Brigitte Baptiste, prueba tangible del futuro sexodiverso

29 de junio del 2019

Está convencida de que los humanos estamos empezando nuestra evolución como especie.

Brigitte Baptiste, prueba tangible del futuro sexodiverso

Cuando nació, el 23 de octubre de 1963, la llamaron Luis Guillermo.

Trenes, carritos, pelotas y ropita azul, quizá. De eso y más hablaban las expectativas sociales vinculadas al sexo que le fue asignado a Brigitte al nacer: ¡Es un varón!. Pero la historia fue otra, distinta y excesiva para los límites de tolerancia que definen la sociedad en la que le tocó crecer: conservadora y en Bogotá.

En el cuerpo de Luis Guillermo vivió Brigitte en cautiverio durante muchos años, 35 para ser exactos . “¿Pero cómo así? ¿Y eso sí pasa?”, es lo que suele preguntar la gente en estos casos. Y la verdad, sí. Ella es historia viva entre millones, y aunque es emblema en Colombia y América Latina, su realidad, que es la de otros y otras, demanda mayor visibilidad.

Las guías para dummies han sido poco efectivas a la hora de ofrecer claridad sobre el universo trans y es indudable que en lo relativo a la sexodiversidad, hay temas más difíciles de asimilar que otros. La desinformación hace que a la gente le resulte más fácil reconocerse como tolerante en las superficies: “No soy homófobo, tengo amigos gay”, repiten.

Pero el caso de Brigitte es menos sencillo de digerir que el de una pareja homosexual que se casa e inclusive adopta un hijo. Ella, rubia, de aretes largos y zapatos de tacón alto, convive con otra mujer, Adriana Vásquez, quien a su vez es la madre de sus dos hijas, Juana Pasión y Candela. Ellas, por ejemplo, suelen acompañarla a la ‘Marcha del Orgullo” por estas fechas. “De hace un tiempo para acá vamos las cuatro. Es chévere porque es un carnaval, disfrutamos mucho, vemos a la gente, caminamos juntas”, dice Brigitte.

“Yo tiendo a salir casi empelota en las marchas LGBTI, no mucho porque Bogotá no es muy amigable por el clima, pero creo que es un carnaval y debe serlo, además como una propuesta de vida. La perspectiva de la comunidad es ‘queremos vivir a nuestra manera y nuestra manera es chévere; no amenazamos a nadie y no estamos poniendo en riesgo a nadie, aquí estamos a libre exposición’. Es un día de exhibicionismo, indudablemente, y queremos que nos vean celebrar juntas“, respondió cuando le consultamos sobre su posición ante las críticas de algunos sectores, inclusive de la comunidad, sobre el reforzamiento de estereotipos en la marcha.

En su opinión, curiosamente, las marchas han sido cada vez más visibles por los cuestionamientos. “Para nosotras las trans la única manera real de existir es manifestar nuestras diferencia y nuestra expresión de lo femenino y masculino en público”.

Su voz gruesa contrasta con la californianas color azul verdoso de la cabellera que caen sobre sus tatuajes. “Este es nuevo -aclara mientras mientras alza su hombro izquierdo- tienes 6 meses. Mira, no tiene la espada completa. Apenas logré terminar la cola de la mujer serpiente”. En cambio, la sirena que se tatuó en el brazo izquierdo, tiene 30 años.

Foto: Kevin Narváez

Brigitte es una conversadora empedernida y dice que lo “parlanchina” es parte de su expresión femenina, pero lo testadura y el querer tener siempre la razón, se lo atribuye a su ala masculina . “Creo que tengo que ser más humilde, tengo que ser más cuidadosa, porque a los hombres nos enseñan, pensando como era yo hombre, a tener la razón. Las mujeres pueden no tener la razón y no les pasa nada”.

‘No es de Dios’

Rechazar el sexo asignado al nacer contraviene la voluntad divina, al menos eso dice una imprecisa mayoría y Brigitte luchó durante años, muchos, contra el backstage de esa afirmación.

“Mi familia catalana materna, por el lado de mi abuelos, de mis avis, son totalmente ateos, contradictorios con la religión porque ellos llegaron aquí como refugiados de la República y siempre fueron personas de izquierda. En la vida cotidiana era obvio que el tema de la religión no era importante. En cambio, la familia de mi papá, bogotana, era tremendamente católica, muy conservadora, muy de misa. Entonces cuando yo visitaba a mis abuelos tenía una semana de anarquía y una de Opus Dei”, cuenta antes de soltar una carcajada.

Sin embargo, con su familia paterna nunca pasó “nada tan grave” porque sus padres soy muy liberares; aunque Brigitte acepta y respeta la manera que tienen de entender las cosas. “Yo sé que consideran que los géneros y las familias, todo es como Dios manda, pero mi papá ve lo que yo hago, ve mi vida y es muy respetuoso en ese sentido”.

Hoy en día las religiones y sus preceptos no le quitan el sueño. “Soy agnóstica” le pone un punto final a cualquier debate al respecto.

Ya tiene 55 años y habla de su liberación, o su transición, como se le conoce al proceso que la condujo de Luis Guillermo a Brigitte, con una tranquilidad y fluidez que parecen haberle regalado la experiencia que solo confieren los años.

Bigitte Baptiste nos recibió en su casa en La Soledad, en Bogotá, en un espacio que hacía juego con su discurso y también con su vestido. La sala, donde nos instalamos a charlar, resume el espíritu descomplicado, intelectual y femenino del hogar que construyó de la mano de Adriana Vásquez.

Foto: Kevin Narváez

Un piano (que tocaba su hermana), libros, sofás, lámparas de colores y tres gatos.

Desde lejos olía a hogar y a una cena con tertulia por llegar. Más cerca, a pasos de la frontera de su intimidad, se escuchaban risas de complicidad y familia. Las otras tres mujeres que conviven en casa con Brigitte se movían con confianza y amabilidad por su cálido territorio. No hay nada que ocultar. La escena bien podría representar la palabra libertad.

Ella, atenta y sonriente, se acomodó para contarnos sobre la mujer que salió del espejo hace ya 21 años.

Foto: Kevin Narváez

Aunque la historia ha sido contada decenas de veces, Baptiste está dispuesta a repetirla lo necesario, mientra el relato contribuya a sensibilizar a las nuevas generaciones.

Normalizar la identidad de género -que vale aclarar es indistinta del sexo biológico u orientación sexual- pasa por quebrar los estereotipos trans. Ella, por ejemplo, no es una trabajadora sexual y nunca lo fue. A cambio, ostenta el cargo de directora del Instituto de Investigación de Recursos Biológicos Alexander von Humboldt.

En Colombia la gente se refieren a ella con admiración. Casi a coro repiten: “Brigitte es una eminencia. Es muy pila”.

Brigitte Baptiste reconoce que su formación y condición social contribuyeron a ser una trans atípica, respetada en una sociedad típica y discriminatoria, por naturaleza.

“Como hay tanta inequidad, hay que estar claros en que una cosa es ser una persona transgénero de estrato seis y otra una persona transgénero de estrato uno, como decir ‘usted no es un gay, usted es un pobre marica”, ahí hay diferencias y el tema de clase, el tema ético influye. No es lo mismo ser una persona transgénero en Bogotá, en la capital, que ser un transgénero en Guapi, negro y que está sometido a todas las discriminaciones”. Brigitte es un perfecto ejemplo de esto. “Yo fui muy privilegiada”, reconoce.

Brigitte a través del espejo

Hasta donde la lleva su memoria en la infancia, recuerda que siempre se pensó como niña.

Ahora, no hubo un momento en la historia del cautiverio, en el que Brigitte se dijo a sí misma “que chévere es esto”. Más bien, los recuerda como período duro, depresivo, de reclusión y miedo.

Cuenta que todo era muy privado, íntimo y solitario cuando se maquillaba o usaba la ropa que mantenía escondida en casa. De esos días, quedó la adrenalina y un recuerdo que retuvo por “bonito”: “Algún día voy a tener un bebé”, se afirmaba.

“A mí me gustaba pensar que un día iba a tener hijos, que un día iba a quedar embarazada. Era en parte fantasía, pero también respondía a que en la infancia, cuando se tiene entre 11 y 12 años, uno no sabe sexualmente como son las cosas”.

En el camino fue rechazada por igual, por los niños y la niñas de su entorno. Hubo bullying, mucho, y más, en la medida que Luis Guillermo intentaba ser lo más cercano a una niña llamada Brigitte. “Muchos machitos y hembritas que se encarnizan en cualquier diferencia”.

Foto: Kevin Narváez

“Si yo jugaba mucho con las niñas, ellas decían ‘tú no eres de nosotras’ y cuando me iba con los niños decían ‘tú tampoco eres como de los nuestros. No me hallaba en el colectivo y tampoco conmigo misma”. Cuando la dejaban participar, le ponían condiciones. “Siempre fue una aceptación condicionada”.

Pero era natural: ni su actitud correspondía a la de los chicos, ni su cuerpo al de las chicas. Brigitte sabía que tratar de hacerlo distinto, en los 70, era un suicidio. Así que comenzó a cultivar afectos, sin hacer explícita su búsqueda identitaria. “Fui muy hábil en esconderme, lamentablemente tal vez”. De hecho, confiesa que durante el bachillerato y la universidad fue muy masculina. “Y ahora lo resiento, porque en el intento de negarme pensé que para sobrevivir tocaba ser machito y fui muy agresivo”.

A los 14, como cualquier otra adolescente, quería verse bonita “quiero mirarme, quiero ver quién soy yo, me decía” y para lograrlo se iba haciendo de lo necesario: vestimenta, maquillaje. El espejo era su aliado, porque reflejaba la feminidad que tanta necesidad tenía de mostrar.

“El espejo es muy importante para las chicas trans, porque queremos como salir, queremos vernos. No tener que estar ocultas. Eran momentos de profunda comunión conmigo misma, en mi espacio privado. Generaba una conciencia de cuerpo y eso era bonito. Ese encuentro compensaba no poder existir afuera”, cuenta.

Foto: Kevin Narváez

La lectura, la ciencia, la música se convirtieron en un refugio. Lo que no le contaba a nadie, lo reportaba en un diario y aprendió a pintar y a dibujar mujeres. “Se las regalaba a las amigas o a los amigos que se las querían dar a las novias”.

Cuando llegaron los años 80, amó su movida musical: El Glam, The Bee Gees, Guns N’ Roses, aunque en realidad ningún artista en particular, aclara, porque no es de “emblemas”. En la universidad, se vinculó con gente -entrecomilla aclara- distinta: “gente que está en los bordes”.

Cuando estudió arquitectura en la Universidad Javeriana, por ejemplo, había una explícita discriminación hacia los estudiantes de provincia que eran “ajenos a las clases bogotanas”. Con “esa gente” se identificó y estableció lazos con chicas paisas y costeñas. “Pero eso es muy aburrido, eso de uno sentirse siempre como parte de la minoría, de la diferencia, del borde”.

Pero cuando ingresó a estudiar biología, “encontré que todos estábamos chiflados”, se halló, encontró un lugar y la ciencia fue salvadora.

En esa época, lo máximo a lo que se atrevió fue a dejarse crecer el pelo o usar candongas o aretes moderados. “Creo que fui el  único hombre que uso pelo largo en la Javeriana en los años 80. La gente seguro pensaba que era un fósil hippie que quedó por ahí o un bicho muy raro. Cuando me movía por el país pensaban que era un rockero. No daba a entender una crisis de identidad de genero”. Era difícil que fuera diferente: En Bogotá, como en otras partes del mundo, los travestis eran las prostitutas gay de las calles.

No fue sino hasta los 90 que participó en marchas de orgullo gay o que en una que otra fiesta con amigas muy íntimas se atrevió a lucir una pieza femenina ‘en público’.

“No hubo un ‘y me solté el cabello, me vestí de reina’. Fue una transición progresiva”.

Cuando estudió en EE.UU. entendió las claves del LGBT “ya había movimientos de defesa de derechos en las universidades, pero sobre todo de la comunidad gay o lesbiana. La noción se transgénero o transexualidad seguía siendo asociada a la pornografía o a la homosexualidad masculina”.

“Mi atracción por los hombres nunca ha sido mayor. Entonces yo también tenía mi propio conflicto. Yo me siento mujer, soy mujer, pero no me siento atraída hacia la mayoría de hombres, porque hoy en día es chévere sentirse atraída por hombres. Eso es bonito”. De hecho, confiesa, recibe muchas propuestas sexuales de hombres en las redes: “Me toca bloquear. A ver, ¡Qué pereza!”.

All you need is love

Durante 35 años años escondió su femineidad bajo unos pantalones. El mismo tiempo que le llevó recuperar la identidad que siente fue saboteada por la historia, “con la convicción de que ya no tenía que dar explicaciones, ni tener que pedir permiso a nadie. Que era una cuestión de vida o muerte, que no estaba en disposición de negociar”.

Foto: Kevin Narváez

Ahora solo usa faldas y vestidos. “Además dicen que tengo buen pernil”, comenta entre risas, mientras se frota uno del par de muslos que luce en medias panty. El día de la entrevista Brigitte no llevaba uno de los trajes que diseña su esposa Adriana, pero que sí los suele usar con frecuencia. De hecho, de ella es el vestido de ranas, que se ha convertido en un referente. “Ahora nos turnamos la ropa. Hace 20 años era muy distinto, teníamos nuestros estilos muy marcados”.

Adriana Vásquez es el amor verdadero en libertad. “Nos encontramos, salimos como novias un par de meses. Ninguna de las dos tenía prejuicios de nada. Yo había pasado por un matrimonio completo, ya estaba liberada, tratando de ser Brigitte. Nos encontramos en un momento donde ambas estábamos como listas para hacer cosas chéveres”.

Tienen 20 años juntas, dos hijas, de 18 y 15 años, y tres gatos.

Una familia sin roles tradicionales, que otros predefinieron. No conmemoran el Día del Padre y tampoco el de la Madre, excepto el de los abuelitos, porque a ellos les da ilusión. “No celebramos la condición biológica de nadie. El ejercicio de la autoridad o de la sensatez no viene predeterminado por las hormonas; sino por el ejercicio del diálogo y de la interacción como personas”.

Foto: Kevin Narváez

Han pasado los años y ha envejecido. Ya no está obsesionada con la ropa y los aretes “ya pasé mi quince años, mi adolescencia femenina”, que por cierto vivió en su esplendor hace unos cinco o seis años. Ahora, otros son los espacios de satisfacción. “Ya use 20 años todos los estereotipos de la femineidad, les saqué jugo, los gocé. Usé todos los tacones que tenía que usar y afortunadamente como toda mujer madura, entiendo que eso no es lo importante, aunque considere que sigue siendo divertido y gozoso”.

Como parte de su experiencia, espera que sus hijas vivan “tranquilas y no sufran” por temas de concepción de géneros o de elecciones sexuales.

Cautiverio o transición, ahora en línea

La experiencia de Brigitte adolescente en los 70 es muy distinta a la de las miles de ‘Brigittes’ que hoy hacen vida en las redes sociales y se acompañan y contribuyen con su visibilidad y defienden sus derechos, inclusive desde sus respectivos cautiverios.

¿Qué hormona me tengo que inyectar, alguna me puede explicar?, son preguntas frecuentes entre quienes emprender el camino a la transición sin saber que en la actualidad ser asistidas por un médico es una conquista.

“Si yo hubiese tenido lo que hoy en día tiene a disposición la gente, yo quizá hubiera sido otra persona” y las leyes colombianas han contribuido, a su ritmo, con ese proceso.

Foto: Kevin Narváez

Baptiste considera que el mundo no se imagina lo que viene en materia se sexodiversidad, “¡Lo que se viene pierna arriba!”, exclama. A su juicio, va a desaparecer completamente la importancia de la definición de ser mujer u hombre desde el punto de vista legal y se va a convertir en un atributo totalmente cultural y simbólico.

“Es decir, lo femenino y lo masculino se van a volver algo así como la religión. Cada quien va a escoger como se quiere manifestar y con la tecnología eso se va a convertir muy rápidamente en una innovación de los cuerpos y las identidades. En 30 0 40 años, no nos vamos a reconocer”, asegura.

Brigitte Baptiste está convencida de que los humanos estamos empezando nuestra evolución como especie, “nuestra verdadera evolución”. Ya está pasando, explica, va en el sentido de los cyborg, de las identidades digitales.

“Cada vez las personas vamos a ver más distintas y nos va a costar mucho entender a nuestros herederos y a las próximas generaciones, como ha ocurrido. Y no es que el cambio de ellas vaya a ser el resultado del cambio nuestro. No, nos van a sorprender, con una vuelta, un giro, radical e inesperado, lleno de contradicciones con lo que nosotros pensamos”.

En su opinión, la sociedad está muy asustada porque la división de lo masculino y lo femenino está dejando de existir. “Créeme, ya no es relevante. Ya no es importante, porque ya no es necesario saber si alguien es hombre o mujer para establecer una relación significativa, ni siquiera necesitamos saber quien es hombre o mujer para reproducirnos”.

God knows. I want to break free‘, es el grito cada vez menos silencioso de toda una generación.

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