La dura experiencia de vivir 45 años en el Bronx

12 de julio del 2018

Bajo la operación Némesis -diosa griega de la justicia y del castigo- arrancó a las 2:15 de la madrugada el asalto al infierno terrenal que había en Bogotá: el Bronx. Un obispo castrense le leyó al cuerpo policial el Salmo 91 y les dio la bendición de Dios en una solemne ceremonia. No hubo tiempo […]

La dura experiencia de vivir 45 años en el Bronx

Foto: Jose Vargas/ KienyKe.com

Bajo la operación Némesis -diosa griega de la justicia y del castigo- arrancó a las 2:15 de la madrugada el asalto al infierno terrenal que había en Bogotá: el Bronx. Un obispo castrense le leyó al cuerpo policial el Salmo 91 y les dio la bendición de Dios en una solemne ceremonia.

No hubo tiempo de nada. De ese sábado 28 de mayo de 2016 aún quedan recuerdos. Después de dos años, todavía hay en pie varios edificios que eran usados como prostíbulos, ollas de vicio, discotecas y hasta casas residenciales. El túnel que conectaba con el sistema de alcantarillado y desemboca en la plaza España está sellado.

Entre los edificios en pie hay un inquilinato azul cielo. Las rejas, puertas y marcos de la edificación las arrancó Omar para consumir droga. Él es una de las cuatro personas que habitan el desolado lugar que un día fue el más peligroso de Bogotá.

Foto: Jose Vargas/ KienyKe.com

No hay cerradura ni ventanas. Sin embargo, aún se siente el hedor y persiste lo que un día infectaba los ojos de los habitantes. Al entrar hay un silencio sepulcral, solo se ven ruinas, basura y una alberca con agua posada que ya tiene hongos.

Del segundo piso solo quedan las paredes, una de las habitaciones se quedó sin suelo y las demás están a punto de quedar en el mismo estado. El tercer piso es el habitado. Llega Omar y al preguntarle cómo está responde: “Pues digamos que bien porque eso de estar quejándose es muy maluco, todos los días le pido a Dios que me lleve, desde que se murió mi mujer no tengo vida”. Su esposa falleció hace unos meses.

Sale una mujer de la puerta del frente y tres perras criollas salen escandalizadas, no suelen recibir visitas con frecuencia. Nos recibe con amabilidad y con un fuerte dolor que asegura la aqueja hace unos meses. Llama a Jairo, su compañero de vida.

El hombre sale del cuarto aturdido, aparentemente recién levantado, se sostiene con las paredes. Está flaco, su piel denota el cansancio, muestra lo que ha sido vivir 45 años entre un lugar que solo mostraba la “presencia del diablo en la tierra”, dice.

Sin tapujos empezó a contar su historia. Jairo nació en Bogotá, vivía en Kennedy, una de las localidades más grandes de la capital del país. Terminó su bachillerato y tan solo le faltaron tres semestres para obtener el título de medicina. Hacía sus prácticas en el Hospital San Juan de Dios, uno de los centros médicos más importantes del país.

Un camino sin salida

¿Cómo llegó al Bronx? Con tristeza asegura: “Yo aquí entré y me quedé”. Sin embargo, antes de llegar a este oscuro lugar pasó por varias experiencias. La primera vez que probó la droga fue por una mujer, por demostrar valentía y ‘hombría’ cuando prestaba servicio militar poco a poco lo perdió todo.

Esa “doctora” era la esposa de un coronel del Ejército. Debido al talento y lo buen mozo que era, lo llamaba para que le enseñara a jugar tenis. Él entrenaba a varias familias de los oficiales.

“Mi capitán estaba de traslado en Melgar y me llamó, la estaba entrenando, ella apenas era una principiante. Después de dos días jugando ya me llamaba seguido. Y una vez a la media noche me llamaron: Jaime que lo necesita la esposa del capitán para que vaya a jugar tenis”.

Ya eran las tres de la mañana y ella empezó a emanar humo, era marihuana. Ella le ofreció, él se negó pero, dice, “usted sabe que uno de hombre no rechaza las mujeres, en ese momento ella se me abalanzó y me pidió que le hiciera el amor”.

Así pasaron los días, ella lo proveía de la sustancia y él cumplía con su deber. “Ahí se me arruinó la vida, me quedé”. Luego de la marihuana siguió el bazuco, todo sin salir del Ejército. Luego de la primera familia, siguió otra y otra y otra.

No sabe si eran planes de Dios para que abandonara este camino, pero le salió un curso de paracaidismo. En ese tiempo no consumió pero lo devolvieron para que entrenara a las familias. “Me dijeron que me mandaron a llamar, que necesitaban al dragoneante (como le decían)”. Fue en contra de su voluntad y sí, volvió a recaer.

La adicción había ganado la batalla. Las lágrimas mojaron su rostro reseco, fue cuando le contó a sus papás. “Les dije: yo no voy a volver a la casa, no quiero arruinar sus vidas. Me volé”.

Solo se fue con la ropa que tenía puesta y empezó a vivir en la calle, pedía comida en los andenes. Después de 20 días consiguió un trabajo en Chapinero, buscó a un coronel y le dio un parqueadero para que él lo administrara. “Esto es suyo, meta su vicio en su casa pero aquí no, no pierda su trabajito, usted es muy piloso chino”. Duró 15 años allí, ya vivía en el Bronx. Solo ocho días después de estar en la calle rentó un cuarto, nadie lo metió a este lugar, sin imaginarse que duraría más de cuatro décadas en las mismas calles.

El día menos esperado se encontró a un oficial, él le preguntó que quién lo había metido en las drogas: “¿fueron una de esas viejas, cierto?”, Jairo no dijo nada, nunca la delató.

Días de horror

Ya establecido, y convencido de no irse nunca de ese lugar confesó por qué: El cariño de los niños. Nuevamente apareció el llanto y la voz quebrada: “Yo llegaba todas las noches. Jairito ayúdeme a hacer esa tarea, ese problema, ese cuestionario… yo les ayudaba”.

Además como dice, todo el mundo lo respetaba, nadie se metía con él : “Tenía mi estufa y mi televisor”. Y fue en ese lugar que conoció al amor de su vida: “Ella tomaba, metía pepas, era marihuanera, cosquillera, robaba con las amigas. Yo le dije a ella: ¿quiere vivir conmigo? Le doy todo lo que quiera, mi vida”. En ese tiempo ella estaba enferma y con el conocimiento que él tenía de medicina la curó.

Foto: Jose Vargas/ KienyKe.com

Pero no todo fue bueno. Con dolor recuerda la experiencia que marcó su vida. Del Bronx hay muchas historias increíbles pero como lo dijo uno de los uniformados que participó en el operativo del 28 de mayo: “Todo lo que nos dijeron los informantes y lo que habían establecido nuestras agentes encubiertas resultó ser cierto y peor de lo que imaginamos. Encontramos niños homosexuales de seis años que eran explotados y gente con tuberculosis”.

Allí también convocaban a violaciones masivas de menores. Las volvían adictas al bazuco. Y Jairo lo vio con su propios ojos.

Llegó de trabajar a las 11 de la noche y se encontró con una fila de más o menos 40 hombres. Le dijeron “haga cola” y él preguntó ¿para qué es? Es que están dando culo, le respondieron. “Habían secuestrado dos niñas, las entraron, una de 14 y la otra de 15. Las secuestraron, no sé quien. Las obligaron a fumar. Se las comieron ‘los propios’ y después pasaron los ñeros, muy berraco”.

La tristeza y la ira lo invadió. Pero se quedó callado, entró al cuarto, tenía un revolver guardado, quería salir y asesinar a los responsables, pero por miedo no lo hizo. Ese día no se drogó. Al otro día salió a trabajar y vio a las menores tendidas en el suelo. “Yo no podía decir nada, dos hombres las custodiaban, si lo marcaban a uno lo mataban o le pegaban su trilla”. Con el pasar de los días no las volvió a ver, se enteró que las habían descuartizado.

Foto: Jose Vargas/ KienyKe.com

Un nuevo comienzo

Desde el día del operativo no volvió a consumir. Para él la intervención fue algo positivo, ayudó para que los vejámenes que allí ocurrían desaparecieran.

Asegura que siempre fue una buena persona, a diario le deja agua a sus “almas y a Santa Marta. Todas las noches les rezo y les dejo agüita. Anoche tomaron un poquito”.

Foto: Jose Vargas/ KienyKe.com

Fue una de las pocas personas que dejaron habitar el lugar cuando llegó el operativo, en su caso, porque había vivido más de 15 años en el mismo lugar y ya es un hombre de la tercera edad. Con 70 años, sin ahorros, pidiendo dinero y comida en la calle, el amor por sus animales y esposa sobrevive. Su sueño es que le den una casa donde vivir.

“Ojalá esté en una casita encerradito, con mis animales y la mujer, que me vayan a visitar mis amigas porque allá ya voy a tener donde me visiten. Aquí no”. Tengo una hija pero nos perdimos, entre risas, cuenta que a ella la concibió con una profesora cuando estudiaba medicina.

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