, que lo observaba, quieto y asombrado, con los ojos muy abiertos. Y cual si se le hubiera contado un chiste buenísimo, o como si frente a él se hubiera representado la escena de una comedia, el Almirante empezó a reírse a carcajadas. Camilo se fue de allí de inmediato: creía que la estatua se reía de él. Y podría ser que sí.

A Liliana** le gusta mucho ir al Chorro de Quevedo, sobre todo los viernes por la tarde. Por alguna razón, allá se siente cómoda, tranquila, feliz. Esta noche, esa felicidad era una felicidad de colores: el cielo del atardecer se veía de un rojo más claro y encendido, que contrastaba con un azul diáfano, un gris vivo, y unas nubes como inmensos copos de algodón que bailaban una con otra. En cada uno de los rostros de las personas que pasaban junto a Liliana, se dibujaban sonrisas expresivas, casi que de caricatura. Entonces Liliana se aguzó el oído y pudo oír, claramente, la respiración del mundo.

(Lea la primera parte aquí)

Camilo y Liliana no se conocen. Cada una de estas experiencias sucedió en días distintos. Tienen en común, sin embargo, algunas cosas: son  jóvenes estudiantes universitarios; viven en Bogotá; les gusta la música de Pink Floyd; han leído a Hunter S. Thompson. Y se han drogado con LSD.

Un estudio publicado en el portal Intertextual, realizado por neurólogos, explica que “en presencia de LSD en el cerebro, la actividad se dispara. Normalmente el cerebro actúa de forma “compartimentada”. Cada circuito se encarga de su área y conecta con el resto según las necesidades. Ante el LSD, el cerebro parece inundado de señales. La sangre “hierve” por todos los vasos, lo que parece querer decir que la actividad se da por todas partes, frenética. Esto podría explicar muchos de los efectos vividos por los consumidores de LSD”.

Por ejemplo —continúa el estudio—, la sinestesia, que provoca que sintamos con el sentido “incorrecto” (ver la música, escuchar los colores…), podría explicarse por esta amalgama de actividad indiferenciada que dispara las señales en áreas que no le corresponden. Otro aspecto curioso es el de las alucinaciones visuales. Cuando los voluntarios cerraban los ojos y describían visiones, el monitor también mostraba actividad cerebral en las áreas asociadas a los estímulos visuales.

En definitiva, sin entrar en el mecanismo molecular exacto del LSD en el cerebro, lo que se observa claramente es que la actividad “se descontrola” provocando estímulos y respuestas “falsas” que nos hacen ver lo que no está ahí y sentirnos completamente distintos”.

La experiencia de Camilo

Generalmente Camilo disfrutaba esas experiencias mejor cuando estaba solo; era como si se conectara consigo mismo. Esta era diferente, sin embargo. Ya se había drogado antes con LSD; esos “viajes” habían sido tranquilos, coloridos, felices; pero ahora, y él no sabía la razón, parecía que iba a ser un “mal viaje”. El hecho de que la estatua del almirante se hubiera burlado de él era un mal augurio.

“Me metí el ácido apenas salí de clase, como a las 5 —dijo Camilo—. Eso siempre se demora en coger un rato, ¿si me entiende? Depende: a veces es media hora, a veces es más. A mí me pegó como a los 40 minutos. Estaba solo en el Parkway. Cuando estoy muy trabado me gusta ir allá porque me gusta ese parquesito. Es solitario y tranquilo”.

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La situación puede influir mucho en el efecto de la droga. Aquel día Camilo había discutido con su novia; había obtenido una mala nota en un parcial; además había almorzado poco porque no tenía plata. Las circunstancias apuntaban a que sería un mal viaje. Y él lo sabía. “Las cosas no estaban bien —dijo—. Desde el principio me sentía mal. Entonces llamé a un amigo para que me ayudara a pilotearla”.

Durante 25 minutos que le parecieron una eternidad, Camilo estuvo solo, esperando, sentado en las bancas del Parkway. Los árboles bailaban lentamente, casi como si estuvieran poseídos; incluso soltaban murmullos inentendibles que Camilo escuchaba con asombrosa claridad. Las luces de los carros que pasaban por la carrera 24 dejaban una larga estela lumínica que se revolvía una con otra, formando un desordenado cúmulo de luz y ruido.

“Estaba muy mal —comenta Camilo—. Las voces de los árboles me estaban volviendo loco. Entonces me paré de la banca, fui al que estaba más cerca y le hablé. Por favor árbolito, me acuerdo que le dije, ya quédate cayado, ¿sí?… y luego lo abracé. Y sentí que las ramas del árbol me rodeaban la espalda con mucha ternura. Fue como si el árbol se diera cuenta de mi vídeo y me ayudara para que no me malviajara más”.

Aquella noche, Camilo y sus amigos tenían un plan: uno de sus compañeros de carrera cumplía 20 años. A esa edad, el chico no había tenido sexo nunca, así que sus amigos planearon llevarlo a un burdel en Chapinero.

“Teníamos un parcero que conocía el sitio —dijo—. El muy degenerado se la pasaba donde las putas. Nos había dicho que era amigo de una que estaba buenísima y que cobraba barato. Arrancamos de una. Yo ya estaba muy mal; el ácido me explotó feo. Veía las luces de los carros como si fueran inmensas serpientes de colores que me querían comer y que me siseaban en los oídos. Cuando íbamos por la 13, por ahí por la Marly, empecé a sentir que el piso se movía como si fuera de gelatina. De una me mareé. Pensé que me iba a vomitar pero me aguanté. Qué pena que uno hiciera eso por ahí.

»Cuando llegamos al burdel, pedimos una botella de guaro porque había promoción: nos encimaban el baile. El man del cumpleaños estaba re feliz. Me acuerdo que la nena que bailó sí estaba muy buena. Era bajita y con un trasero grandote. Pero yo no le estaba poniendo atención al baile: estaba embobado con las luces del escenario.

“No sé cómo describir eso ¿sí me entiende? O sea… eran como rayos que llenaban todo, que subían que bajaban, que volaban de aquí para allá. Podía oír la luz, que sonaba igual a las teclas de un piano… era como tic-tic-tictictic-tic, y así… ¡Podía oír la luz!”

Hasta aquí llega el relato de Camilo. Esa noche se le fue borrando cuando cometió la irresponsabilidad de también consumir alcohol. “Revolver trago y drogas no es una buena mezcla. Me acuerdo desde el otro día, cuando me desperté en la casa de un amigo con un dolor de cabeza terrible y con mucha sed” —dijo.

La experiencia de Liliana

Liliana es una chica delgada, bajita de un largo pelo marrón. Usa unas gafas de plástico que le dan cierto aire intelectual. Estudia literatura porque los libros son el amor de su vida. No es asidua consumidora de drogas. En un par de ocasiones ha fumado marihuana pero “no sido nada del otro mundo”.

“Quería meterme un Trip porque un amigo me dijo que era un viaje muy severo —dijo—. Al principio lo pensé mucho porque me daba miedo. La realidad ya es muy horrible como para que uno se ponga a meter cosas que hagan que se ponga peor”.

Y efectivamente, después de mucho darle vueltas al asunto, decidió que el momento de tener la experiencia había llegado. “Uno no vence los miedos si no los enfrenta, ¿cierto?” —afirmó—. Entonces ese viernes acordó verse con un amigo muy cercano, y que ya había consumido ácidos, para que la acompañara en su viaje.

Antes de las cinco de la tarde, los dos jóvenes se encontraron en las escaleras de la iglesia del Chorro de Quevedo. El hombre ya traía la droga. Cortó un pedacito pequeño de la pepaleta, menos de un cuarto, y le pidió a Liliana que se lo pusiera debajo de la lengua. “Tienes que esperar un rato —le dijo él—: eso se demora en coger, pero cuando coge, coge duro”.

Coge duro. A Liliana esas dos palabras le daban vueltas en la cabeza. El miedo ya empezaba a dominarla, pero no podía hacer nada porque el ácido se había casi que disuelto completamente en su boca. “Pues ya qué” —pensó.

“Alguien me dijo una vez —comentó Liliana—, que cuando uno lee mucho, tarde o temprano termina escribiendo. Eso es como una necesidad. Se lee y se hace literatura. Yo, más allá de la experiencia del vídeo y todo eso, quería una historia para contar”.

»Como a la media hora que me metí el ácido, empecé a sentir sus efectos. Me acuerdo que estábamos sentados en unas escaleritas del Chorro, y que había un man tocando guitarra. Cantaba Besame mucho. Yo oía esa voz alargada, muy grave; era como beeeesaameeeee beeeesaameeeee muuuuchoooo. Sentí que la canción duró como, no sé, horas. Parecía que el tiempo se había detenidoy el mundo había dejado de girar”.

En ese momento apareció la policía y requisó a unos jóvenes que estaban tomando chicha. “Aquí no se puede tomar” —dijeron los oficiales—. Inmediatamente Liliana se asustó. Pensaba que se la iban a llevar a la UPJ. “Vamonos” —le dijo desesperadamente a su amigo.

“Yo veía a los policías no como personas. Era como si de esas inmundas chaquetas verdes, brillantes, no salieran cabezas normales sino… no sé… como de caballos de ojos negros. Entonces bajamos por el embudo. Poco a poco me iba sintiendo mejor. Mi amigo me decía todo el tiempo que me relajara, que no pasaba nada”.

Ese día era viernes. Las calles del centro de la capital estaban llenas de los universitarios que salían de rumba. Liliana no los veía como gente normal, sino como duendes diminutos e inquietos que saltaban uno sobre otro. En el aire circulaba el olor revuelto de la comida, el cigarrillo y el vino. Las luces de los postes se veían como una cascada brillante que se convertía en una corriente de un agua espesa que se iba luego por las vías. De ella saltaban una especie de “pescaditos de colores, así como Nemo. Eso me pareció muy bonito”.

“Mi amigo me dijo que me quedara con él ese día. No me podía ir tan trabada para la casa. Además habíamos quedado que esa noche tendríamos sexo. A mí esa idea me gustaba. Él no era mi novio, pero lo hacíamos a veces. Normal. La idea del sexo me daba mucha curiosidad: era como ¿qué se sentirá follar así? Debía ser muy severo” —dijo.

En las aguas, Bogotá le dio a Liliana otra experiencia: el imponente biarticulado de Transmilenio  se le presentó larguísimo, casi infinito, muy parecido a un gusano. Liliana no sintió terror entonces; la escena, más bien, le pareció como sacada de una caricatura y de pronto ella empezó a reírse como loca. Ya adentro del bus, se quedó todo el camino quieta, viendo por la ventana, jugando con las luces de la calle, que no sólo se veían como un cuadro surrealista, sin forma, sino que se oían, se olían, se probaban.

“Fue el viaje en Transmilenio más loco de mi vida. Cada vez que me subo a un bicho de esos me acuerdo y me rio —dijo—. No creo que hagan falta más detalles de esa noche. Llegamos a la casa de mi amigo, pasó lo que tenía que pasar y ya. Yo pensé que sería muy chévere, pero no; fue más bien como muy normal. No sentí cosas raras  o algo así.

“Estaba muy metida en mi vídeo como para ponerle cuidado a él. Fue un poco triste, sí, pero me acuerdo que mientras lo hacíamos, yo parecía una boba viendo un afiche que él tenía de Iron Maiden en la pared. Era como si Eddie (mascota del grupo británico) me picara el ojo y me sonriera. También estaba concentrada en la música: nunca había oído a Los Beatles como los oí esa noche. Al final de cuentas, creo que lo importante era que sí tenía una historia para contar”.

**Nombres cambiados por solicitud de la fuente.