Bogotá entre alucinaciones y delirios

Bogotá entre alucinaciones y delirios

7 de Marzo del 2017

Las palomas que rondaban el Parque de los hippies, en Bogotá, no se veían como aves normales, sino como enormes y terribles espectros alados que volaban sobre las personas, dispuestos, quizás, a robarles el alma y a huir luego con ella en el pico. Alejandro** sintió mucho miedo entonces. No sabía lo que iba a ser de él. No sabía cómo se podría defender de aquellos “monstruosos bichos” que se lo iban a comer entero.

Alejandro es un joven como cualquier otro. Está en la universidad; le gusta el cine y la literatura; escucha metal y rock´n roll. Sin embargo, él insiste en que si hay algo que lo hace especial: le gustan, y así las llama las “experiencias extremas”. El hecho de que estando en el Parque de los Hippies,  haya visto aquellas palomas monstruosas es una prueba de esas experiencias extremas: ese día Alejandro se había drogado con LSD.

El LSD fue descubierto por el científico suizo Albert Hofmann en 1943. Un día, recién graduado con honores de un doctorado en química,  el joven Albert estudiaba los derivados del ácido lisérgico en el laboratorio de una empresa farmacéutica. De repente empezó a sentirse liviano, a escuchar todo más claro, a ver los colores más vivos, más brillantes.

En una carta enviada a un colega, Hofmann escribió: “Me vi forzado a interrumpir mi trabajo en el laboratorio a media tarde y dirigirme a casa, encontrándome afectado por una notable inquietud, combinada con cierto mareo. En casa me tumbé y me hundí en una condición de intoxicación no desagradable, caracterizada por una imaginación extremadamente estimulada. En un estado parecido al del sueño, con los ojos cerrados (encontraba la luz del día desagradablemente deslumbrante), percibí un flujo ininterrumpido de dibujos fantásticos, formas extraordinarias con intensos despliegues caleidoscópicos. Esta condición se desvaneció dos horas después”.

Pero no es tan bueno como parece. Los efectos en el cerebro pueden ser diferentes, y dependen en gran medida de cada persona. Entre los más importantes están alucinaciones; sinestesia constante, es decir estímulo exagerado de varios sentidos al mismo tiempo; percepción distorsionada del espacio y el tiempo; y disolución del ego, lo que significa que se disuelve la frontera que separa al individuo del resto del mundo.

Animated GIF  - Find & Share on GIPHY

La ciudad y el LSD

Alejandro es un chico alto, flaco, y con cara de intelectual. Ha consumido ácidos varias veces; en cada “viaje”. La experiencia ha sido diferente. Un viernes, él y unas amigas salieron de la universidad “con ganas de hacer algo diferente”. Caminaron por la 13 hasta el Parque de Lourdes. Inicialmente sólo querían conseguir algo de marihuana. Pero fue muy difícil. Entonces Alejandro, conocedor de la situación, sugirió que probaran otra cosa.

—¿Qué cosa —preguntó una de las amigas de Alejandro.
—Un ácido —respondió él con seguridad.

En la plaza, Alejandro contactó a alguien que conocía, y por 25 mil pesos, consiguió la droga. El LSD es una papeleta pequeña, de distintos colores que varían de acuerdo al tipo de ácido o al lugar en el que se haya conseguido. El que tenía Alejandro no era mayor a dos centímetros por dos, con una pequeña figurita del Doctor Hofmann montando bicicleta.

En la avenida Caracas con calle 63, Alejandro dividió la papeleta. A cada uno le tocó una muy buena fracción, pero él, un poco ventajoso, agarró la más grande. “Con el ácido, —dice Alejandro— el efecto es más lento, se demora, pero en un momento explota y todo se pone más bonito”.

A las seis y cuarto de la tarde, Alejandro y las dos chicas entraron a un supermercado a comprar cigarrillos. Aun no sentían nada especial, nada raro. Unos minutos después, la musiquita molesta de supermercado se fue haciendo estridente, insoportable, y el verde chillón de las paredes  saltó de los muros y armó ríos en los pasillos; ríos verdes cuya corriente golpeaba las piernas delgadas de Alejandro.

El ácido había explotado. Ansiosos, los chicos fueron a la caja a pagar. Todo parecía lento, ingrávido.  Ellos sentían que todos los miraban como si fueran atracciones de circo. Uno de los inesperados efectos de la droga: la paranoia. No cruzaron ni una sola palabra con nadie; simplemente se limitaron a hacer la fila y a pagar.

“En un estado parecido al del sueño, con los ojos cerrados (encontraba la luz del día desagradablemente deslumbrante), percibí un flujo ininterrumpido de dibujos fantásticos, formas extraordinarias con intensos despliegues caleidoscópicos. Esta condición se desvaneció dos horas después”…

“Salimos del supermercado muy ansiosos  —dijo Alejandro—: el encierro, la cantidad de gente, los sonidos, los colores, la luz, todo nos produjo una sensación inmunda; necesitábamos la calle. Afuera caminamos  un poco y el viaje se alivianó. Era muy raro, pero yo veía la ciudad, la gente, lo carros, a través de una cortina de agua, como si todos estuviéramos dentro de un acuario; incluso estiraba mis dedos, tocaba el aire y en él se formaban las hondas que se hacen en un lago cuando uno tira una piedra. Magnífico.”

Caminaron hasta la zona de rumba gay en Chapinero. No eran todavía las 8 de la noche de un viernes frío y lluvioso; sin embargo la zona rebosaba de gente. Alejandro no estaba nervioso ni asustado,  pero si se aturdió un poco con la desmesurada cantidad de gente. Sintió que tenía que salir de ahí.

“Yo me sentía bien, feliz —dijo—, pero pensaba que uno de esos maricas me iba a hacer algo. No tengo nada contra ellos pero, pues, de todas maneras… No quise estar entre tanta gente, tanto ruido, tanta luz”.

Entonces caminaron hasta la Caracas con 63. Los habitantes de Bogotá saben por el voz a voz, por las noticias, o por simple sentido común que esta ciudad es algo caníbal, un poco salvaje, igual que todas las grandes metrópolis del mundo, y que hay lugares en los que uno, a ciertas horas de la noche no se debe meter. La Avenida Caracas, entre calles  63 y 45 es uno de esos lugares.

Los tres jóvenes, drogados, no tuvieron en cuenta las advertencias y caminaron por  una Av. Caracas, oscura, desierta en algunos tramos; un lugar aterrador por el que uno, en sus cinco sentidos no se metería ni aunque fuera la última opción posible. A eso de las diez de la noche, un par de tipos malacarosos se les acercaron y les quitaron billeteras, plata, móviles y morrales. Las chicas estaban aturdidas. Alejandro sólo atinó a pedir que no les hicieran daño, que se llevaran las cosas, que todo bien. Y el LSD explotó con más fuerza. “Ni se les ocurra seguirnos —dijo uno de los tipos— ; y tengan cuidado, por aquí roban mucho”.

Una de las chicas entró en un shock nervioso que se convirtió en una pataleta, acompañada de un llanto infantil, incontrolable.

“En ese momento —dijo Alejandro—, todo se me puso más lento. Yo tenía dentro una sensación difícil de explicar; las luces de los carros brillaron más: parecía vivas. La poca gente que había  por ahí se convirtió en una horda de monstruos que quería comernos. Fue aterrador. Antes del asalto, Bogotá se sentía, sí, como la ciudad ruda que es, pero tranquila, amable incluso, mi blanca compañera de viaje; pero después se transformó”.

Entonces la ciudad se llenó de basura por todas partes, brotando de las paredes, en las esquinas; pilas y pilas de desechos hediondos llenaban el ambiente. Alejandro pensaba que de la oscuridad saldría un monstruo de basura y le haría daño. Bogotá se había convertido en una selva terrible, llena de animales salvajes, de ruidos horribles, de miedo, de desespero.

“Era muy raro, pero yo veía la ciudad, la gente, lo carros, a través de una cortina de agua, como si todos estuviéramos dentro de un acuario; incluso estiraba mis dedos, tocaba el aire y en él se formaban las hondas que se hacen en un lago cuando uno tira una piedra. Magnífico.”

Alejandro anheló con urgencia la calma de su casa. Con el viaje en su punto máximo,  caminaron rumbo al apartamento de él. Las luces de la noche hacían cabriolas en el cielo, brincaban, refulgían. Tal era el ruido que no se podían ni escuchar sus pensamientos. La realidad era una terrible cacofonía, un cuadro oscuro de Miró o de Picasso. El mundo se movía despacio; podía sentirse hasta el orbitar de la tierra alrededor del sol.

Cerca por fin de la casa de Alejandro, una motocicleta de la policía pasó. Las luces rojas y azules, tan brillantes, alteraron a las amigas de Alejandro, y una de ellas abrió los ojos, empezó a temblar, y se agarró con firmeza de las manos de él.

—¡Ay, jueputa! —Dijo ella— ¡¿Qué es eso, nos va a comer?!.
—Cálmese, —respondió Alejandro, también un poco nervioso—: es la policía. Disimule.

Para evitar sospechas se quedaron quietos en una esquina, esperando que el tráfico disminuyera.  Cuando los oficiales se desvanecieron, las chicas y Alejandro, en silencio caminaron al apartamento. No querían pasar un solo minuto más en la calle. La ciudad seguía siendo el monstruo terrible y de colores que se los quería tragar.

Al llegar, Alejandro tomó un  largo vaso de agua, fumó un cigarro y se sentó en la sala. Puso  música electrónica en el celular y se puso los audífonos. Los sonidos tomaron vida, bailaron, brincaron alrededor de su cabeza. Entonces cada uno se preocupó por su propio viaje: Alejandro se perdió en los sonidos electrónicos, cadenciosos, y en las formas vivas, caleidoscópicas que producía su mente; sensaciones potenciadas por el efecto del LSD.

Lea la segunda parte aquí

**Nombre cambiado por solicitud del entrevistado