Recordando el “GLORIA”

Recordando el “GLORIA”

13 de Mayo del 2014

Apareciendo lentamente como si se tratara de la bruma mañanera de un ya lejano recuerdo, el querido buque emblema de nuestra Armada Nacional y orgullo de los colombianos, empieza a aparecer con su imponente arboladura y su velamen desplegado al viento para traer lentamente como sería su andar, con mayor nitidez, tantos recuerdos y situaciones gratas que trae a mi mente el A.R.C. “GLORIA” unidad que tuve el honor de comandar.

Al agudo sonido del trino de honores de pitos de contramaestre, fui recibido el  7 de enero de 1977, fecha en la cual después del acto  militar correspondiente, firmara el acta de recibo del comando del buque.

En un velero, todo es tradicional y ceremonioso. Es ni más ni menos que el encuentro  de tiempos presentes con  siglos de  experiencia en la lucha del hombre con el mar, en un medio extraño que parecería proteger lo desconocido. Son singladuras de valor, de arrojo, de osadía que llevaron a los antiguos navegantes a encontrar nuevas rutas, nuevas tierras y abrir nuevas esperanzas y lograr nuevas realidades. El pito de contramaestre puede ser uno de sus principales símbolos. Solo con él es posible que el ruido de las olas y el estremecedor ronquido de los vientos, permita la comunicación entre los tripulantes para atender y entender las órdenes, pues solo sus sonidos agudos pueden ser audibles en este medio. Con él con su ritmo, con su tono y con una variedad y combinación de trinos y gorjeos, que es indispensable  entender y aprender, se dan ordenes e instrucciones, se hacen honores y saludos, se anima para superar el cansancio, se estimula el valor para sobreponerse al temor y se da respuesta a quien ordena, de haber entendido o ejecutado la orden o la maniobra.

Un velero es sin lugar a dudas el mejor medio para formar a un marino. Vivir y trabajar en el mar no es asunto simple. Requiere del hombre adaptarse a un medio que por su naturaleza no es el suyo. La vida en el mar no es sencilla, podría decirse que  es dura, en especial en un buque de guerra, donde las restricciones de espacio y comodidades que pueden ofrecerse en tierra, hacen notoria diferencia. En un velero se aprende a comprender y sentir lo que significa la fuerza del viento, la incidencia de los elementos naturales, de las corrientes y la fortaleza de las olas. Todos ellos juntos afectan de manera constante el desempeño de la nave y solo cuando se entienden y se comprenden, el hombre, habiéndolos sentido y aprendido a respetarlos, con la prudencia que da la experiencia, puede evitar los peligros y sacar  provecho y beneficio  de ellos.

Buque Gloria

El diario trajinar con cabos y aparejos,  exige un esfuerzo  importante que desarrolla un gran estado físico. Desde  la arboladura, el maniobrar una vela en lucha con el viento, el frío, la lluvia o el calor, van cimentando confianza y dominio de sí mismo, puesto que sin lugar a dudas estas faenas realizadas a alturas considerables, requieren de fortaleza y coraje.  Igualmente, todas estas faenas, requieren el trabajo en conjunto, con lo cual se imprime el carácter y la necesidad de trabajar en armonía y  coordinación con sus compañeros, desarrollando el sentido y la importancia del trabajo en equipo.

La navegación astronómica es otro de los encantos que los alumnos aprenden y practican en estos embarques. Estudiar los derroteros, preparar el plato de estrellas, el  identificarlas, utilizar el sextante y hacer los cálculos astronómicos, sacar la meridiana, las rectas de sol, calcular una posición y  llevar la navegación, representan deberes permanentes que representan una actividad verdaderamente apasionante y placentera, que con el transcurrir de los días cada vez se hace más precisa y rápida, estimulando la competencia.

La parte académica, no se hace de lado, por lo contrario es de vital importancia. Los alumnos también reciben sus clases en diferentes asignaturas tal como si estuvieran en las Escuelas de formación. En resumen, la actividad intelectual y física es permanente, pero también se tiene tiempo para el esparcimiento, los deportes en especial el juego de mini fútbol en la toldilla de popa y las actividades lúdicas.

Las largas travesías, con singladuras en oportunidades superiores a los treinta días de navegación continua, el esmero en el vestir, las buenas maneras, la actividad marinera, el esfuerzo académico, el cuidado con el material y el mantenimiento detallado en la conservación  del buque solo se soportan con el trato amable y gentil que caracterizan a los caballeros y damas del mar. Es por esto que el tripular  este buque y mucho más comandarlo, no solo es un honor sino es todo un privilegio.

Buque Gloria

Durante mi comando, en el primer semestre, Marzo, Abril y Mayo,  tuvimos un crucero con la Escuela de Grumetes de Barranquilla, hoy en día Escuela de Suboficiales. Visitamos Santa Marta, Cabo de la Vela, San Andres, Puerto de Minas en Panamá y Coveñas. La visita a Puerto de Minas tuvo especial importancia pues correspondía al único puerto marítimo en territorio panameño en que no ondeaba la bandera de los Estados Unidos y  estaban en pleno desarrollo  las conversaciones Torrijos Carter relacionadas con la devolución del Canal y  en las que el gobierno colombiano por intervención directa del Presidente Alfonso López Michelsen, prestaba decidido y decisivo apoyo al gobierno panameño. Sobra decir los extraordinarios gestos de agradecimiento, complacencia y amistad que recibimos de las autoridades y del pueblo panameño durante nuestra visita. Fuimos recibidos y despedidos por el Estado Mayor en pleno del General Torrijos, entre ellos los generales Flores y Noriega, quienes posteriormente lo sucedieron en la presidencia de Panamá. El  General Torrijos me envió invitación especial para visitarlo al día siguiente a nuestro arribo, en su despacho, donde manifestó su profundo agradecimiento con el pueblo y el gobierno colombiano, dándole singular importancia a que hubiéramos escogido el puerto de Minas para nuestra visita. También recuerdo con especial agrado, la grata compañía del maestro Rafael Escalona quien era el Cónsul General de Colombia en el puerto de Colón y quien fue nuestro compañero permanente durante los cuatro días que permanecimos en puerto. Al zarpe, embarcamos un oficial y tres suboficiales de la Guardia Nacional Panameña que iniciaba la conformación de un cuerpo naval, quienes permanecerían en entrenamiento con nosotros hasta finalizar el año.

El crucero de cadetes lo realizamos de Julio a Diciembre, habiendo recibido invitados extranjeros de Argentina, Perú (dos oficiales y tres suboficiales), República Dominicana y los panameños, anteriormente nombrados. Como es tradicional también participaron como invitados los oficiales recién graduados que habían obtenido el primer puesto en sus promociones de Ejército, Fuerza Aérea y Policía.

Nuestro primer destino fue Santo Domingo en República Dominicana, donde deberíamos arribar el 20 de Julio, motivo por el cual había adquirido el compromiso con el recién nombrado embajador en ese País, el Señor General Álvaro Herrera Calderón, de realizar a bordo en la noche, la recepción del día de nuestra independencia, con asistencia de las autoridades, cuerpo diplomático y personalidades locales. A nuestro zarpe, el mal tiempo no se hizo esperar, con mar 4 o 5, vientos contrarios muy fuertes que nos obligaron ante el riesgo de rifar (rasgar) el aparejo normal, a utilizar el “aparejo de capa”, velamen sumamente grueso y pesado que dificulta mucho su manejo, pero que puede soportar mejor las inclemencias de los vientos. Esta situación nos obligó a poner proa muy al oeste desviándonos considerablemente de nuestro rumbo programado y personalmente a sentir la incertidumbre de no arribar oportunamente a puerto. Afortunadamente, la maniobra salió exitosa y ya cuando viramos al este, pudimos incrementar notoriamente la velocidad y lograr cumplir con nuestro itinerario, ante la complacencia del Embajador que había estado en contacto permanente con el Comando de la Armada y por tanto conocía de las dificultades que habíamos encontrado. Sobra decir la satisfacción y el agrado de haber podido cumplir con este compromiso.

Al zarpar para Europa, recordamos el viejo adagio de los marinos del siglo XVI, para ir a las Américas se va por debajo y para regresar, por arriba. Se referían a la Latitud, que les permitía un mejor aprovechamiento de los vientos. Durante esta singladura y después de unos veinte días de navegación, una enorme orca de unos quince metros de largo, se acercó peligrosamente al buque, costado de sotavento, quizás atraída por los residuos de comida que acuerdo a la rutina los rancheros arrojaban por la borda diariamente a las cuatro de la tarde. La orca nadó a nuestro costado durante casi cuarenta horas, muy cerca al casco pero sin tocarlo. Nuestro principal temor es que se pegara bastante a la popa, evitando la molestia del bigote de ola producido por la proa. El  peligro lo representaba el que golpeara el timón y con su inmensa masa lo averiara. Afortunadamente esto no se sucedió. Se suspendió la arrojada de residuos de comida al mar y quizás ante la falta de alimento fácil, la orca de repente se alejó para nunca más volver.

En este crucero, en la navegación fue inolvidable el paso por el estrecho de Mesina y posteriormente ver en la lejanía la erupción del Vesubio. Solo volvimos a tener mal tiempo en el Egeo, donde supimos del naufragio de un yate de recreo, pero este mal tiempo, nunca tuvo la intensidad del que enfrentamos en el Caribe.  Visitamos los puertos de Lisboa, Argel, Alejandría, Haifa, el Pireo, Civeta Vecia, Tolón, Barcelona y La Guaira, para regresar a Cartagena a mediados de Diciembre, habiendo cumplido a cabalidad con lo planeado. En todos los puertos fuimos muy bien recibidos y de ellos solo tenemos gratos recuerdos.

Durante el crucero, no tuvimos novedades ni en el personal ni en el material. El comportamiento de la tripulación y de los cadetes fue impecable, sin que se presentaran inconvenientes ni faltas disciplinarias graves, por lo contrario con orgullo podemos decir que fuimos verdaderos embajadores de nuestra amada Colombia, dejando en todos los países visitados una grata impresión.

En todos nosotros quedó el grato sentir del deber cumplido y de haber realizado un viaje irrepetible lleno de gratos recuerdos personales y profesionales. Al llegar a Cartagena, los padres de uno de los cadetes se me acercaron para saludarme y manifestar su complacencia por las experiencias que el cadete, emocionado les había relatado. En un momento, la madre orgullosa, estrechando a su hijo, me comentaba sobre el visible desarrollo físico que el cadete había experimentado en este viaje. A ello le contesté: así es, pero lo más importante es el fortalecimiento espiritual de todos estos muchachos. Con un abrazo emocionado me despedí de estos orgullosos y agradecidos padres.

Que gratos recuerdos trae el haber comandado el Buque Escuela A.R.C. “GLORIA”