Con el diablo adentro

Con el diablo adentro

24 de Febrero del 2017

Una mujer vieja, desnuda y sudorosa, se retuerce sobre su cama. Su mano derecha agarra con brusquedad sus senos, mientras que los dedos de la izquierda se mueven frenéticamente entre sus piernas. Gime entrecortadamente. Espera a su amante, que en realidad no llegará de ninguna parte porque no vendrá de afuera: está dentro de ella.

Otra mujer, joven, esbelta, corre de lado a lado por un pasillo oscuro. Grita maldiciones y blasfemias. El largo camisón que usa de pijama está sucio y hecho piltrafas

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Una tercera mujer, también desnuda, está en el techo. Nadie sabe cómo subió allá. Grita mientras lanza sus excrementos al jardín. Parece incapaz de atender al llamado de quienes, desde el piso, temiendo que se mate, le piden que se baje.

Imágenes así, o más sórdidas, se repiten por todo el lugar: el convento de Loudun, en Francia. Aunque parecen escenas dispersas de una película de terror o de un cuento de Poe o Lovecraft, no son ficción sino realidad, una realidad tanto o más espantosa que un filme o un relato. Pasó de verdad, en el siglo XVII, según Nathional Geografic.

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Las endemoniadas de Loudun podría ser el caso de posesión colectiva más importante que se conozca hasta ahora; o por lo menos sobre el que se tenga un registro completo. Sucedió en Loudun, un pueblo a 300 kilometros de París, en 1634 y afectó a más de 17 religiosas, pertenecientes la Unión romana de la orden de Santa Úrsula.

La historia del “padre brujo”

Poco después de que el convento se fundara, como respuesta a la creciente presencia de protestantes en la región, llegó el sacerdote Urbain Grandier, miembro de la diócesis de Poitiers y que debería regentar la parroquia de Sainte Croix, en Loudun.

Desde que empezó su labor, Grandier se destacó, no como un “hombre de Dios”, devoto, dedicado a su comunidad, casto y servicial, sino como un desaforado Don Juan que sedujo a varias de las mujeres del pueblo. Tenía una palabra hipnótica. Poderosa. Parecía tirar sobre las pobres damas un embrujo que las reducía casi al nivel de esclavas. Un poder así no podría venir de nadie más sino de mismísimo demonio.

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En su libro Los demonios de Loudun, Aldoux Huxley, habla así del sacerdote: “A Urbain Grandier el hada madrina le había traído, además de su sólido talento, el más deslumbrante de todos los dones, y el más peligroso también: la elocuencia. Las palabras que salen de la boca de un actor inspirado —y todo gran predicador, todo abogado famoso, todo verdadero político son, entre otras cosas, actores consumados—, las palabras de un buen actor, repito, pueden llegar a ejercer una mágica influencia en el ánimo del auditorio. Pero no olvidemos una cosa: que la esencial irracionalidad de ese formidable poder de que gozan los oradores públicos —aun de los mejor intencionados— causa más mal que bien”.

Su actitud no tardaría en despertar profundos odios, sobre todo en los hombres, así que la cacería contra Grandier se puso en marcha. Hacía falta sólo que diera un paso en falso para caerle encima. Y lo dio: Jeanne de Balcier o Juana de los Ángeles, superiora del Convento, le pidió que fuera el confesor de la comunidad, pero el sacerdote se negó, quizá porque disfrutaba más de la compañía de cortesanas o  viudas que de monjas apáticas. En su remplazo fue nombrado el canónico Mignon, acérrimo enemigo de Grandier.

Todavía el diablo seguía sin aparecer en el convento. Estaba agazapado, esperando, dentro de Urbain Grandier. Eso se creía.

Por sus andanzas, al sacerdote se le acusó de inmoralidad, prohibiéndole, además, ejercer por cinco años labores sacerdotales en Loudun. Sin embargo, apeló y pudo volver.

Y por esos días empezaron a pasar cosas extrañas en el convento. Las religiosas decían que por las noches veían fantasmas que atravesaban paredes y ventanas; también oían ruidos de cadenas. Dijeron, incluso, que vieron una sombra alta, imponente, que se paseaba por el refectorio. El pánico y la histeria se esparcían como la pólvora. Había un aparente culpable, cuya imagen, como la de un íncubo, se les presentaba en las noches para “poseerlas hasta dejarlas sin fuerza ni para levantarse”: el sacerdote Urban Grandier.

Mignon se dio cuenta que el hecho podría ponerse a su favor, así que, convencido dijo que Grandier había “echado sobre el convento un sortilegio de tan desproporcionado poder, que todas las monjas estaban poseídas”. Los exorcismos empezaron de inmediato.

El exorcismo de Jeanne de Balcier

Sobre el altar de la capilla la madre superiora está acostada. Parece dormir profundamente. Alrededor suyo está Mignon, exorcista de turno, y René Bernier, su asistente. Las demás religiosas de la orden, como congeladas, con los ojos llenos de terror, observan en silencio.

¡Regna terrae, cantate Deo, psallite Domino, Tribuite virtutem Deo. Exorcizamus te omnis immundus spiritus, omnis satanica potestas! —exclamó Mignon, firme y resuelto. (Reinos de la tierra, canten a Dios, canten alabanzas al Señor, denle la fuerza a Dios;  te exorcizamos, todo espíritu impuro, todo poder satánico!)

Sor Juana abrió los ojos de par en par, se agitó sobre el altar y empezó a soltar chillidos como los de un cerdo. Mignon, con la biblia en la mano, continuó, imperturbable, recitando su plegaría…

—…!omnis immundus spiritus, omnis satanica potestas, omnis incursio infernalis adversarii,  omnis legio, omnis congregatio et secta diabólica! (todo espíritu impuro, todo poder satánico, cada incursión del adversario infernal, cada legión, cada congregación y secta diabólica…)

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“Durante los exorcismos la superiora no era un sujeto: era sólo un objeto dotado de intensas sensaciones. Fue algo horrible y, al mismo tiempo, asombroso. Aquello fue un ultraje, pero también una revelación. En aquellas circunstancias —y ello debe ser proclamado— sor Juana no tenía la íntima impresión de ser una endemoniada. Mignon y Barré le aseguraron que se hallaba plagada de demonios y que en los delirios, inducida por los exorcismos, ella misma había declarado otro tanto. Pero ella no tenía aún la impresión de estar poseída por los siete demonios (seis, después de la evasión de Asmodeo) que se suponía se hallaban desparramados por su desmedrado cuerpo”, escribió Huxley.

Asmodeo, Zabulón, Isacaaron, Leviatán, Balaam, Behemoth, eran algunos de los demonios que la mujer tenía adentro. La culpa, masculló la monja en medio de sus desvaríos, era de Urban Grandier.

La Santa Inquisición cayó con fuerza sobre Grandier, para ellos, el culpable de que el demonio anduviera suelto en Loudun. Primero formaron un tribunal que lo juzgó implacablemente. “Declaro solemnemente que nunca fui hechicero, ni cometí sacrilegio ni conocí otra magia que la de la Biblia”, dijo Grandier en la audiencia. Pero no fue suficiente. Ni las monstruosas torturas a las que fue sometido hicieron que confesara. Con los dedos de las manos destrozados, con los huesos de las piernas rotos, quemado, golpeado, sin fuerzas, Urban Grandier negó cualquier culpa.

Queda, sin embargo, la duda de que si Grandier pactó algo con el demonio, o fue, más bien, una terrible revancha por parte de sus enemigos o de una monja ofendida porque él no le puso atención.

Y aunque murió Grandier, Asmodeo, Zabulón, Isacaaron, Leviatán, Balaam, Behemoth, y otros tantos más de la legión, siguieron haciendo de las suyas. A tal punto llegó a conocerse la historia, que los exorcismos del convento de Loudun se volvieron un espectáculo público al que incluso asistieron altos miembros de la corte del rey. Era como ver una película de terror en vivo y en directo.

No obstante, no hay registro de cómo o cuándo terminaron las posesiones.

“Esos extraordinarios sufrimientos, tales como la posesión y la obsesión son, al igual que las revelaciones, objeto de ilusión. Es comprensible que no los deseemos; pero debemos aceptarlos cuando sobrevienen. Si deseamos sufrir, podemos sufrir, ya sea mortificando nuestro orgullo, ya nuestra sensualidad. En ese caso, evitamos nuestra sumersión en los eventos que acontecen por azar, sucesos que somos incapaces de someter a control y cuyo desenlace no podemos prever. Pero nuestra imaginación se deleita en lo maravilloso y requiere románticas virtudes que encandilan”, concluye Huxley.

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